“Puede que EE.UU. quiera repetir el 'escenario venezolano' en Cuba”
Leyner Ortiz y Arantxa Tirado reflexionan sobre los desafíos que enfrenta Cuba ante el bloqueo energético y el intento de recolonización liderado por la administración Trump.
Leyner Ortiz Betancourt (Holguín, Cuba, 1995) es miembro del colectivo profesor de Teoría Política en la Universidad de La Habana y en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), donde actualmente realiza una investigación de maestría sobre el campesinado cubano. Además de su labor académica, participa en La Tizza, una revista digital que tiene como objetivo generar una plataforma de pensamiento para debatir el devenir del proyecto de la Revolución Cubana, su relación con las prácticas políticas del día y sus horizontes.
Arantxa Tirado Sánchez (Barcelona, Catalunya, 1978) es doctora en relaciones internacionales y estudios latinoamericanos en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), con una tesis sobre la política exterior de Venezuela durante el mandato de Hugo Chávez. Es autora de dos libros: Venezuela: más allá de mentiras y mitos (Akal, 2019) y El lawfare. Golpes de Estado en nombre de la ley (Akal, 2021). También es coautora de otras dos obras: La clase obrera no va al paraíso. Crónica de una desaparición forzada (Akal, 2017) y Desafío. El virus no es el único peligro (Akal, 2020). Participa habitualmente como colaboradora en medios de comunicación y programas televisivos.
La Tizza se define como una iniciativa para la socialización de la memoria histórica de las distintas experiencias revolucionarias en el mundo. ¿Cómo interpela hoy esa tradición a un pueblo que vive apagones, colapso del transporte y suspensión de actividades por falta de combustible, y su juventud en particular?
Leyner Ortiz Betancourt: Decía Marx que la tradición oprime el cerebro de los vivos como una pesadilla, o algo así. Cuba tiene una tradición de lucha muy intensa, que pesa mucho. No solo el Estado actual es resultado directo de esas luchas, sino que las posiciones críticas con ese mismo Estado también lo son. Hay una cultura política bastante crítica en Cuba, resultado de los propios avances y vacíos de la Revolución, que contrasta con un discurso oficialista que la mayor parte del tiempo es muy poco autocrítico.
Entonces, ante las mayorías hay una posición política muy complicada, porque por un lado existe un gran malestar con la gestión del gobierno, mientras que al mismo tiempo persiste un sentimiento patriótico bastante marcado, que no aceptaría una intervención estadounidense como una salida posible. Por supuesto que hay sectores anexionistas incluso, y no son pocos ni les falta el respaldo directo de los grupos de poder estadounidenses y cubano-americanos, pero no diría que su discurso violento y reaccionario captura para nada el sentimiento mayoritario.
Ante las mayorías aparece el Estado como única garantía de la soberanía, pero que ya no es capaz de sostener las que en Cuba se llaman conquistas de la Revolución —es decir, servicios básicos como la electricidad y el agua con un mínimo de calidad y a muy bajo precio, salud y educación gratuitas y accesibles para todos, seguridad ciudadana, un apoyo a la canasta alimenticia de todas las familias, etc.—, lo cual genera descontento contra ese mismo Estado. Digo que la historia de luchas pesa mucho sobre la cabeza de la gente porque a veces te impide ver nuevas formas de actuar y de hablar, precisamente cuando la crudeza de la situación exige inventar nuevas fórmulas para ampliar el repertorio de la participación política en Cuba.
Leyner Ortiz: "Digo que la historia de luchas pesa mucho sobre la cabeza de la gente porque a veces te impide ver nuevas formas de actuar y de hablar".
Pero sucede además que las dificultades de reproducir la vida diaria de la familia son tan grandes que queda muy poco espacio y tiempo para dedicarlo a la participación política. A muchos no les ha quedado más remedio que recluirse en sus redes de apoyo y familiares para garantizar un mínimo de bienestar a las personas más cercanas. En una vida tan precaria es muy difícil participar en la política o sostener en términos económicos los proyectos que surgen, así que muchos se mantienen por puro esfuerzo y voluntad, otros se articulan de una u otra forma con la solidaridad o la cooperación internacional, y no pocos se terminan vinculando a financiamientos provenientes de embajadas europeas o instituciones civiles que a su vez reciben dinero del gobierno estadounidense.
