El gobierno iraní ha cerrado filas en torno a su programa nuclear al declarar que el "enriquecimiento cero" de uranio es innegociable en las conversaciones con Estados Unidos. El ministro de Asuntos Exteriores, Abas Araqchi, afirmó en una entrevista con Al Jazeera que "el nivel de enriquecimiento depende de nuestras necesidades" y que "el uranio enriquecido no saldrá de Irán". Las negociaciones, reinstauradas este viernes en Mascate (Omán) tras ocho meses de paralización, se desarrollaron de forma indirecta y con la mediación del ministro omaní Badr bin Hamad al Busaidi. Mientras, la administración estadounidense ha desplazado el portaaviones USS Abraham Lincoln cerca de aguas iraníes, una amenaza de coerción militar.

Las posiciones de ambas potencias están diametralmente opuestas. Estados Unidos, representado por el enviado especial Steve Witkoff y Jared Kushner, insiste en ampliar la agenda negociadora para incluir límites a los misiles balísticos iraníes, una de sus principales bazas estratégicas. También buscan negociar que Teherán reduzca su apoyo a grupos del Eje de la Resistencia, como Hamas en Palestina o Hezbollah en Líbano o el Movimiento Ansarrollah en Yemen. Por el contrario, la República Islámica se niega a discutir cualquier tema que no sea su programa nuclear, al que considera a su vez un derecho soberano. Araqchi advirtió, en declaraciones recogidas por la televisión estatal iraní, que su país está "plenamente preparado para defender la soberanía y la seguridad nacional frente a demandas excesivas o aventuras". El pulso diplomático sucede en un contexto donde se habría producido, según observadores occidentales, una bajada de la capacidad de enriquecimiento iraní tras los bombardeos estadounidenses a instalaciones nucleares durante la guerra con Israel en junio de 2025. Sin embargo, algunas fuentes indican que las instalaciones secretas iraníes bajo tierra no se han visto afectadas de forma crítica.

La presión externa se combina con una grave crisis interna. En enero, Irán vivió las protestas y los disturbios más violentos desde 1979, motivados por la caída del rial, cortes de electricidad y gas, una sequía extrema e injerencia occidental e israelí. La represión estatal dejó, según el reconocimiento oficial, 3.117 muertos, aunque la relatora especial de la ONU para Irán, Mai Sato, citó informes médicos que elevan la cifra a hasta 20.000 fallecidos, aunque estas cifras no han podido ser confirmadas. La inestabilidad social y económica debilita la posición negociadora de Teherán, que enfrenta sanciones asfixiantes y un bloqueo financiero que ahogan a la población civil, pero no está claro que EE.UU. pueda conseguir sus objetivos por la fuerza bruta. Por el momento, el gobierno iraní calificó el reinicio de las charlas como "un buen comienzo", según declaró Araqchi ante IRNA.