Entre las grandes noticias del despliegue autoritario de Trump, las orgías de pedófilos multimillonarios y la amenaza permanente del aumento de la guerra ha pasado casi desapercibida la campaña y el resultado electoral de las elecciones autonómicas de Aragón. Sin embargo, creemos que estás elecciones y su resultado son un síntoma de una situación política más amplia y necesitan más que una nota a pie de página.

La convocatoria electoral en Aragón sigue el mismo guion de inicio que las de Extremadura: se usa la ruptura de pacto de gobierno con VOX (provocada, en parte, por la exclusiva desvelada por este periódico del asesor nazi de VOX en Aragón) y la incapacidad para aprobar presupuestos para convocar unas elecciones que interesan al PP central.

El PP en Aragón vio con optimismo convocar elecciones por dos motivos: creyó que aumentaría su mayoría y creyó que desgastaría a Sánchez. El tiro les ha salido por la culata. Pierden dos diputados y aumenta su dependencia con respecto a Vox. Vuelve a demostrarse que quien mejor cabalga la ola reaccionaria es su lado más ultra, y que mimetizarse con ella no funciona (como vemos con el ejemplo de la invitación a Vito Quiles a su acto, a quien, por cierto, tanto han alimentado económicamente).

El gran ganador de la noche es Vox, que dobla sus diputados y asciende hasta el 17% del voto. Ni los escándalos de corrupción, ni las purgas internas ni su sumisión completa a Trump y Netanyahu parecen hacer mella a Vox, que crece sin cesar y ya sueña con un sorpasso futuro a un PP desnortado y liderado por incompetentes.

La ruptura de los pactos de gobierno autonómicos con el PP ha acabado beneficiando a VOX, alejado del desgaste institucional y capaz de vestirse de “alternativa” al bipartidismo. En su momento, el analista Enric Juliana afirmó con rotundidad que esa maniobra sería fatal para Vox... y hoy es fácil comprobar lo muy equivocado que estaba. En las condiciones actuales, mantenerse alejado de los gobiernos permite a Vox capitalizar el creciente descontento hacia unas instituciones en crisis, pudiendo presentarse como una respuesta radical al "establishment" en lugar de como la muleta del PP. En ese sentido, podría decirse que ha aprendido de sus antecesores fascistas, que también evitaron las coaliciones en minoría. Esto explica su posición en las negociaciones de Extremadura (donde ya se habla de quizás repetir de nuevo las elecciones) y que casi a bien seguro sea el mismo guion que veremos en Aragón. Con estos movimientos va perfilándose un escenario futuro que provoca sudores fríos en Génova: dinamitar una coalición con el PP tras las próximas elecciones generales por medio de demandas imposibles, forzar una "gran coalición" de algún tipo -o su versión más probable: un gobierno del PP sostenido por la abstención del PSOE- y lanzarse al sorpasso del PP en 2031. En Vox parecen estar considerando seriamente esa ruta como la mejor vía "a la española" para hacer realidad lo que ya es un hecho en EEUU, Francia, Italia, Argentina, Hungría, etc. No cabe duda -como ya estamos viendo en Reino Unido, donde el sorpasso es inminente- de que si nos acercáramos a este escenario tendría lugar una fuga masiva de cuadros del PP hacia Vox.

También sorprende, por su parte, la ampliación del nicho de Alvise, más capaz de lo que parecía de dividir el voto ultra (algo que en Moncloa seguramente ven con esperanza). Si se ampliara a nivel estatal, un 2'7% de los votos podrían quitar varios escaños al bloque PP-Vox.

El PSOE, por su parte, salva los muebles mejor que lo esperado. El contexto reaccionario internacional parece contener su caída, lo cual explica las últimas maniobras de Sánchez en la guerra cultural, queriendo ser la cara visible de la respuesta progre al trumpismo. Sin mayoría parlamentaria, asolado por la corrupción de su partido, cada vez más aislado en un bloque atlántico cuya nueva agenda no ve con buenos ojos los alardes de "progresismo" y asediado por la derecha política, mediática y judicial, Sánchez busca agónicamente su supervivencia escenificando un enfrentamiento simbólico con todo lo que Trump representa (mientras evita mencionarlo directamente, por un lado, y por otro se cuida de no salirse demasiado de la línea en las cuestiones esenciales).