Es cierto que el Estado suele desconfiar de la mayoría de las iniciativas —bajo el supuesto de que todas pueden tener un vínculo potencial con el gobierno de los Estados Unidos, que es el enemigo histórico de la Revolución—, y esa desconfianza obra en contra de las iniciativas que puedan surgir. De todas formas, nunca como ahora ha existido tanto margen para el disenso político en Cuba, incluso las protestas populares que ocupan las calles y enarbolan consignas muchas veces contrarrevolucionarias se han vuelto bastante recurrentes, algo que antes del 2020 era muy raro que sucediera. Y como se puede ver también en los cientos de videos que atestiguan esa forma de participación política, la posición de las autoridades siempre es favorable al diálogo, en tanto que las medidas coercitivas son siempre un segundo recurso y se realizan con mucho respeto a la dignidad de las personas —porque son cuerpos represivos con una formación y valores humanistas—.
En ese contexto no dejan de surgir, persistir o desaparecer disímiles proyectos desde la sociedad civil cubana, usualmente de pequeño tamaño, pero con un amplio diapasón de posiciones políticas y formas de vinculación con la sociedad, sea en el ámbito comunitario o en el de la crítica social. Por tanto, yo diría que, bajo otras modalidades, esa larga tradición de luchas sigue interpelando al pueblo cubano, sigue modulando sus criterios de lo que es justo o injusto, de lo que es un abuso —como el caso del bloqueo— o de lo que es legítimo —como el caso de las protestas pacíficas—, sin por ello autopercibirse, necesariamente, como continuadores de la Revolución. Como diría Marx, no lo saben, pero lo hacen.
Desde la óptica de la política exterior de Trump, ¿qué explica que Cuba sea priorizada como objetivo de esta escalada energética en un momento de crisis interna en EE.UU?
Arantxa Tirado: El crescendo en el ataque a Cuba, expresado por Donald Trump en las últimas semanas con reiteradas declaraciones sobre la “debilidad” del país, la “voluntad negociadora” de su dirigencia o sus provocaciones diciendo que puede “tomar a Cuba y hacer lo que quiera” son el colofón a décadas de agresiones contra la isla por parte de las distintas administraciones estadounidenses.
La ofensiva se ha dado prácticamente desde el día después del triunfo de la Revolución Cubana en 1959, pero se acrecentó tras la Ley 980 de agosto de 1960 con la que Cuba nacionalizó buena parte de las empresas estadounidenses. Se pudiera pensar que defender los intereses de las empresas estadounidenses que fueron recuperadas por Cuba pudiera estar detrás del objetivo de esta escalada, pero EE.UU. ya dispone de mecanismos para ejercer dicha defensa, como la Ley Helms-Burton, aprobada en 1996 por el Congreso. Una ley extraterritorial que en su título III permite que los supuestos propietarios de esas empresas confiscadas pueden demandar compensaciones en tribunales estadounidenses a empresas de terceros países que hagan negocio con Cuba beneficiándose de esa expropiación. Este mecanismo que habilita el título III estaba limitado por una suspensión que sólo permitía que se usara en determinadas propiedades de una lista elaborada unilateralmente por EE.UU. Hay que recordar que Trump lo activó por completo en su primer mandato, allá por mayo de 2019, demostrando que la política de “máxima presión” contra Cuba no viene de ahora, ni se debe exclusivamente a la presencia de Marco Rubio en esta segunda administración pues ya en la primera Trump se había rodeado de otros connotados representantes del lobby anticastrista, como Mauricio Claver-Carone.
Ahora bien, el escenario actual es distinto porque no se trata solo recuperar un mercado perdido, ni unos supuestos derechos de propiedad pasados que se tratan de reclamar hoy, sino de ampliar mercado, quizás pensando en regresar a Cuba al antiguo papel de casino y burdel estadounidense que tuvo previo a la Revolución, muy en consonancia con la propuesta de Trump de convertir Gaza en un resort atractivo para la inversión inmobiliaria, sector de negocio en el que él y su familia participan. Una Cuba como lugar de vacaciones para los estadounidenses, pero con las propiedades, los negocios y los sectores estratégicos de la economía bajo control de EE.UU. y de las “grandes” familias del exilio anticastrista de Miami. También están los intereses de las empresas estadounidenses de sectores agroalimentarios, biotecnológicos o sanitarios que quisieran poder negociar abiertamente con Cuba, pero esos sectores apostaban más por el levantamiento del bloqueo, presionando al Congreso para lograr la normalización de relaciones que se inició bajo el mandato Obama, pero sin sumarse necesariamente a una agenda de cambio de régimen violento.
Arantxa Tirado: "La voluntad de recuperar el control neocolonial de Cuba responde a intereses que pasan por lo geoestratégico, por su ubicación como llave en la Cuenca del Caribe pero, sobre todo, por lo simbólico, que tiene un peso incluso mayor que todo lo anterior".
