La "sustitución demográfica" que llega en business y no parece molestar
Residentes blancos de rentas altas del norte de Europa alcanzan ya el 70% de la población en algunas comarcas mediterráneas e insulares, subiendo precios, desplazando a los locales y sustituyendo sus lenguas por el inglés o el alemán.
En el mapa demográfico del Estado español, rara vez se menciona la verdadera “ola migratoria” que está reconfigurando pueblos, barrios y costas enteras. Mientras el discurso político y mediático reaccionario insiste en agitar el fantasma de una supuesta “invasión” de migrantes pobres procedentes del Magreb, África Subsahariana o de América Latina, la transformación silenciosa del entorno avanza en dirección opuesta: son ingleses, alemanes, franceses, belgas, neerlandeses o escandinavos quienes están pasando a ser mayoría en decenas de secciones censales del litoral mediterráneo, Andalucía, las Illes Balears y cada vez más áreas del País Valencià y Canarias, agravando la crisis de la vivienda, y desplazando las lenguas propias y las dinámicas comunitarias.
El año pasado, 2025, cerró con un récord histórico en el número de turistas: 96,8 millones de personas visitaron el Estado español, un 3,2% más que en 2024, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Los principales países de origen de los turistas fueron Reino Unido, Francia y Alemania. En concreto, la llegada de turistas residentes en Reino Unido aumentó un 3,7%, con 19 millones, la de los procedentes de Francia bajó un 1%, con 12,7 millones, y la de los que vinieron de Alemania se incrementó un 0,6%, con 12 millones.
Según cifras dadas por El País, basadas en informes del INE, Eurostat y varias autoridades municipales, en provincias como Alacant, que tiene hoy el mayor porcentaje de población extranjera de todo el Estado, uno de cada cuatro residentes no tiene nacionalidad española. En municipios como Torrevella, Oriola o Guardamar del Segura, donde la población foránea se sitúa en franjas del 50% al 60%, el inglés y otras lenguas como el alemán, el francés o el neerlandés desplazan al catalán y al castellano en comercios, servicios y vida cotidiana. Una lógica similar se observa en municipios turísticos de Canarias, como Adeje, Arona, Santiago del Teide o La Oliva, donde las personas nacidas fuera del Estado ya superan la mitad de la población.



En Illes Balears la tendencia es similar: en municipios como Calvià, Santanyí, Pollença o Alcúdia, la población extranjera supera el 50-70%, con predominio británico, alemán y escandinavo. En zonas como Platja de Muro o Port de Pollença, el inglés es la lengua vehicular en muchos negocios, y el catalán y castellano se relegan a ámbitos privados o administrativos. En Andratx o Deià, la presencia extranjera supera el 60%, con comunidades cerradas que generan a su vez tensiones por encarecimiento de vivienda y servicios. El envejecimiento es notable: en Balears, la media de residentes europeos supera los 48 años, agravando la presión sobre el sistema sanitario, entre otros.
Aunque menos habitual, existen localidades del interior peninsular que también sufren el mismo problema. En Torre del Burgo (Guadalajara) los extranjeros europeos alcanzan el 80% de la población, y en Fuente el Olmo de Fuentidueña (Segovia) y Bañuelos (Guadalajara) superan el 40%.
Récord histórico de turistas internacionales: 96,8 millones en 2025
Este proceso no puede desligarse del modelo turístico-residencial que sostiene esta transformación demográfica. En 2025, el Estado español batió por tercer año consecutivo su récord histórico de turismo internacional, con 96,8 millones de visitantes extranjeros y un gasto total de 134.712 millones de euros, según datos del INE difundidos por EFE.
Estos 96,8 millones de turistas internacionales casi duplican la población residente, situada en torno a los 48,6 millones de personas, lo que implica que, en términos anuales, absorbe un volumen de visitantes equivalente a dos veces su población. Esta relación sitúa al Estado español entre los Estados con mayor presión turística relativa del mundo, no solo por el número absoluto de llegadas, sino por su impacto demográfico comparado, más propio de economías pequeñas o insulares que de un país continental de su tamaño. El efecto se intensifica al concentrarse la mayor parte de estos flujos en el litoral, las islas y las grandes áreas urbanas, donde la población efectiva se multiplica durante largos periodos del año, amplificando la presión sobre la vivienda, los servicios públicos, el entorno y las dinámicas sociales y lingüísticas locales.
Reino Unido, Alemania y el Estado francés concentraron nuevamente la mayor parte de las llegadas y del gasto, consolidando un flujo continuado de población europea con alta capacidad adquisitiva que ya no se limita a estancias temporales, sino que se traduce en compras de vivienda, residencias de larga duración y asentamiento estable en zonas costeras e insulares.
Este modelo, celebrado a menudo como "éxito económico" por administraciones y sector empresarial, intensifica la presión sobre el mercado inmobiliario, refuerza la turistificación permanente de los territorios y acelera la sustitución lingüística y social, sin que genere una alarma política comparable a la que se proyecta sobre otras migraciones con un impacto económico y territorial muy inferior pero vinculada a un perfil proletario proveniente del Magreb, el África subsahariana o América Latina.