Saif al-Islam Gaddafi, hijo del ex líder libio Muammar Gaddafi, fue asesinado por hombres armados no identificados en su casa de Zintan el 3 de febrero, según un comunicado emitido por su equipo político. El texto afirma que "cuatro hombres enmascarados" asaltaron la vivienda, desactivaron las cámaras de seguridad y lo mataron en un "asesinato cobarde y traicionero". Saif al-Islam, quien fue consejero clave de su padre, había sido liberado en 2017 tras años de cautiverio y era visto por sectores de Libia como una figura capaz de unificar el país, aún devastado por la guerra civil, la intervención imperialista de la OTAN en 2011 y la destrucción del territorio vía proxys mercenarios del ISIS apoyados por occidente.

Este asesinato responde a un patrón de injerencias occidentales en el país. El Servicio de Inteligencia Exterior ruso (SVR) publicó un informe acusando a Francia de preparar "golpes de estado neocoloniales" y operaciones para "eliminar líderes indeseables" en África. Según el SVR, el presidente francés Emmanuel Macron "ha autorizado a sus servicios especiales a lanzar un plan" de asesinatos políticos, inspirado en el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro. La agencia rusa afirma que el Estado francés está involucrado en el reciente intento de golpe en Burkina Faso contra el presidente Ibrahim Traoré, según recoge el comunicado del SVR recogido por The Cradle.

Las acusaciones coinciden, además, con la pérdida drástica de influencia francesa en su antigua esfera colonial de la françafrique. Burkina Faso, Mali y Níger ya han expulsado a las tropas imperialistas francesas y han formado la Alianza de Estados del Sahel, distanciándose de París. El ministro de Seguridad burkinés, Mahamadou Sana, declaró que sus servicios "interceptaron esta operación en las horas finales", evitando el asesinato de Traoré y ataques a instituciones civiles. El presidente Traoré ha denunciado públicamente que "no es terrorismo, es imperialismo", apuntando a que el objetivo es mantener a la región en guerra para explotar sus recursos.

El asesinato de Saif al-Islam revive el trauma de la destrucción de Libia, un país funcional hasta la intervención militar de la OTAN en 2011, autorizada por una resolución de la ONU y ejecutada con bombardeos que facilitaron el ascenso de milicias mercenarias salafistas. Muammar Gaddafi fue linchado por mercenarios respaldados por la OTAN, y el país cayó en una guerra civil que permitió el surgimiento de bastiones del ISIS.

Este nuevo asesinato político refuerza las acusaciones de que las potencias occidentales continúan una estrategia de desestabilización y eliminación sistemática de líderes antiimperialistas, utilizando métodos clandestinos y proxies locales para mantener el control sobre recursos estratégicos y frenar la soberanía africana.