Archipiélago Epstein: una oligarquía podrida hasta la médula
La isla de Epstein resultó ser un archipiélago. Una red inmensa en cuyos nodos la pedofilia se entrecruza con la corrupción financiera, la conspiración política se abraza con la violación sistemática y el espionaje se da la mano con el asesinato. Como una enorme tela de araña extendida en el seno de la oligarquía occidental, el archipiélago Epstein dio cobijo al capitán de la industria y el tiburón financiero, el dirigente político y el monarca, el magnate mediático y el estratega fascista… así como a sus incontables víctimas.
Toda historia de terror se abre a la interpretación mitológica: el demonio, el monstruo, la figura de maldad inexplicable. Esta es la primera de las tentaciones que debemos resistir a la hora de analizar el caso Epstein. Lo que este nos ofrece no es más que una imagen condensada de la clase dominante; las relaciones entre seres de carne y hueso que componen la burguesía global. Así, el archipiélago Epstein cae bajo la soberanía de un continente mucho mayor: el del poder capitalista. Ya en 1850 Marx habló de cómo la aristocracia financiera, sector parasitario aupado por la política estatal, se entregaba a “la satisfacción de los apetitos más malsanos y desordenados”, a un “desenfreno donde el poder se convierte en crápula y en el que confluyen el dinero, el lodo y la sangre”.
Otra forma de decir lo mismo es que nos gobiernan multimillonarios dados a la pedofilia y la violación. Mientras Fukuyama esbozaba aquellos textos según los cuales el capitalismo liberal representaba, en tanto que el mejor y más humano de los sistemas posibles, el Fin de la Historia, Epstein comenzaba a tejer su red de influencia desde la posición de poder otorgada por su éxito en el mundo de las finanzas. Bajo el “reconocimiento” celebrado por Fukuyama, en el que operan la libertad e igualdad formales, habita una estructura de clases en las que una élite infinitamente acaudalada tortura, viola y asesina a niñas pobres. Esa es la realidad del capitalismo.
Decíamos que no hay nada de sobrenatural en el caso de Epstein. Ciertos marxismos inoperantes han querido reducir el poder capitalista a la “dominación impersonal”. Lo cierto, sin embargo, es que la dominación impersonal del capital se realiza a través de la dominación directa por parte de la clase capitalista y el Estado. Acumular capital es acumular poder de mando sobre el trabajo ajeno, lo que se traduce al nivel del conjunto en poder político sobre la mayoría trabajadora, en impunidad y carta blanca. La misma lógica que permite a alguien poseer una isla o controlar el trabajo y la subsistencia de miles de personas es la que le permite establecer una red de pederastia que conecte a oligarcas, líderes políticos y miembros de las más variadas familias reales. Si en cada burgués asustado hay un Hitler, en cada burgués autosatisfecho hay un Epstein potencial.
El capitalismo es un modo de producción gobernado por leyes impersonales y objetivas, no el fruto de la conspiración de una serie de malvados. Pero esas leyes impersonales reproducen la división entre explotadores y explotados, y conducen a una acumulación de poder y recursos históricamente insólita en manos de una inmensa minoría. Y dentro de esa minoría, por descontado, se urden conspiraciones. Conspiran para satisfacer sus apetitos más siniestros, cultivados en largos años de impunidad y despotismo. Conspiran para impulsar las fuerzas políticas de su agrado y descabezar a las que les incomodan. Conspiran para aumentar su riqueza, perpetuar su impunidad y castigar a quienes les cuestionan. La conspiración, entendida simplemente como el acuerdo secreto orientado al propio beneficio, es de hecho parte intrínseca de su modus operandi. Epstein vivía conspirando. El problema del conspiranoico es precisamente que se ciega ante lo estructural y prefiere siempre las explicaciones mágicas, en que busca siempre un “más allá”, otra dimensión oculta donde espera un titiritero que maneja todos los hilos, y por ello se ciega ante la realidad que tiene antes sus ojos.
El caso Epstein demuestra además el alto grado de interconexión de la oligarquía occidental, especialmente en su variante anglosajona –esa élite transatlántica cuyos orígenes se describen brillantemente en The Making of an Atlantic Ruling Class. Hay una teoría famosa que afirma que cualquier persona del mundo está conectada con cualquier otra por medio de un máximo de seis personas intermedias. Pues bien: en el caso de los grandes capitalistas y dirigentes políticos occidentales, al parecer basta con una persona intermedia para estar conectado con alguien que violó a alguna menor en la isla de Epstein. Su caso también revela aquello que subyace a la “pluralidad” de la gran política burguesa. Uno puede, de hecho, imaginarse a líderes demócratas y republicanos, laboristas y conservadores, discutiendo acaloradamente en un plató o parlamento para después darse la mano en alguna de las mansiones de su buen amigo Jeffrey.
