Los talibanes atacan Pakistán y aseguran haber matado a 55 soldados
Kabul da por "terminada" su operación militar, mientras Islamabad asegura haber repelido el ataque y destruido dos puestos de control afganos.
El Gobierno de los talibanes en Afganistán anunció este jueves el inicio de "operaciones ofensivas a gran escala" contra posiciones militares de Pakistán, en respuesta a los bombardeos aéreos que denunció la semana pasada en la provincia oriental de Nangarhar y que, según las autoridades de Kabul, impactaron en zonas residenciales causando la muerte de casi una veintena de civiles. Pasada la medianoche, el Ministerio de Defensa afgano dio por terminada la ofensiva y aseguró en un comunicado que "un total de 55 soldados paquistaníes murieron, y dos bases y 19 puestos fueron capturados durante las operaciones a lo largo de la Línea Durand". El portavoz de los talibanes, Zabihullah Mujahid, confirmó a través de su cuenta en X los ataques coordinados y la captura de varios soldados paquistaníes vivos, según la información recogida por EFE.
La operación militar, dirigida contra posiciones paquistaníes en las provincias de Paktika, Paktia, Khost, Nangarhar, Kunar y Nuristán, fue ejecutada por fuerzas de infantería y unidades fronterizas del Cuerpo 201 'Khalid bin Walid', cuyo portavoz, Waheedullah Mohammadi, declaró en un comunicado en vídeo que los combates se iniciaron "en represalia por los ataques aéreos llevados a cabo por las fuerzas paquistaníes en Nangarhar". Según el balance oficial talibán, ocho de sus miembros murieron y otros 11 resultaron heridos, mientras que 13 civiles afganos habrían sufrido lesiones en un ataque con cohetes contra un campamento de migrantes en la misma provincia. Los talibanes afirmaron además haber incautado "decenas de armas ligeras y pesadas, municiones y equipamiento militar", y haber destruido "un tanque y un vehículo de transporte militar paquistaní".
Por su parte, Pakistán confirmó la ofensiva pero aseguró haber repelido los ataques mediante una respuesta "inmediata y efectiva". En un breve comunicado, Islamabad señaló que "el régimen talibán calculó mal y abrió fuego no provocado en numerosos lugares" y que sus fuerzas están recibiendo "un castigo en los sectores de Chitral, Khyber, Mohmand, Kurram y Bajaur". Fuentes paquistaníes informaron a EFE de que sus tropas habían lanzado un "contraataque masivo" que supuestamente destruyó dos puestos de control afganos y forzó la retirada de las tropas talibanes. Islamabad defendió los bombardeos previos como un "ataque de precisión" que "logró abatir a cerca de un centenar de insurgentes del grupo Tehreek-e-Taliban Pakistan" (TTP), que utiliza suelo afgano para realizar ataques en territorio paquistaní, una versión que contradice la ofrecida por Kabul sobre las víctimas civiles.
Las escaramuzas se concentraron en la denominada Línea Durand, la frontera de facto que separa ambos países y que Afganistán nunca ha reconocido oficialmente, en una escalada que ha encendido las alarmas de sus vecinos. Mientras los talibanes aseguran "haber capturado 19 puestos enemigos y causado 55 bajas mortales", Pakistán sostiene que sus "ataques de precisión" habrían forzado la retirada afgana y destruido infraestructura militar.
Antiguos aliados enfrentados
La confrontación entre Pakistán y los talibanes hunde sus raíces en una contradicción histórica: Islamabad fue durante décadas el principal valedor de los talibanes afganos, a los que armó, financió y albergó desde finales de los años setenta en su guerra contra la República Democrática de Afganistán y la Unión Soviética, buscando destruir el Gobierno socialista y establecer un gobierno títere en Kabul que le proporcionara profundidad estratégica en su competencia regional con India, cuya extensión territorial es considerablemente mayor. Posteriormente, una vez caída la República Democrática de Afganistán, durante los veinte años de ocupación estadounidense, los servicios de inteligencia paquistaníes mantuvieron su respaldo a la insurgencia talibán, permitiendo que sus dirigentes y combatientes establecieran sus santuarios en ciudades fronterizas como Quetta (Baluchistán) y Peshawar (Jaiber Pastunjuá), mientras cientos de sus futuros combatientes se formaban en madrazas del país vecino.