Cuba, a diferencia de Venezuela, no es un país que tenga unas riquezas petroleras descomunales ni una importancia significativa en el mercado de los minerales. Por tanto, la voluntad de recuperar el control neocolonial de Cuba responde a intereses que pasan por lo geoestratégico, por su ubicación como llave en la Cuenca del Caribe pero, sobre todo, por lo simbólico que, me atrevería a decir, tiene un peso incluso mayor que todo lo anterior. Acabar con la Revolución cubana ha sido uno de los propósitos principales de la política exterior de EE.UU. en América Latina y el Caribe, igual que lo ha sido acabar con el socialismo o con cualquier desafío a sus intereses geopolíticos en el mundo. Para EE.UU. no solo es intolerable la existencia de una isla socialista a pocas millas de sus costas.
La proyección de la Revolución Cubana, además, como motor de transformación de la región y más allá, apoyando movimientos políticos, luchas insurgentes y guerras abiertas como la que libró contra el apartheid sudafricano en África, ha desquiciado a EE.UU. Y en la lista destacada de cosas que molestan a EE.UU. está la alianza estratégica Cuba-Venezuela que se estableció tras la llegada de Hugo Chávez al poder, y que provocó un cambio en el mapa geopolítico latinoamericano-caribeño revitalizando el proyecto revolucionario cubano con un nuevo y estrecho aliado político. Poner fin a décadas de socialismo, arrodillando a su dirigencia y provocando su claudicación es un sueño para Marco Rubio, para el lobby anticastrista y para la proyección hegemónica del capitalismo estadounidense sobre el hemisferio occidental.
Por las declaraciones y por el reciente modus operandi de EE.UU. en Venezuela se infiere que EE.UU. está viendo su “oportunidad de oro” para aprovecharse de una debilidad de fuerzas cubana, inducida en buena medida por los impactos del bloqueo, la crisis energética, los coletazos del COVID en el turismo, el ataque al sistema de cooperación médica cubana que era fuente de divisas y, sobre todo, por el corte del suministro de petróleo al romper el eje La Habana-Caracas, tras el secuestro al presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores. El nuevo orden en Venezuela ha supuesto el quiebre de la cooperación estratégica entre Cuba y Venezuela en numerosas áreas económicas y políticas. Esto ha sido una puntilla para Cuba.
Pero apostar por repetir el libreto venezolano en Cuba puede que no le dé los mismos resultados a EE.UU., igual que no se los ha dado en Irán. De hecho, no puede descartarse que el aumento de la presión hacia Cuba y la aceleración de acontecimientos se explique por el fracaso estrepitoso que EE.UU. e Israel están intuyendo en su guerra contra Irán. Ante una ofensiva iniciada sin una estrategia clara, que puede convertirse en una guerra prolongada que profundice el declive hegemónico estadounidense y debilite su economía, obtener una victoria simbólica cobrándose una pieza anhelada durante décadas, la Revolución Cubana, podría ser presentado por Trump como un éxito y tratar de rentabilizarlo en las elecciones de midterm de noviembre.
Para un público no cubano que a menudo oye desde Washington o Miami que el “bloqueo es un mito” o una “excusa del régimen”, ¿puedes explicar qué es exactamente el bloqueo y cuáles son sus efectos concretos en la vida cotidiana?
L: El bloqueo es una política de guerra, es como cuando en los tiempos medievales se sitiaba una ciudad hasta su rendición; es el mismo concepto. En Cuba siempre se ha hecho hincapié en llamarlo por ese nombre, porque en Estados Unidos lo llaman embargo y a los que lo hemos sufrido esa palabra nos suena a eufemismo.
Mientras existió la Unión Soviética y el Tercer Mundo era un hervidero de revoluciones de liberación nacional, Cuba no padeció tanto los efectos del bloqueo. Pero luego del derrumbe soviético la historia ha sido otra y ahora mismo se está viviendo un momento de asfixia total.
Viene siendo como apretar una tuerca poco a poco, pues la primera administración de Trump no solo desmontó los avances que se habían alcanzado con Obama, sino que recrudeció el bloqueo más que antes, al tiempo que reforzaba sus presiones sobre Venezuela. Eso ha llegado a los niveles de agresividad que vivimos desde el 3 de enero, que forman parte de una estrategia de reforzamiento del bloque hegemónico de Estados Unidos, en un momento más favorable por el auge del neofascismo en buena parte del mundo.
Hace poco el gobierno cubano ha reconocido que hace tres meses no entra un buque de petróleo al país, algo impensable para la mayor parte de las economías de este mundo tan globalizado. El efecto es aún más dramático porque Cuba fue un país colonizado y saqueado por demasiados años, es decir, no solo carecemos de recursos económicamente relevantes, sino que somos un país subdesarrollado, con una estructura económica dependiente, muy vulnerable a lo que suceda en el mercado mundial.