Es precisamente la amplitud de la red de Epstein lo que ha convertido su caso en una patata caliente para todas las grandes familias de la política burguesa. Quizás la reacción más sintomática haya sido la del fascismo. Tanto ayer como hoy, el fascismo vive de desplazar el odio hacia el capitalismo hacia una pequeña “élite” que separa de esa clase capitalista de la que es el perro guardián. Tras años alimentando la teoría de que una élite globalista y pedófila vinculada al Partido Demócrata domina el mundo, los fascistas se han dado de bruces contra el hecho de que esa élite incluye también a sus ídolos, desde Trump a Bannon, y de que su dominio no proviene de su “esencia judía” o idioteces similares, sino de su posición dentro de la estructura de clases capitalista. El intento de vincular a Epstein con “lo progre” fracasa ante la abrumadora evidencia de sus vínculos con la ultraderecha internacional. Al parecer, en un giro macabramente irónico, ¡el propio Epstein contribuyó a la difusión de teorías de conspiración sobre una élite pedófila! En una nueva muestra de su plena sumisión al poder capitalista, la reacción de los fascistas ante estas evidencias ha oscilado entre el si te he visto no me acuerdo y el blanqueamiento de la figura de Epstein.
El nombre de Trump aparece nada menos que 38.000 veces en los papeles del magnate, vinculado a episodios de pederastia e incluso a la acusación de haber asesinado y enterrado en sus campos de golf a mujeres prostituidas. En resumidas cuentas, el presidente de la principal potencia mundial es un pedófilo y un violador, algo que al parecer comparte con varios de sus predecesores. Su gobierno está haciendo lo posible por encubrir el asunto. Después está su lugarteniente ideológico, Steve Bannon, que mantuvo una intensa relación política con Epstein a finales de la pasada década (o sea, diez años después de su primera condena en firme por pederastia). En las conversaciones entre ambos, Bannon habla sin complejos de un plan para alimentar, financiar y llevar al poder a partidos neofascistas en toda Europa, plan al que Epstein se refiere como el “Noveno círculo” –esto es, el Noveno Círculo del Infierno de Dante, aquel reservado a los traidores. Que el plan del que participaban un estratega fascista y un multimillonario pedófilo haya quedado sintetizado en la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU dice casi todo sobre el mundo en que vivimos. Elon Musk, por su parte, hace su aparición en los papeles preguntando con ansia repulsiva cuándo celebrará Epstein la fiesta más salvaje. Quien hoy es el hombre más rico del mundo también se sabe con derecho al uso de niñas y mujeres pobres. A su vez, por el lado Demócrata tenemos a expresidentes como Bill Clinton, a quien Epstein llegó a ayudar a crear su propia fundación, a oligarcas “progresistas” como Bill Gates, que pide a Epstein consejo tras trasmitir a su mujer una ETS contraída con una “chica rusa”, al líder Demócrata en el Senado, Chuck Summers, amigo personal del millonario y cómplice de facto del trumpismo, y un largo y siniestro etcétera.
El escenario no mejora si saltamos al otro lado del charco. Del príncipe Andrew, el hijo favorito de la reina Isabel, ya sabíamos que era un pedófilo, un violador y un sádico, hasta el punto de que su propio hermano lo ha expulsado formalmente de la familia real. Ahora hemos podido verlo posar sonriente ante el cuerpo exangüe de una mujer a la que han tapado la cara. Lo cierto es que ninguna expulsión simbólica cambiará el carácter podrido de la monarquía, que cobijó y encubrió a Andrew y a tantos otros. Cuando Epstein casi ni había nacido, Lord Mountbatten, mentor del actual rey, virrey de la India y amigo personal de Churchill, ya combinaba el polo con la pedofilia entre sus aficiones aristocráticas –al menos hasta que fue ejecutado por el IRA provisional.
Los tentáculos de Epstein en Gran Bretaña, sin embargo, no se agotaban en la familia real. Que uno de sus más firmes impulsores, Lord Mandelson, viera en Epstein a “su mejor amigo” nos dice todo lo que necesitamos saber sobre el “Nuevo laborismo”, aquel intento de hacer que el Partido Laborista abandonara el reformismo obrero para pasar a convertirse sin complejos en una herramienta de lobistas y financieros sin escrúpulos. Conocido como “El Príncipe de las Tinieblas”, Mandelson conspiró durante décadas mientras acumulaba títulos y escándalos: tres veces ministro, Consejero Europeo de Comercio y embajador de Reino Unido en EEUU. Tras darlo todo por boicotear a Jeremy Corbyn, Mandelson impulsó a Starmer al poder y tramó una reconfiguración de las listas electorales del laborismo para purgar a figuras de izquierda. Starmer le recompensó con el puesto de embajador, a pesar de que sus vínculos con Epstein eran bien conocidos. Hoy, tras la publicación de miles de correos entre ambos, incluida una foto en la que Mandelson aparece en ropa interior en una de las mansiones del magnate, Starmer se desvive por sobrevivir políticamente fingiendo ignorancia. Con una popularidad menor que la del Príncipe Andrew (sí, el pedófilo), tras casi dos años de políticas racistas, militaristas y autoritarias, la cabeza de Starmer pende hoy de un hilo, y sus intentos de salvarse purgando a sus colaboradores más cercanos no parecen orientadas al éxito. Forzado a hacer públicas todas sus comunicaciones personales con Mandelson, no cabe descartar que el infame Sir Keir dimita en un futuro próximo.
