El pasado martes 17 de febrero, lo que debía ser una simple interpelación policial en Châteauroux (Indre, Centro-Valle de Loira) se convirtió en un enfrentamiento armado de seis horas. Serge Laplanche, un hombre de 78 años, se atrincheró en su domicilio del barrio Beaulieu y lanzó al menos cuatro granadas contra los agentes que acudieron a detenerlo por un presunto delito de daños. Según informa el diario La Nouvelle République, el fiscal David Marcat calificó el hallazgo posterior en su vivienda como un "verdadero arsenal": en el pequeño apartamento y en la cueva del edificio los agentes encontraron un subfusil Sten, una veintena de armas de fuego —la mayoría cargadas—, armas largas, miles de municiones y varios pares de prismáticos.

El perfil del tirador ha añadido una dimensión política al suceso. Según revela el mismo medio, Laplanche es un militante histórico del Rassemblement National (RN) en la región, asiduo a los actos locales del partido fascista. Algunos vecinos del barrio lo describen como un hombre "más bien tranquilo". El fiscal, en cambio, habla de un perfil "muy preocupante" que podía "pasar a la acción en cualquier momento". Ningún dirigente del RN se ha pronunciado hasta el momento sobre el caso, a pesar de que el partido suele reivindicar "mano dura contra la inseguridad" y la tenencia ilegal de armas.

Las autoridades no han precisado el origen del armamento ni si Laplanche contaba con antecedentes por pertenencia a grupos paramilitares fascistas. La intervención policial movilizó un amplio dispositivo que mantuvo el perímetro acordonado durante cerca de seis horas, mientras el septuagenario disparaba contra los agentes desde su ventana. Finalmente pudo ser reducido sin que se hayan reportado heridos entre las fuerzas policiales, aunque el suceso ha sembrado la incredulidad entre los residentes de "un barrio tranquilo de gente tranquila".

El episodio evidencia el doble rasero con el que la extrema derecha y los medios de comunicación abordan la violencia en función de quién la ejerce, al tiempo que desafía el imaginario reaccionario sobre el origen de "la violencia armada": una vez más, no era una "banda de jóvenes inmigrantes de un un barrio periférico" que quien contaba con un peligroso arsenal listo para ser usado y lo usó efectivamente, sino un jubilado "tranquilo" residente de un barrio de clase media de una pequeña ciudad del interior del país.

Mientras varios sectores políticos y mediáticos claman "contra la inseguridad y los delincuentes", esta vez sus voceros no se han escandalizado ni se han apresurado a condenar unos hechos que rompen el marco narrativo reaccionario. Tampoco ha salido ningún político profesional a desmarcarse del militante fascista que acumulaba un arsenal de guerra en su piso. Estas omisiones contribuyen, de hecho, a cultivar la normalización de discursos de odio y un imaginario colectivo que justifica la violencia fascista, que encuentra en casos como este su reflejo más extremo. Además, esta vez los proyectiles no iban dirigidos contra colectivos vulnerables, sino incluso contra las propias fuerzas del orden a las que tanto dicen defender los fascistas.