Sin embargo, la vuelta al poder de los talibanes en 2021 no trajo la sumisión esperada por Islamabad, al contrario: el nuevo gobierno afgano se ha negado a reconocer la Línea Durand, la frontera colonial que divide a las comunidades pastunes, y ha rechazado combatir a sus aliados del TTP, con los que mantiene profundos lazos ideológico-tribales y les deja utilizar suelo afgano para atacar Pakistán. Como los talibanes se niegan a romper con sus aliados y recientemente se están acercando a India —con una visita del ministro de Exteriores afgano a Nueva Delhi—, ha terminado de dinamitar una alianza que Pakistán creía eterna y que ahora se ha vuelto contra él.
"El cementerio de imperios"
Los talibanes pueden permitirse este tipo de escaladas bélicas porque saben que, hoy por hoy, nadie se atreve a invadir Afganistán. Desde las traumáticas retiradas de los estadounidense en 2021 y los soviéticos en 1989, las potencias regionales y mundiales ha abandonado cualquier pretensión de intervención militar en el país. Las potencias occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, han pasado de intentar "estabilizar" Afganistán a simplemente contener los riesgos de desborde, para centradas en otras zonas geográficas. Por el momento, Rusia es el único país que ha reconocido formalmente al gobierno talibán , y aunque China mantiene intereses económicos en Pakistán a través del corredor CPEC, intervenir en la zona no entra dentro de sus planes. El control talibán sobre el territorio, aunque desigual y marcado por divisiones internas, se ha consolidado lo suficiente como para disuadir cualquier aventura exterior. Esta certeza otorga a los talibanes un margen de maniobra e incluso cierta osadía.
Pero esta invulnerabilidad no se debe a una supuesta invencibilidad mística de los afganos, sino a una combinación de factores geográficos, sociales y políticos que resultan letales en un contexto de confrontación militar. Geográficamente, Afganistán es un territorio de montañas escarpadas, desiertos y severos inviernos que hacen casi imposible mantener líneas de suministro y proyectar poder militar de manera sostenida. Las fuerzas extranjeras que entran en el país, acostumbradas a guerras convencionales, se encuentran con un terreno donde la movilidad se vuelve un infierno logístico y el conocimiento local se convierte en un arma decisiva, donde los talibanes llevan la ventaja. A nivel social, Afganistán es un mosaico de grupos tribales con lealtades fragmentadas y una profunda desconfianza hacia el poder central, lo que ha frustrado todos los intentos de construir estados estables bajo tutela extranjera
Los británicos en el siglo XIX, los soviéticos en los ochenta y los estadounidenses en las últimas dos décadas subestimaron la complejidad de unas estructuras tribales donde los señores de la guerra cambian de bando según el viento y donde cualquier fuerza extranjera acaba enfrentándose a una guerra de guerrillas interminable con unos costes que superan los beneficios. A ello se suma un factor geopolítico crucial: cuando una potencia ha intentado conquistar Afganistán, siempre ha habido otra dispuesta a financiar y armar a los grupos guerrilleros locales, como hizo Estados Unidos contra los soviéticos o Pakistán contra la coalición occidental.
La combinación de un terreno inexpugnable, una población fragmentada pero resistente, y la certeza de que cualquier intervención se convertirá en un sumidero de recursos sin fin, convierte a Afganistán en una trampa geopolítica de la que ninguna potencia ha logrado salir victoriosa. Los talibanes lo saben y actúan en consecuencia: después de ver cómo el ejército más poderoso del mundo se retiraba humillado en 2021, tienen la convicción de que el coste de volver a invadir el país es simplemente inasumible para cualquier gobierno, por muy poderoso que sea.