Hace seis años, apenas tres días después de que se decretara el confinamiento en todo el Estado español como medida frente a la expansión del covid-19, GKS publicaba una extensa lectura de la situación. En un video [i] de unos 10 minutos, en tono solemne y decorado austero, dos portavoces de la organización explicaban que aquello se trataba del inicio de una gran ofensiva por parte de la burguesía. Decían, que el “estado de alarma” no era un concepto neutral, sino profundamente político. Afirmábamos, ya entonces, que este evento venía a acelerar unos procesos estructurales cuyos primeros indicios ya estábamos percibiendo: la crisis global capitalista, acompañada de la decadencia de Europa como bloque imperialista, habrían de venir acompañadas de una ofensiva política y económica de la burguesía, produciendo un proceso de proletariación cada vez mayor, y una creciente reducción de los derechos políticos en los estados occidentales. La gestión burguesa de la pandemia era un catalizador –desgraciadamente, no el único–.

La primera manifestación de GKS congregó a miles de jóvenes bajo el nada demagógico lema de Burgesiaren zuzeneko diktadura gelditu!  [ii](Paremos la dictadura directa de la burguesía). Aquella manifestación demostró que el Movimiento Socialista, gestado durante los anteriores años, tenía músculo militante y posibilidad de ser un agente político. Sin embargo, todavía no era demasiado obvio que sus análisis y sus posicionamientos tuvieran fundamento de verdad, ni tampoco posibilidad de extenderse entre las masas. Cabe recordar cuál era el estado de la izquierda en aquellos momentos y en qué grado lo que GKS decía podía percibirse o no: mientras nosotros hablábamos del creciente autoritarismo de los estados, la izquierda, en shock, se plegó a todos los designios de la oligarquía. Bajo la premisa de la emergencia sanitaria, tragó, una a una, todas las medidas autoritarias. Es más, a nivel estratégico la izquierda aún se encontraba, política y emocionalmente, en el período del Estado de Bienestar y la posibilidad real de las políticas redistributivas. Si tiramos un poco de hemeroteca, veremos cómo hablaban de “la vuelta del Estado de Bienestar” o cómo su principal conclusión tras lo ocurrido en la pandemia era que necesitábamos “más Estado”. Para nosotros, el estado volvía, sí, pero en su forma policial. Sin embargo, a nivel social aún era algo poco perceptible – en parte, porque todavía afectaba más claramente a las capas más proletarizadas y en parte, también, porque toda la izquierda decidió obviar éste fenómeno y por lo tanto, no se creó una preocupación social–. Recuerdo cómo los pocos ejemplos que teníamos para ilustrar lo que decíamos eran unas intervenciones policiales en Euskal Herria contra algunos botellones [iii]. Muchos nos llamaron exagerados.

Un año después –hace 4 años– GKS celebraba en Altsasu su Topagune Sozialista [iv], y recuerdo vivamente la charla de uno de nuestros compañeros. Nos habló de la crisis política e institucional, de la crisis de representatividad; algo que ya sabíamos y ya percibíamos. Pero entonces, explicó también la crisis bélica y la inevitable aparición de guerras imperialistas. Era un año antes de la guerra en Ucrania y dos antes del genocidio en Gaza. Creo que todos comprendimos, a un nivel racional, lo que quería decir –la crisis global capitalista conduciría inevitablemente al aumento de las tensiones imperialistas y éstas a la guerra de rapiña– pero de ninguna manera éramos conscientes de lo rápido que los acontecimientos se iban a suceder. En los años siguientes, el genocidio, las políticas de rearme, las intervenciones militares directas y los discursos fascistas desvergonzados eran ya parte de nuestra realidad política. Los procesos que bosquejábamos en 2020 se precipitaron en tan solo cinco años.

La izquierda, mientras tanto, hablaba de la “Europa de los pueblos”, y ni a nivel político, ni a nivel parlamentario, ni a nivel movilizatorio consideró que la oposición a las políticas de rearme fuera una prioridad. Es más, la gran mayoría de la izquierda con relevancia social, compró el discurso securitario y pasó por el aro de la “soberanía europea”. Para GKS sí era prioritario, y convocó otra manifestación  que movilizó a miles de jóvenes “Contra la guerra y el fascismo” [v]. Se nos dijo que éramos unos exagerados, que le llamábamos a todo fascismo, y que no tenía ningún mérito hacer una movilización en Euskal Herria contra el fascismo, porque ya había un “gen antifascista”. Entonces, Elon Musk levantó la zarpa, se extendieron los pogromos racistas en toda Europa y en Euskal Herria los discursos reaccionarios empezaban a impregnar amplias capas de la sociedad. La izquierda parlamentaria llevaba dos elecciones hablando de “antifascismo” sin que ello tuviera ninguna consecuencia ni en su política de alianzas ni en su propuesta estratégica. Mientras, miles de jóvenes se reunían en el Topagune Sozialista de Altsasu  [vi] y, agolpados en una enorme carpa que apenas cubría a un tercio de los asistentes, miles de militantes escuchaban atentamente las consignas que desde la organización se lanzaban: la tarea de GKS era organizar la primera línea de lucha contra el fascismo. Éste era ya una realidad, y a la vista de los acontecimientos, sólo una fuerza de choque comunista habría de plantar cara al proyecto de la oligarquía. Creo que, cuando escuchamos esto, muchos de nosotros sentimos un escalofrío recorrer nuestra espina dorsal; esa sensación que combina determinación y miedo ante la tarea que, antes de haber si quiera reflexionado, sabes que estarás llamado a aceptar.