El bloqueo impide que Cuba concurra a dicho mercado mundial en igualdad de condiciones que el resto de países subdesarrollados, por eso el bloqueo viola incluso la ideología de la libre competencia y del libre mercado. Y es además un instrumento selectivo en términos de clase, porque Estados Unidos hace excepciones al bloqueo cuando los importadores son de la clase capitalista cubana emergente, aunque al final a ellos también les afecta el bloqueo. Lo cierto es que quien más lo sufre es el pueblo cubano, que está viviendo ahora mismo la peor crisis desde los años noventa.
¿En qué se diferencia esta fase de asfixia petrolera —incluido el bloqueo naval “efectivo” y la intercepción de petroleros por la Guardia Costera— de las etapas anteriores del embargo y de episodios como la crisis de los misiles de 1962?
A: Tanto el contexto geopolítico como las fuerzas internas de la Revolución Cubana son distintas. El bloqueo económico tuvo un impacto mucho menor durante los años en que Cuba comerciaba, en condiciones ventajosas, con la Unión Soviética y existía, además, un contrapeso geopolítico al imperialismo estadounidense en el marco de la Guerra Fría, como demostró la crisis de los misiles de 1962. Ahora Cuba arrastra una situación de debilidad interna que tiene que ver con no haberse recuperado del todo de los estragos del Período especial, cuando Cuba vio caer su PIB un 35%, sus intercambios comerciales externos descendieron casi un 80% y su producción industrial en un 60% (datos recogidos por el economista Rémy Herrera en su libro Una historia popular de Cuba). Mientras existió la URSS, Cuba gozó de estándares de vida prósperos, máxime comparándolos con su entorno, y pudo sortear el bloqueo impuesto por EE.UU. negociando con el bloque soviético. No superó su modelo primario-exportador ni las relaciones de dependencia económica pero sí logró mayores cuotas de autonomía, soberanía y desarrollo.
Tras la desaparición del campo socialista, la difícil situación económica llevó a cambios en la economía cubana, a apertura a la inversión extranjera en determinados sectores, como el turismo. Una inversión que, a pesar de estar controlada por el Estado cubano, conllevó el inicio de una brecha de desigualdad social que perdura hasta hoy y que se ha incrementado en los últimos años. A esto hay que sumar problemas de gestión política, de un modelo económico muy dependiente en lo energético de fuentes externas, que se ve impactado fuertemente por la imposibilidad de llegada del crudo venezolano y, por supuesto, a un escenario geopolítico en el que Cuba es prácticamente el único proyecto de desarrollo socialista de América Latina y el Caribe… y hasta del mundo. Este contexto, además, de un orden internacional donde EE.UU. puede imponer su acción saltándose las normas y la legalidad internacional —como tiene por costumbre— sin que ninguna potencia, como la Federación de Rusia, país propietario de alguna de la flota secuestrada en aguas del Caribe, o superpotencia como China, le respondan por la vía de la fuerza bruta, vemos que la impunidad campa a sus anchas y el sentimiento de impotencia también.
Arantxa Tirado: "La impunidad campa a sus anchas y el sentimiento de impotencia también".
La inacción de los distintos gobiernos ante el grave precedente que ha dejado el caso venezolano, no sólo por el asesinato de decenas de personas para el secuestro de un jefe de Estado, sino por el preludio de ejecuciones extrajudiciales impunes en el Caribe y el Pacífico que han pasado sin ningún tipo de respuesta legal, o de repercusión efectiva para EE.UU., deja un panorama que invita a que EE.UU. siga en su ofensiva bélica mundial. De ahí meterse en Irán, ahora tal vez Cuba y la lista de países atacados puede seguir sumando.
No es que sorprendan los crímenes, agresiones, invasiones o irrespeto a la legalidad internacional por parte de EE.UU. Lo que el mundo ve ahora con asombro e indignación es la desfachatez en la imposición a cara descubierta de unos intereses que ya no se disimulan y que se defienden incluso con la burla, la humillación o el escarnio público de los contrincantes políticos —o incluso supuestos aliados, como es el caso de la Unión Europea— sin que haya ningún freno o contrapeso visible. Por eso es tan importante la respuesta heroica de Irán y su liderazgo como eje de la resistencia regional y, pudiéramos decir, global. Pero esta respuesta responde a una defensa por su supervivencia en un contexto regional, no a una posición de disputa por el poder hegemónico en el sistema internacional, como era el caso de la URSS frente a EE.UU. en la Guerra Fría.
¿Cómo dialoga el discurso de “resistencia creativa” con el malestar cotidiano?
L: A menudo bromeo con mis familiares en Cuba, les pregunto si ya activaron el modo resistencia creativa; es nuestra manera de descompresionar, de bromear con el drama de la vida diaria. Porque el discurso de la resistencia creativa es muy impopular y a mucha gente le suena a vacío. Lo que sucede es que, en la práctica, la gente sí resiste y sí es creativa ante las dificultades, pero eso es algo cultural, propio de una sociedad que ha vivido en condiciones de subdesarrollo y de más o menos pobreza casi desde su nacimiento.
