En el contexto de la crisis cubana de 2026 —desencadenada por la agresión estadounidense a Venezuela y las declaraciones de Donald Trump sobre “tomar” Cuba—, La Habana ha reactivado intensamente esta doctrina. En enero de 2026, el Consejo de Defensa Nacional presidido por Raúl Castro aprobó planes y medidas para el “paso al Estado de Guerra” como parte de la preparación bajo la concepción de Guerra de Todo el Pueblo. Además, 2026 fue declarado oficialmente “Año de preparación para la defensa” por las FAR, con ejercicios regulares y movilizaciones.

La base formal de esta doctrina se encuentra en la Ley de Defensa Nacional de Cuba (Ley 75), que establece que la seguridad del país descansa en la participación organizada de toda la población. Su desarrollo conceptual está profundamente ligado a la experiencia histórica de las guerras de descolonización, la Revolución cubana y al pensamiento estratégico de Fidel Castro, quien desde finales de los años 70 formuló la idea de que cada ciudadano cubano debe tener “un lugar, un medio y una forma de luchar”.

Este enfoque responde a una realidad geopolítica concreta: Cuba no puede competir convencionalmente con una potencia militar de primer orden como Estados Unidos. Por tanto, en su lugar, la doctrina asume desde el inicio una lógica de guerra asimétrica, donde la clave no es la victoria militar clásica, sino la capacidad de resistencia prolongada.

Una estrategia de disuasión asimétrica: Hacer costosa cualquier invasión

El objetivo principal de la Guerra de Todo el Pueblo no es derrotar al invasor en una batalla decisiva, sino hacer que cualquier intento de ocupación le resulte extremadamente costoso en términos humanos, económicos y políticos. En este sentido, funciona como una estrategia de disuasión: busca convencer al adversario de que el precio a pagar por la invasión sería inaceptable. El planteamiento se inspira en experiencias históricas como Vietnam o Afganistán, donde fuerzas en un principio inferiores lograron desgastar y a retirarse a potencias superiores mediante guerras prolongadas y descentralizadas.

Desfile de las FAR en la Plaza de la Revolución. 2011 Foto: Alejandro Ernesto/EFE

El sistema en capas: FAR, milicias, zonas territoriales y rol de la población civil

La doctrina organiza la defensa nacional en múltiples niveles que abarcan tanto el ámbito militar como el civil:

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias: Constituyen el núcleo profesional encargado de la defensa inicial del territorio, especialmente en zonas estratégicas como las costas o infraestructuras clave. Esto serviría para retrasar la entrada del enemigo y ganar tiempo para preparar las fuerzas para el combate irregular desde dentro.

Milicias de Tropas Territoriales (MTT): Integradas por civiles armados que refuerzan la defensa local y aseguran la continuidad del combate en caso de ocupación parcial. Siguen siendo clave de la estrategia, aunque enfrentan dificultades por la crisis económica y energética, puesto que la falta de combustible afecta a entrenamientos y movilizaciones. Fuentes oficiales cubanas destacan que han participado en ejercicios de 2026, aunque analistas externos señalan la "merma en efectividad operativa". A este aspecto se han añadido las Brigadas de Producción y Defensa (BPD) y Ejército Juvenil de Trabajo (EJT), que se integran más visiblemente en los ejercicios recientes, como en la combinación de unidades regulares y BPD en zonas de defensa durante los Días Nacionales de la Defensa de enero-febrero de este año.

Organización territorial: El país se divide en zonas defensivas con planes propios, lo que permite descentralizar el mando y garantizar que la resistencia continúe incluso si las estructuras centrales se debilitan o caen. Esta descentralización resulta clave para la supervivencia del sistema en escenarios de alta presión militar, como se está comprobando en Irán.

Población civil: La población civil desempeña un papel activo dentro de este esquema doctrinal, desde el apoyo logístico y sanitario hasta la participación directa en tareas de defensa. Además, la doctrina elimina en gran medida la distinción entre frente y retaguardia, convirtiendo a toda la sociedad en parte del esfuerzo bélico.