A su izquierda el contexto es aún más deprimente. La Chunta mejora notablemente sus resultados, posiblemente por el desgaste de las marcas estatales, y se queda sin embargo en la humilde cifra de 6 diputados. La dupla IU-Sumar mantiene su escaño y parece alegrarse. Por último tenemos a Podemos, el gran perdedor de la noche. Con un ridículo 0'9%, tres veces menos que Alvise, el partido morado se enfrenta a un hecho rotundo: en las últimas 8 elecciones autonómicas en las que se ha presentado con su propia marca ha perdido todos sus diputados. La lección es clara: los votantes no se creen su oportunista "giro a la izquierda", Podemos no capitaliza el descontento popular con el gobierno progresista en el que participó hasta que no le dejaron participar más, y el retumbar mediático de Canal Red no se traduce en votos. Sin arraigo territorial ni militancia de base y ante el recuerdo general de su paso por el gobierno, nadie más allá de un pequeño círculo de fieles ve en Podemos en una alternativa. La estrategia de Iglesias-Montero (sobrepasar a Sumar y erigirse en oposición radical a un gobierno PP-Vox) no parece asentada en la realidad.

En este escenario se refuerza el discurso de la "unidad de la izquierda", el juego de Tetrix que busca alinear a las camarillas de notables a las que han quedado reducidos la mayoría de fuerzas reformistas de clave estatal. Bildu ha corrido a lanzar un jarro de agua fría sobre el "frente plurinacional" auspiciado por Rufián, remarcando su voluntad de fomentar un "Frente Nacional" con el PNV. En el BNG ni contemplan la apuesta, que Podemos también rechaza porque sabe que no podría tener el control, y en ERC también se han desmarcado. Rufián camina sobre el vacío, con la fracción disidente de Más Madrid como único aliado entusiasta, a pesar del nada velado apoyo del conglomerado mediático vinculado al gobierno.

Sin más proyecto que seguir sosteniendo al PSOE por activa o por pasiva, la izquierda reformista estatal está en ruinas. Las brechas personales entre diferentes bandos son demasiado profundas, y la identidad programática de fondo (no hay diferencias de calado entre ellos) no es nada en comparación con el grado de enemistad entre las diferentes camarillas que la componen. Sumar está amortizado, IU agoniza y Podemos se desintegra. Las fuerzas con implantación regional comienzan a ver más clara la apuesta de limitarse a sobrevivir en su territorio de referencia.

Y así, en medio de todo el juego de escaños, declaraciones triunfantes y autocríticas a medias el constante ausente: la clase trabajadora y sus intereses. Porque ni en Aragón ni en Extremadura, ni ahora en las elecciones de Andalucía o Castilla y León se enfrentan otra cosa que diferentes opciones de gestión de un capitalismo cada vez más decadente.

Y no hay duda de que su expresión más brutal está cobrando fuerza. El centro neoliberal está colapsando, oscilando entre gobiernos socialdemócratas cada vez más impopulares y el tránsito desacomplejado hacia la ultraderecha. La AfD lidera las encuestas en Alemania, Reform lo hace en Reino Unido y Le Pen y los suyos en Francia, mientras en el Estado español los sondeos apuntan a una supermayoría PP-Vox. Crear una fuerza política que pueda hacerles frente, combatiendo el capitalismo del que emergen, debe ser una tarea para la que ningún esfuerzo será demasiado y ninguna mano estará de más.

Las jóvenes de CJS Aragón lo decían en una entrevista a Diario Socialista “Organizarnos es nuestra única opción para construir una alternativa y frenar la barbarie. Y para ello esperamos no contar solo con nuestros brazos.”

Construyamos un gran frente contra el giro autoritario de los estados. Construyamos la alternativa revolucionaria.