Entonces ese discurso efectivamente suena como una exigencia o una desconexión con la dura realidad; es decir que lejos de dialogar con el malestar cotidiano, ese discurso lo alimenta. Además, el discurso da la impresión a veces de que es una resistencia por la resistencia, no parece existir una alternativa realista, una perspectiva estratégica para salir del atolladero en que nos encontramos, y esa falta de perspectiva a largo plazo obra en contra de las esperanzas de la gente. Cuando se está en un túnel oscuro no es lo mismo tener una luz al final del túnel que ver solo oscuridad.
Lo que sucede también es que el pueblo suele focalizar las respuestas solo en manos del gobierno. Eso forma parte de una tradición centralista instaurada desde el 59, que en su momento tenía todo el sentido, pero ya no. Aunque la gente reconoce la pérdida de competencias del gobierno, sigue esperando que sea él quien resuelva las mayores dificultades.
Ahí es donde tenemos que empezar a dar un giro, a pensar que quizás es al pueblo a quien le corresponde asumir el protagonismo en la resolución de esos problemas, es decir, arrastrar consigo al Estado para fortalecerlo y renovarlo en un sentido revolucionario. La dureza de esta crisis está instaurando fuertes tendencias capitalistas, pero también está demostrando que, con muchísimas dificultades y con escaso apoyo del gobierno, las familias y pequeñas comunidades cubanas están logrando resistir y trazarse un destino propio.
Sin ningún ánimo de romantizar lo que es en realidad una situación terrible, la crisis también está siendo una escuela de autogestión, lo que sin duda será un aprendizaje fundamental para superar la actual situación. El pueblo es la verdadera luz al final del túnel.
¿Qué nos dice esta ambivalencia sobre los límites de los gobiernos progresistas latinoamericanos para desafiar la hegemonía estadounidense?
A: Por un lado, en el plano de la política doméstica, nos habla de su debilidad real frente a un sistema capitalista que está articulado globalmente con representantes de las clases dominantes de cada uno de los países que, a pesar de no gobernar formalmente desde las instituciones, siguen determinando la agenda de posibilidad de los gobiernos. Y esas clases capitalistas nacionales tienen sus propios intereses vinculados, frecuentemente, a alianzas, en lógica subordinada pero alianzas al fin, con el capitalismo hegemónico estadounidense. Ejercen, por tanto, su presión a la hora de condicionar la agenda política, a través de los mecanismos de los que disponen: chantaje económico, obstrucción legislativa, boicot político o amenazas directas que se pueden desplegar con la ayuda del poder judicial o directamente con las Fuerzas Armadas de tu propio país. Pienso en el caso de Colombia o Chile, pero podría poner otros ejemplos.
Al final, atreverse a posicionarse dando apoyo a Cuba, incluso retórico, puede tener un costo, no sólo electoral, para algunos de estos liderazgos. En semanas recientes, además, hemos visto como México, que es una excepción porque ha tenido desde tiempos del PRI una relación muy estrecha con la Revolución Cubana (no exenta de sombras, como era la triangulación de información sensible para Cuba a EE.UU., a la vez que apoyaba visiblemente a Cuba en lo bilateral y en los organismos multilaterales), no ha podido siquiera romper el bloqueo naval al envío de petróleo. Tiene que jugar en un equilibrio delicado entre los principios que rigen su política exterior; la afinidad ideológica del Gobierno de Claudia Sheinbaum y del ex presidente López Obrador, que ha lanzado personalmente en días recientes una campaña de apoyo económico a Cuba; con el mandato de la realpolitik de una economía que depende en buena medida del intercambio comercial con EE.UU. vía TMEC y que tiene unos acuerdos de cooperación en materia de seguridad que también condicionan sus márgenes de maniobra soberanos, además del hecho insoslayable de tener enfrente a una superpotencia dirigida por unos señores que desde antes de asumir su segundo mandato dejaron claro que podían meter al Gobierno de México en la lista de países promotores del terrorismo si no colaboraba en su manera de combatir a los cárteles de la droga. Aun así, ahora mismo el Gobierno de Sheinbaum ha demostrado mayor margen de maniobra, incluso en lo meramente enunciativo, que el que demuestra tener el nuevo gobierno encargado en Venezuela en su política exterior hacia países que, hasta hace nada, eran estrechos aliados estratégicos, como Cuba o Irán.
Arantxa Tirado: "Haría falta la construcción de un bloque de poder contrahegemónico que pudiera disputar a EE.UU. el poder en el sistema internacional, también en el ámbito militar".
