La OTAN organizó en mayo de 2025 el ejercicio militar Hedgehog 25 en Estonia, una maniobra que, según su página oficial, buscaba "demostrar el rápido despliegue de tropas aliadas en territorio estonio y su integración con unidades locales". Allí participaron unos 16.000 soldados de once países, entre ellos Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y Francia. El escenario planteaba un enfrentamiento simulado contra un pequeño batallón ucraniano, pero con una diferencia sustancial: los ucranianos disponían de drones y un software de gestión de batalla llamado Delta, que utiliza inteligencia artificial para procesar información y planificar ataques en fracciones de segundo.

El resultado, publicado por el periodista Kieran Kelly en el diario británico Telegraph y recogido por The Wall Street Journal, fue una derrota sin paliativos para las fuerzas de la Alianza. En dos horas, un destacamento de apenas diez soldados ucranianos lanzó 30 ataques con drones que aniquilaron a la brigada británica entera y destruyeron 17 vehículos blindados. La única declaración que los periodistas pudieron arrancar a un comandante de la OTAN que permaneció en el anonimato fue la siguiente: "We are fucked" (estamos jodidos).

La clave del éxito ucraniano no residía en ninguna tecnología militar sofisticada. Los drones empleados eran modelos comerciales modificados con accesorios impresos en 3D. Estos dispositivos, producidos mayoritariamente en China, se pueden adquirir en plataformas como Temu a precios muy baratos. Combinados con el software Delta, demostraron ser infinitamente más eficaces y eficientes que el costoso armamento de las fuerzas regulares de la OTAN. La lección es demoledora: la guerra moderna ya no la ganan necesariamente los ejércitos mejor financiados, sino aquellos que integran tecnología de bajo costo con inteligencia artificial.

El simulacro expone la vulnerabilidad de unas fuerzas armadas occidentales diseñadas para conflictos de finales del siglo XX y principios del siglo XXI, con enormes inversiones en caros sistemas de armas que resultan ineficaces frente a enjambres de drones comerciales que se producen en masa y a bajo coste. Mientras la industria militar occidental sigue facturando miles de millones con sus sofisticados prototipos, el campo de pruebas de Ucrania demuestra sobre el terreno —y ahora en ejercicios de la OTAN— que la guerra contemporánea se libra con innovación, adaptación y tecnología accesible. Los generales europeos, formados en doctrinas obsoletas, empiezan a comprender que sus ejércitos, como confesó aquel comandante, "están jodidos".