Palestina recibe el Ramadán entre la fragilidad de la falsa tregua y el temor a una nueva ofensiva israelí
Desplazados decoran sus tiendas de campaña y celebran con lo poco que tienen mientras Israel amplía las incursiones de colonos en la mezquita de Al-Aqsa y restringe el acceso de palestinos a Jerusalén.
La población de Gaza ha comenzado el mes de Ramadán en condiciones de desplazamiento masivo y privaciones extremas, acogida a una tregua que sigue siendo falsa y frágil. Sigue el temor constante a que el Estado genocida de Israel prosiga con su ofensiva en la misma o incluso mayor intensidad que hace unos meses. Más de 70.000 palestinos han sido exterminados desde el inicio de la guerra genocida iniciada por la entidad sionista en octubre de 2023, y cientos de miles continúan malviviendo en campamentos de tiendas de campaña. Según informa Al Jazeera, muchas familias han tratado de decorar sus precarios refugios para crear un mínimo ambiente festivo y para tratar de encender una luz de esperanza en mitad de la barbarie, aunque las condiciones de vida siguen siendo muy duras, con escasez de alimentos, falta de infraestructuras y ataques constantes que recuerdan que la violencia no ha cesado por completo.
En el campo de refugiados de Bureij, en el centro de la Franja de Gaza, una madre de 52 años, Maisoon al-Barbarawi, recuerda ante periodistas de Al Jazeera: "Mis medios son limitados, pero lo importante es que los niños se sientan felices". Al-Barbarawi fue desplazada desde el sureste de Gaza al comienzo de la fase más intensiva del histórico genocidio colonial. Como ella, cientos de miles de palestinos inician el mes sagrado de los musulmanes en tiendas de campaña, en condiciones pésimas.
El mes de Ramadán, noveno del calendario islámico, es para los musulmanes un periodo de ayuno, oración y reflexión espiritual que conmemora la primera revelación del Corán al profeta Mahoma. Durante estos treinta días, los fieles se abstienen de comer, beber y mantener relaciones sexuales desde el alba hasta la puesta del sol, en un ejercicio de "purificación y autodisciplina" que busca "acercar al creyente a Dios y sensibilizarlo con el sufrimiento de los hambrientos y necesitados". El Corán menciona repetidamente a los mustadafun —los oprimidos, los débiles, aquellos que son considerados "vulgares" o "insignificantes" para el poder— como destinatarios preferentes de la solidaridad y la justicia. Ayunar, por tanto, no es un dogma religioso abstracto, sino un mandato con un profundo significado social que pretende recordar la obligación moral de defender a quienes nada tienen; un mandato que cobra especial significado en Palestina, donde el terror de la violencia genocida sigue sobrevolando cada conversación y los cielos de Gaza.
"La gente no deja de hablar de acumular provisiones. Nos dicen: almacenad harina, almacenad comida, la guerra va a volver", relata Maisoon, cuyo hijo pequeño, durante la hambruna del pasado Ramadán, "rezaba para morir porque ansiaba comida". El recuerdo de aquellos meses marca cada preparativo: cuando Israel cerró los pasos fronterizos y prohibió la entrada de ayuda humanitaria, provocando una hambruna aguda que mató a muchos gazatíes. Hanan al-Attar, madre de ocho hijos desplazada en Deir el-Balah, muestra a Al Jazeera el paquete de ayuda que recibió para el primer día de Ramadán y confiesa que ha guardado un poco de dinero para comprar carne: "El ayuno requiere proteínas". Cocinan con leña porque el gas es "como un tesoro" y esconde una bombona pequeña para los momentos más difíciles.
Acoso islamófobo y profanaciones en la mezquita de Al Aqsa
Mientras Gaza intenta sobrevivir, en Jerusalén/Al Quds, que vive bajo la ocupación sionista, las autoridades israelíes han endurecido las condiciones para la población palestina en el primer día de la festividad musulmana. Según informa Middle East Eye, el comandante del distrito de Jerusalén, nombrado por el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, ha ampliado de cuatro a cinco horas la duración de las incursiones diarias de colonos fascistas en la mezquita de Al-Aqsa, el tercer lugar más sagrado del Islam. Los violentos y fanáticos colonos entran allí escoltados por fuerzas policiales, mientras cantan y bailan en los patios que son sagrados para los nativos. Año tras año se reportan incidentes similares durante la Semana Santa cristiana, donde los fascistas israelíes boicotean celebraciones de palestinos cristianos y profanan sus lugares de culto. Al mismo tiempo, se ha restringido drásticamente el acceso de la población palestina en Cisjordania: solo 10.000 personas, mayores de 50 años o menores de 12, podrán entrar, y únicamente los viernes, con autorización previa del ejército de ocupación. Las fuerzas israelíes detuvieron el lunes al imán de la mezquita, Sheikh Mohammed al-Abbasi, sin ofrecer explicaciones al respecto.
Sheikh Ikrima Sabri, antiguo gran muftí de Jerusalén, ha denunciado que estas medidas confirman "las ambiciones de Israel hacia Al-Aqsa" y demuestran que no quieren que los musulmanes ayunen libre y pacíficamente. Para los palestinos, este Ramadán transcurre entre la amenaza de un genocidio a gran escala en Gaza y la progresiva expulsión de sus lugares sagrados en Jerusalén, en una ofensiva coordinada que entrelaza asedio, el hambre y la colonización acelerada. Mientras las familias en las tiendas de campaña rezan para que el ejército invasor se retire de su tierra y para que no vuelvan a vivir una hambruna, el Estado de Israel, con la complacencia internacional, intensifica las medidas que hacen imposible cualquier atisbo de normalidad en la vida de los palestinos.