Poniendo la mirada en perspectiva global, la incapacidad de responder de manera efectiva a la hegemonía estadounidense nos muestra que, al final, las relaciones internacionales se rigen por la capacidad de los Estados de ejercer su poder. Y el poder, desgraciadamente, se sigue midiendo, todavía más en estos tiempos, por tu capacidad bélica. En esta fase del capitalismo en la que EE.UU. pugna con otras potencias por hacerse con recursos energéticos, minerales críticos, mercados, rutas comerciales o avances tecnológicos que le ayuden a reforzar su posición en su competición estratégica frente a China, la idea liberal de negociar, hacer tratados comerciales o acuerdos institucionales para evitar el conflicto parece caducada.
Esto no quiere decir que detrás de esa idea no hubiera relaciones de coerción y fuerza para imponerte en mercados frente a otros competidores, pero ahora es todo mucho más descarnado porque, entre otras cosas, hay en el horizonte una finitud de recursos, la presión de una transición energética y la conciencia, más o menos explícita, de que hay un colapso medioambiental que ciertos sectores del capitalismo lo están interpretando como un “sálvese quien pueda”; muy en la lógica del capitalismo de pensar a corto plazo y maximizar los beneficios inmediatos frente a la posibilidad de planificación poniendo la sostenibilidad de las decisiones, o el bien colectivo, en el centro.
Haría falta la construcción de un bloque de poder contrahegemónico que pudiera disputar a EE.UU. el poder en el sistema internacional, también en el ámbito militar, pero dentro de los países que integran el Sur Global vemos gobiernos heterogéneos, con intereses nacionales a veces en choque incluso en los organismos multilaterales donde supuestamente comparten agenda, y con una ausencia de voluntad colectiva y de propuesta alternativa de otro modelo de relaciones económicas, políticas y sociales que pase por superar el capitalismo. China, que podría liderar ese bloque contrahegemónico de poder con su propuesta de socialismo a la china, no parece interesado en entrar en una confrontación abierta con EE.UU., al menos por el momento.
¿Cómo se percibe desde Cuba la ofensiva contra las brigadas de médicos, uno de los principales capitales simbólicos de la Revolución?
L: Desde la primera administración de Trump hay una campaña de descrédito hacia los médicos cubanos. Eso no cae del aire: los Estados Unidos saben que la exportación de servicios profesionales, sobre todo médicos, ha sido una de las principales fuentes de obtención de divisas del Estado cubano desde inicios de este siglo. Entonces es una campaña de descrédito montada para legitimar una posición contraria a todo vínculo con el gobierno cubano.
Durante el auge de los gobiernos progresistas, los profesionales cubanos fueron muchas veces la cara visible de las nuevas políticas de bienestar social, en las campañas de alfabetización, en las clínicas médicas que se comenzaron a fundar en los cerros o en las más alejadas zonas rurales. Es decir, que se trataba de un oficio profundamente humano y ese es un mérito que no se le puede quitar a los miles de profesionales cubanos que han cumplido ese tipo de misión humanitaria, por así llamarla.
Es cierto que en dichas misiones los profesionales cubanos pueden aspirar a una remuneración muy superior a sus salarios en Cuba, y también que no se les paga como a sus semejantes en esos mismos lugares. Pero el problema es que los cubanos van a esos lugares a suplir una insuficiencia de los sistemas de salud de esos países, donde la profesión médica suele ser una salida profesional de la clase media y alta, muchas veces, además, solo accesible en verdad a dichas clases.
El Estado debe mejorar la remuneración de sus médicos internacionalistas, pero esa mejora no podrá suceder si todos los países clausuran sus contratos con Cuba: eso no es más que hacerle el juego al imperialismo. Por eso es tan importante la posición leal de México, que aún con los gobiernos del PRI siempre ha mantenido una postura más o menos cercana a Cuba. Sheinbaum, sin mucha alharaca y a pesar de las fuertes presiones de Trump, ha mantenido su apoyo a Cuba.
La nueva escalada contra Cuba se produce en un contexto de creciente confrontación con China y Rusia. ¿Qué lugar ocupa Cuba en esta disputa más amplia por la influencia en el Caribe y el Atlántico occidental?
