El pasado sábado se celebraron manifestaciones contra el fascismo y el autoritarismo de los estados en Bilbo e Iruñea, convocadas por Gazte Koordinadora Sozialista (GKS). En ellas, se denunciaron el supremacismo, el racismo, los discursos machistas, la ofensiva política de la oligarquía, el imperialismo o la incapacidad de los partidos reformistas de hacer frente al fascismo, entre otros. También se recordó que las tendencias reaccionarias y fascistas están llegando a Euskal Herria.

Sin embargo, lejos de suscitar ningún tipo de debate, la avanzadilla reaccionaria de la base social de la socialdemocracia nacionalista vasca ha tratado de bloquearlo, una vez más, tirando de recursos ya manidos, argumentando cuestiones de forma o directamente manipulando las posiciones de los convocantes, cuando no recurriendo a conspiraciones. En última instancia, se repite una política reaccionaria de acoso y derribo contra los convocantes que busca desvirtuar el objetivo de las manifestaciones y acaba por desprestigiar la lucha contra el fascismo, al mismo tiempo de que trata de justificar su no apoyo a un contenido antifascista.

Buena prueba de ello es el argumento sectario que dice no oponerse al contenido de las manifestaciones, sino a los convocantes, y justifica con ello la no asistencia a la manifestación o incluso que la manifestación no fuera mayor.

Empero, la asistencia a las manifestaciones es concluyente en dos sentidos. 1) 10.000 personas con conciencia antifascista y conciencia de las tareas urgentes a las que nos enfrentamos, conscientes de la necesidad de organizarse, es un número muy grande y un logro del Movimiento Socialista. Sin embargo, 2) 10.000 personas es un número minúsculo si fuera por las altas expectativas que tienen depositadas los representantes de la socialdemocracia nacionalista vasca en el pueblo vasco, que dicen que tiene un ADN antifascista, aunque parece estar oculto en un cromosoma ya perdido. Así, lo que para los convocantes es una victoria, para la socialdemocracia nacionalista es una derrota, pues demuestra lo erróneo de sus tesis.

Además, lo que deberían explicar los sectarios no es su no asistencia a la manifestación, o la no asistencia de gran parte de la sociedad vasca —ambas razones que ya conocemos—, sino que por qué solo se ha convocado una manifestación antifascista y el convocante ha sido el Movimiento Socialista; y más allá aún, por qué ninguna otra fuerza política puede convocar consecuentemente una manifestación contra el fascismo y la deriva autoritaria de los estados. De tal manera que llegaríamos a la conclusión de que el problema no es el convocante, sino el contenido, y atacar al convocante una manera velada de atacar al contenido.

En definitiva, mientras que al Movimiento Socialista ha dedicado semanas de trabajo de propaganda contra el fascismo, la avanzadilla reaccionaria de la socialdemocracia nacionalista vasca se ha dedicado a boicotear la manifestación, a cuestionar el origen de los recursos empleados para la propaganda y a denunciar que la propaganda contra el fascismo no deja espacio a otras fuerzas políticas para pegar sus propios carteles. Si por una cuestión de coherencia práctica fuera, contradicción que tanto les gusta buscar en los demás entre lo que se dice y lo que se hace, la conclusión sería obvia: el Movimiento Socialista ha hecho una campaña antifascista, y los reaccionarios se han opuesto a la misma, haciendo el juego al fascismo, mientras dicen ser antifascistas.

La desorientación entre las filas se de la socialdemocracia nacionalista vasca se hace más evidente cuando, en un burdo intento de comparar dos manifestaciones, reivindican que, en una manifestación nacionalista llamada por EHBildu con el abstracto lema Askatasun Haizea (viento de libertad) y una asistencia de 30.000 personas según los convocantes, haya más antifascistas que en las convocadas por GKS. Cuando, si atendemos al lema y al contenido nacionalista, lo que sí podemos afirmar es que los mismos son perfectamente aceptables por ciertos sectores nacionalistas vascos, de clara tendencia fascista.

Lo que pretende ocultar la reacción en el seno del nacionalismo vasco es que en Euskal Herria sur, la reacción, si adquiere una dimensión militante, va a ser en base al nacionalismo vasco, que tiene ya un recorrido histórico sustancioso, y no en base al nacionalismo español, que siempre ha necesitado de la respiración asistida proporcionada por el Estado español para no perecer. Dicho de otra manera, en Euskal Herria se da la peculiaridad de que, por ser una nación sin Estado, a la que se deniega el derecho a independizarse, el fascismo adquiere un doble sentido nacional: por un lado, estados español y francés en deriva autoritaria, por el otro, un sector en el seno del nacionalismo vasco en deriva autoritaria, con capacidad de expandirse entre las masas. En definitiva, la deriva autoritaria de las sociedades occidentales adquiere en Euskal Herria ese doble carácter que la socialdemocracia es incapaz de detectar, e incapaz de abordar si no renuncia a sus principios nacionalistas y a la reforma del Estado.