Y luego está Israel, claro, ese paraíso de la pedofilia impune. Epstein era un sionista orgulloso, íntimo amigo del exprimer ministro Ehud Barak (también laborista) y tenía fuertes vínculos con la industria de Defensa israelí. Por si esto fuera poco, también parecía estar vinculado al Mossad, para el cual trabajó el padre de su pareja y cómplice Ghislaine Maxwell (a quien no auguro una vida muy larga, a pesar de haberse ofrecido a exculpar a Trump y Clinton a cambio de inmunidad). Documentos del FBI afirman que el propio Epstein fue “entrenado como espía” por los servicios de seguridad israelíes. Netanyahu se ha apresurado en desmentirlo, lo que indica que es muy probablemente cierto.
En rigor, la lista de contactos de Epstein parece interminable. Peter Thiel, el multimillonario fascista dueño de la empresa de Seguridad Palanthir, era otro de sus amigos. Steven Pinker, pensador estúpidamente endiosado que hace poco se dedicaba a sermonear al mundo sobre por qué el comunismo no funciona, contribuyó a preparar su estrategia de defensa legal. A Aznar parece que le pagó algún que otro viaje. Incluso el anciano Noam Chomsky ha visto cómo su reputación de hombre íntegro se iba por el desagüe ante la repugnante evidencia de que no solo fue amigo de Epstein, sino que decidió defender su inocencia e ignorar a sus víctimas. La heredera al trono de Noruega fue otra de sus amigas, algo que comparte con la española Astrid Gil-Casares, exmujer del presidente de Ferrovial, escritora de libros lamentables para burgueses aburridos y confidente entusiasta del pederasta hasta su último encarcelamiento. Y podríamos continuar: Rupert Murdoch, el magnate de los medios de comunicación, Woody Allen, que abandonara a su mujer para casarse con su hijastra, Howard Lutnik, Secretario de Comercio de la Administración Trump, Deepak Chopra, gurú del bienestar emocional, el oligarca Richard Branson, que recordara a Epstein las ganas de encontrarse con “su harén”, el exsecretario del Tesoro Larry Summers, Andrés Pastrana, expresidente derechista de Colombia, Brett Ranner, director del nuevo documental hagiográfico sobre Melania Trump, el futbolista Frank Ribéry, a quien una víctima acusa de haberla golpeado, Sergey Brinn, cofundador de Google, Casey Wasserman, presidente del Comité Organizador de los Juegos Olímpicos, el productor y conocido agresor sexual Harvey Weinstein… Y un larguísimo etcétera en el que aparecen todas las familias de la oligarquía occidental.
¿Qué hay, sin embargo, de las víctimas? Incontables y mayormente innombradas, eran adolescentes y niñas proletarias reclutadas por medio de mentiras o directamente compradas por todo el mundo. Los papeles desclasificados hablan de vínculos con redes rusas de trata de blancas, de la compra de niñas e incluso bebés en África, y de contactos con dirigentes políticos de los Emiratos Árabes (Hind Alowais, actualmente directora del Comité de Derechos Humanos) donde se habla de “conseguir chicas”. Por el momento, nada de lo anterior ha sido investigado sistemáticamente, y es posible que no lo sea nunca. Los casos ampliamente probados, por su parte, apuntan a la captación de adolescentes americanas pobres por medio de falsas promesas y ofertas económicas. Una vez caían dentro de la red de Epstein, tras habérseles ofrecido cuantiosas cifras a cambio de un simple masaje, eran sometidas a un régimen de esclavitud y violaciones, movidas entre países y ubicaciones para satisfacer a los diferentes clientes de su secuestrador, empujadas a la drogadicción y amenazadas con la violencia y la persecución legal. Hay testimonios y documentos que hablan de asesinatos y entierros anónimos. La policía y el sistema judicial yanki ignoraron sistemáticamente las primeras denuncias. Los nadie, recordaba Galeano, valen menos que la bala que los mata.
En resumen, los papeles de Epstein nos devuelven la imagen de una clase dominante podrida hasta la médula. La burguesía es hoy una clase reaccionaria, incapaz de ningún progreso histórico. Esta es su civilización, su cultura del dominio, su sistema basado en la concentración de riqueza en un polo y miseria en otro. Frente a ello, cabe recuperar las palabras del gran socialista alemán Wilhem Liebknecht: “Sí, queremos destruir lo que nuestros enemigos llaman “cultura” y “civilización”. Queremos destruir la servidumbre y la opresión, queremos destruir las semillas de odio y discordia sembrados entre los seres humanos”. Se lo debemos, entre tantos otros, a las víctimas de Epstein y sus innumerables cómplices.