A: En la Estrategia de Seguridad Nacional de la primera administración Trump, Cuba, igual que Venezuela, eran presentadas como “gobiernos que se aferran a anacrónicos modelos autoritarios de izquierda que siguen fallando a su pueblo”, donde “los competidores han encontrado espacio para operar en el hemisferio”. Cuba y Venezuela no se mencionan en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 pero sí reaparece la idea de sacar del hemisferio a competidores, principalmente China. Esto se vuelve un propósito recuperando la Doctrina Monroe (“América para los americanos”) y consagrando este dominio exclusivo con el “Corolario Trump”. Todo este vocabulario decimonónico, que recuerda a tiempos de protectorados y explotación colonial, resuena de nuevo en las acciones que EE.UU. está emprendiendo en el continente, tanto en Venezuela como en Cuba. Aunque la última Estrategia de Seguridad Nacional no lo menciona explícitamente, el secretario de Estado, Marco Rubio, ha dejado claro en diversas declaraciones que Rusia, China o Irán han podido penetrar en la región por culpa de Cuba y Venezuela. Por supuesto, esto es conceptualizado como una amenaza para los intereses de seguridad estadounidenses, como lo es la simple existencia de la Revolución Cubana o de la Revolución Bolivariana.
Arantxa Tirado: "Marco Rubio ha dejado claro en diversas declaraciones que Rusia, China o Irán han podido penetrar en la región por culpa de Cuba y Venezuela".
La autodeterminación de los pueblos es una provocación para EE.UU. Acabar con el papel de Venezuela como “enclave” de estos intereses foráneos, eliminando la presencia de estos países, es uno de los propósitos geoestratégicos principales detrás de la operación post-3 de enero en Venezuela. Cuba, que se ha destacado por tener una política exterior propia de un gran Estado a pesar de ser una pequeña isla del Caribe, ha establecido desde 1959 relaciones de cooperación y respeto con prácticamente todos los países del mundo —salvo EE.UU. e Israel por motivos evidentes —. Ha sido capaz de combinar el pragmatismo sin sacrificar los principios en su proyección exterior, lo que le ha llevado a tejer alianzas antiimperialistas y gozar de un liderazgo moral entre el Sur Global.
No veo a Cuba renunciando a sus relaciones estratégicas con Rusia o China, ni tampoco criminalizando la respuesta de Irán por ejercer el derecho a la legítima defensa frente a los ataques del imperialismo y el sionismo. Ni qué decir tiene que acabar con la Revolución Cubana supondría poner fin a una diplomacia sui géneris, que se ha desplegado sobre alfombras, pero también sobre escenarios de cooperación médica, de lucha insurgente o de guerra anticolonial en terceros países. En este sentido, el papel de Cuba en esta disputa de EE.UU. con los actores extrarregionales adopta, de nuevo, un carácter fuertemente simbólico, aparte de los elementos obvios de la voluntad estadounidense de neutralizar el posicionamiento de las empresas rusas o chinas en sus intercambios con La Habana.
¿Qué busca Washington en las recientes negociaciones?
A: Me parece que EE.UU. está jugando a un juego perverso con las autoridades y el pueblo cubano. Por un lado, el discurso falsamente humanitario que presenta estas medidas de la OFAC como actos de solidaridad con el pueblo cubano. Por el otro, los hechos del país agresor que lleva décadas bloqueando a ese mismo pueblo. La realidad es el Gobierno estadounidense está arrastrando a Cuba a una situación de necesidad extrema para ponerla a negociar en condiciones de máxima debilidad, un escenario muy distinto al que caracterizó las negociaciones diplomáticas que siempre existieron en la sombra entre EE.UU. y Cuba y que condujeron al restablecimiento de relaciones de 2015.
La primera administración Trump, y esta segunda encabezada por un secretario de Estado que tiene en el derrocamiento de la Revolución Cubana uno de sus propósitos vitales, están demostrando que no quieren negociar con las autoridades cubanas, quieren su capitulación. En esa capitulación, con mensajes contradictorios para generar confusión y medir las reacciones, se han lanzado globos sonda como la información que aportaba The New York Times el 16 de marzo según la cual el Gobierno estadounidense querría a Díaz-Canel fuera de Cuba porque es un escollo para llegar a acuerdos entre ambos países. Esto tiene como propósito minar la soberanía cubana en las negociaciones, anunciadas en días recientes por el propio jefe de Estado cubano, quien aseguró que estaban lideradas por él mismo.
Puede que EE.UU. quiera repetir el “escenario venezolano”. De hecho, es una de las cosas que se infiere al leer la nota: sacar a un presidente que se percibe de “línea dura” para negociar con otro liderazgo más anuente que mantenga los equilibrios de poder internos, sin tocar por el momento la estructura de poder político formal en aras de una estabilización inicial, pero realizando cambios económicos estructurales dictados desde Washington. Esto, como en el caso venezolano, no sería un “cambio de régimen” clásico sino la búsqueda, como dice la nota, de una sumisión de la dirigencia cubana restante a los dictados de la administración Trump. Un nuevo modelo de control geopolítico de tintes neocoloniales que, bajo una apariencia de respeto a la soberanía, desmontaría los procesos revolucionarios haciendo uso de los actores que los han protagonizado para la implementación de una nueva agenda económica que se presenta como mutuamente favorable, después de años de asfixia económica por el bloqueo y las medidas coercitivas unilaterales, pero que destruye el potencial revolucionario y transformador de esos procesos.