El debate sobre si debiera haber Ikurriñas en una manifestación antifascista o comunista, es paradigmático en ese sentido, pues demuestra la ceguera de los nacionalistas y es toda una declaración de principios. El resultado es el desprestigio de una manifestación antifascista —en otros casos manifestaciones por la revolución socialista, etc.— con la excusa de que no haya ninguna o haya pocas banderas nacionales. Y es que, para la socialdemocracia nacionalista, nada tiene sentido si no responde a una liberación abstracta de la nación a la que, en un sentido concreto, han renunciado hace tiempo.

Lo que pretendo argumentar es lo siguiente: el recurso a la nación y a las banderas nacionales no es sino una indeterminación que busca reforzar la política de acoso y derribo de una organización porque, seamos claros, los socialdemócratas nacionalistas vascos no apoyan el contenido antifascista de la manifestación ni las posiciones comunistas.

Más evidente se hace esa estrategia cuando se comprueba que la tan cacareada independencia se traduce en la subordinación absoluta a unas estructuras de poder de la burguesía —estados español y francés, Unión Europea, OTAN…—como medio de garantía para un derecho de autodeterminación que rara vez ha sido ejercitado en Europa. La subordinación se presenta como mayor cuando se comprueba que, efectivamente, los procesos independentistas dados en Europa en las últimas décadas, han sido procesos realizados de facto, constituyendo nuevos estados independientes siempre por conveniencia de las potencias imperialistas en el reparto del mundo y la constitución de zonas de influencia. Esto es, los procesos independentistas han sido viables porque los nuevos estados se han convertido en satélites de una u otra potencia imperialista. La hoja de ruta de la socialdemocracia nacionalista vasca, tan pragmática y realista según sus adeptos, que acusan al Movimiento Socialista de pensamiento mágico por argumentar coherentemente que el derecho de autodeterminación solo llegará como proceso subordinado y a la vez constituyente de la organización comunista internacional, se basa, en definitiva, en una falsa premisa y en la subordinación del futuro de Euskal Herria a los dictados del capital monopolista y las grandes potencias imperialistas. Toda una dosis de realismo y pensamiento no-mágico, claro.

Pero lo grave es, como ya he argumentado, que un proceso independentista, que se presenta como extremadamente irrealista, sirve de pretexto para desprestigiar la estrategia comunista. Igualmente, una bandera nacional, cuyo contenido es tan indeterminado como puede serlo el proceso independentista de turno, sirve como elemento arrojadizo contra la política de los comunistas cuando esa bandera, en un claro ejemplo de indeterminación, sirve de estandarte para sectores izquierdistas como de extrema derecha, sectores de la oligarquía fascista encuadrados en el PNV o sindicatos tan españolistas como CCOO, entre otros. Por lo que, pretender emplear la Ikurriña como elemento discordante que marca la diferencia cuando, precisamente, la diferencia la marca no emplearla como símbolo de una política determinada —aunque pudiera emplearse individualmente, derecho al que nunca nos hemos opuesto—, es cuanto menos rastrero e indica que, para la socialdemocracia nacionalista vasca, así como es símbolo de desunión y de acoso y derribo contra los comunistas, actúa también como símbolo de unión, entre otros, con fascistas o españolistas.

Y si nada de esto fuera así, deberían explicarnos, los socialdemócratas nacionalistas vascos, lo siguiente:

1) ¿Cómo podría llamar su partido una manifestación contra el fascismo y denunciar coherentemente la deriva autoritaria de los estados, si participa de manera normalizada en los mismos y llega incluso a aceptar medidas que confirman esa deriva?

2) ¿Cómo podría convocar la socialdemocracia nacionalista vasca una manifestación abiertamente y consecuentemente antifascista, sin renunciar a parte de su apoyo social, que no comprende el fascismo como política de clase, pues ha sido educado durante décadas en una comprensión nacionalista y errónea del fascismo, en términos de confrontación nacional —vascos antifascistas, españoles fascistas— y, por lo tanto, un apoyo social incapaz de comprender la tendencia fascista emergente en el seno del nacionalismo vasco, y toda política que invite a denunciarla?

3) Y por último, ¿cómo pretende articular la socialdemocracia nacionalista vasca un frente antifascista si su bandera es una bandera nacional y renuncia al significado histórico y verdadero de la bandera roja que, en el tema que nos ocupa, es la abolición revolucionaria del sistema capitalista a escala mundial, que es fundamento social de la deriva autoritaria de los estados y de la tendencia fascista en el seno de la sociedad capitalista?