La hemeroteca deja algo muy claro: GKS ha tenido en sus análisis y en sus posicionamientos de coyuntura una capacidad de previsión y una visión de conjunto difíciles de encontrar en organizaciones tan jóvenes y con tan corta vida. No se trata de la clarividencia o de la excepcionalidad de sus cuadros políticos –que también– sino de sus bases teóricas y estratégicas. Si hubiera algún mérito que conceder, éste le corresponde única y exclusivamente al marxismo. El marxismo es la herramienta que nos ha permitido ver y entender la realidad capitalista en su complejidad, con sus contradicciones y sus contratendencias. La izquierda parlamentaria ha dejado de utilizar el marxismo para entender el mundo, y en consecuencia, mira a la realidad desde un marco construido en una excepcionalidad histórica; una excepción temporal y geográfica. La posibilidad de un horizonte redistributivo sin necesidad de ruptura revolucionaria, pudo tener algo de sentido en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial y en el centro imperialista. Pero sus premisas –la acumulación capitalista y la existencia de un bloque geopolítico de contrapoder como era la URSS– ya no existen. Lo que hace la izquierda socialdemócrata es mantener este marco estratégico impotente, mientras, ante la aplastante evidencia de los hechos, va incorporando a su discurso elementos parciales y desconectados. Como si de modas se tratara, cuando todo el mundo habla ya del fascismo o de la guerra imperialista, ellos hablan de eso. Pero el tiempo pasa, y la distancia entre su horizonte redistributivo y una realidad cada vez más brutalizada crece, por lo que, inevitablemente, sus posiciones estratégicas se desplazan a su único rincón de posibilidad: refugiarse en el nacionalismo y obviar el imperialismo.

Las terceras vías no existen. No es tiempo de moderaciones, es momento de oponer los únicos dos modelos que pueden enfrentarse mutuamente: o el proyecto de barbarie de la oligarquía, o el proyecto de igualdad universal del comunismo. La oligarquía está financiando y promocionando los movimientos fascistas en todo el mundo, como punta de lanza para la aplicación de su modelo de estado autoritario. La oposición a este proyecto debe articularse a todos los niveles: oposición a los movimientos fascistas, combatirlos en la calle y no dejar que adquieran carta de normalidad; oposición al proyecto de estado autoritario, vengan de donde vengan este tipo de reformas; oposición a la reacción cultural, creando una nueva moda antifascista entre la juventud trabajadora. La manifestación de GKS para este sábado, sin duda, contribuye en esta dirección. En primer lugar, porque la imagen de miles de jóvenes antifascistas en las calles de Euskal Herria lanza un mensaje claro a los movimientos fascistas que pretenden asomar la patita. Es una lucha por el control de las calles y la moral general, y la vamos a ganar. Vamos a demostrar que las redes sociales son una cámara de eco reaccionaria y que en las calles lo van a tener muy difícil. En segundo lugar, vamos a demostrar que el comunismo puede ser una potencia de masas; no es un proyecto marginal sino un proyecto que puede responder a las necesidades e inquietudes de la mayoría trabajadora. Es una evidencia que, en ausencia de un partido internacional de la clase trabajadora, la historia avanza por los cauces más inhumanos. Y, en tercer lugar, esta manifestación no sólo sirve como resultado sino como proceso de trabajo: durante varias semanas GKS ha estado en contacto con miles de jóvenes, debatiendo, organizando, haciendo agitación. Y creo que es bastante palpable que se está consiguiendo levantar una moda antifascista entre la juventud que va a servir como muro de contención. Contra el fascismo y contra el autoritarismo de los estados, este sábado nos vemos en Iruñea y en Bilbao.


[i] https://www.youtube.com/watch?v=XdtJm6SHzLU

[ii] https://www.youtube.com/watch?v=EWb3JvBejCg

[iii] https://www.youtube.com/watch?v=IF4CNxNug6Q

[iv] https://www.youtube.com/watch?v=8WjonhD9Cs8

[v] https://www.youtube.com/watch?v=9GuBAPVAy_U

[vi] https://www.youtube.com/watch?v=gSO4txUsckA