No creo que la dirigencia cubana se preste a un escenario tal de humillación y derrota ideológica. De todos modos, estamos en una coyuntura de profundas transformaciones geopolíticas y no hay nada escrito. Lo único que parece claro es que acabar con la Revolución Cubana, en un contexto donde hay incertidumbre sobre el destino de la Revolución Bolivariana, sería demoledor para el pueblo revolucionario de Cuba, pero también para las fuerzas anticapitalistas y antiimperialistas del mundo que siguen mirando a Cuba como la realización tangible de un horizonte de posibilidad socialista.
En este contexto de asedio energético, ¿qué horizonte imaginas para la Revolución?
L: Decía Raúl Roa, recordado en Cuba como el canciller de la dignidad, que las crisis no son solo declinación o acabamiento, en las crisis también emergen cosas nuevas: crisis, en rigor, es cambio. Ese es el momento que estamos viviendo en Cuba y hay muchas fuerzas disputándose la dirección del rumbo.
La Revolución suele entenderse estrechamente como el Estado cubano y es cierto que el Estado es el único garante real de la soberanía nacional, pero la Revolución es también un proyecto de país, justamente lo que nos falta ahora, cuando el Estado se ha constreñido a la dura gestión de la crisis.
Para que una posición revolucionaria recupere la dimensión estratégica tiene que apostar por reconstruir los consensos con las mayorías populares, por reformular la manera en que funciona la sociedad en su conjunto. Esa es la única vía para relanzar el socialismo cubano y que supere el descrédito que hoy tiene ante la población. Cuando el poder pierde la dimensión estratégica es muy peligroso, porque tiende a enclaustrarse en sí mismo, a acentuar su tendencia conservadora. La pugna por recuperar el horizonte está latente, junto con otras tendencias muy contradictorias, no pocas de ellas favorables al retorno del capitalismo.
Pero el pueblo, como el Estado, son el resultado del largo proceso histórico de la Revolución y de la más larga tradición de luchas sociales en Cuba. Por ello en el pueblo no hay solo malestar, descontento o sentimientos anticomunistas, sino que esa posición está en pugna con otros sectores que son depositarios de una reserva moral y cultural favorable a una salida justa y digna para las mayorías. Creo que la segunda posición tiene mucha más legitimidad y perspectiva política que la primera, que es muy susceptible de ser asimilada por el discurso contrarrevolucionario o neofascista.
Leyner: "En el pueblo no hay solo malestar, descontento o sentimientos anticomunistas, sino que esa posición está en pugna con otros sectores que son depositarios de una reserva moral y cultural favorable a una salida justa y digna para las mayorías".
Aunque la crisis acorta el tiempo de la reproducción vital, por muy dura que sea, nunca reduce la vida a la mera supervivencia: porque somos humanos no podemos dejar de soñar y de imaginar. Quizás la más fiera agresión imperialista demande de nosotros, sobre todo, la capacidad de construir un parlamento en una trinchera, una metáfora que se ha mencionado mucho en la historia de la Revolución.
Cuando era niño vivía en un pueblo del Oriente de Cuba, en un barrio pobre, en un hogar humilde, con muy pocos recursos. Teníamos serios problemas con el agua y la alimentación, y casi todas las noches quitaban la electricidad, aunque es cierto que la salud y la educación funcionaban mejor y disponían de un poco más de recursos. También entonces nos amenazaba Bush y existía el riesgo de una invasión imperialista: aún siendo niños éramos conscientes de que podíamos morir en cualquier momento.
Recuerdo mi temor a estar solo dentro de la casa, a oscuras, cuando quitaban la corriente, y cómo corría a refugiarme en la modorra de la comunidad, que abandonaba también la soledad de sus hogares para ocultar la tristeza en la calle, entre más gente, en conversaciones que no terminaban hasta el retorno de la luz en la madrugada. A pesar de las innumerables críticas y las infinitas dificultades, nunca nadie en mi derredor perdió la capacidad de soñar, de rememorar momentos mejores del pasado, de rebajar la carga dramática de la pobreza con un fino humor.
Éramos pobres, pero con dignidad. Esa dignidad no era solo el resultado de la Revolución, sino de una fiera lucha que, sin muchas esperanzas de mejora inmediata, construía la continuidad día tras día. Y es que esa lucha era también la Revolución en cámara lenta. Esa misma batalla de las noches oscuras de mi niñez, esa batalla contra las pesadillas, contra los enemigos y contra la soledad es la que hoy libra el pueblo cubano a gran escala por sostener su dignidad.