Imagen de archivo de ejercicios anuales en el Día Territorial de la Defensa. Fotos: Alexis del Toro

Cómo respondería Cuba: Secuencia de una defensa prolongada

Aunque los detalles operativos son reservados por motivos de seguridad, los análisis académicos permiten identificar una secuencia general de actuación en caso de invasión.

Fase 1: Movilización general y activación de los órganos de defensa nacional. Para ello, los recursos se dispersarían y el territorio se prepararía para resistir los primeros ataques.

Fase 2: Las fuerzas regulares intentarían frenar o ralentizar el avance enemigo en puntos clave, como zonas de desembarco o centros estratégicos. El objetivo no sería tanto derrotar al invasor en la batalla como ganar tiempo para desplegar el resto del sistema.

Fase 3: La guerra se trasladaría a una fase territorial y descentralizada, donde pequeñas unidades operarían desde posiciones fortificadas o entornos urbanos, aprovechando la ventaja del conocimiento del terreno. En los Ejercicios Territoriales de Defensa de enero y febrero de este año se han comprobado estos dispositivos dentro de los Días Nacionales de la Defensa semanales o periódicos, donde el Gobierno ha verificado el sistema defensivo territorial, ejecicicios de arme y desarme de fusiles, primeros auxilios y contención de avances enemigos simulados hacia objetivos económicos.

Fase 4: Una vez el enemigo penetra profundamente en el territorio o incluso si llegara a ocupar una parte, se iniciaría la guerra prolongada de desgaste. Mediante tácticas de guerrilla —emboscadas, sabotaje, ataques a líneas de suministro—, se buscaría erosionar continuamente la capacidad operativa del enemigo y provocarle pérdidas económicas y personales. Esta resistencia se mantendría de forma indefinida a largo plazo, con una economía de guerra y una sociedad plenamente movilizada para sostener el esfuerzo bélico. El objetivo último sería hacer la ocupación políticamente inviable.

Puntos fuertes y realidades actuales: Movilización y crisis económica

Desde el punto de vista estratégico, la doctrina presenta varios puntos fuertes. Entre ellos destacan su capacidad de movilización social, su adaptabilidad a escenarios de guerra irregular, su descentralización táctica y su potencial disuasorio frente a enemigos superiores. Sin embargo, también enfrenta desafíos importantes en el contexto actual. La crisis económica que padece el país a raíz del bloqueo reforzado, el envejecimiento de la población, la emigración y la obsolescencia de parte del equipamiento militar podrían limitar su eficacia. Además, algunos analistas señalan que el nivel de cohesión social necesario para este tipo de estrategia podría ser menor que en décadas anteriores. Sin embargo, estos elementos no han sido comprobados en la práctica, lo que en parte demuestra que la doctrina seguiría siendo disuasoria por el momento, por lo que solo cabe especular sobre si los factores mencionados serían decisivos o no.

Adaptación al siglo XXI: Drones, micro-unidades y geografía revalorizada

Un artículo de 2025 titulado Pensar la Doctrina de Guerra de Todo el Pueblo en el siglo XXI, escrito por Henrik Hernandez, explica que la Guerra de Todo el Pueblo de Cuba sigue siendo muy fuerte en sus ideas básicas: repartir el mando en muchas manos, involucrar a toda la población y adaptarse rápido al terreno. Pero hoy la guerra ha cambiado, como se esta viendo claramente en Ucrania. Ahora se lucha más con grupos pequeños (de 2 a 6 personas) que usan drones para ver todo en tiempo real y atacar con precisión.

Esto encaja perfectamente en el esquema cubano de resistencia: no con ejércitos grandes, sino con combatientes preparados en su propio territorio. La geografía de Cuba, que antes parecía un problema, ahora podría ser una ventaja. Las llanuras grandes ya no son fáciles de cruzar para un invasor: los drones las vigilan desde arriba y pueden atacar rápido. Las colinas aisladas —como la Sierra de Najasa, Cubitas o Las Escaleras de Jaruco— sirven como puestos de observación perfectos para ver venir al enemigo y preparar emboscadas. Y los pantanos y ciénagas —como la Ciénaga de Zapata o Lanier— se convierten en escondites ideales: ahí las tropas ligeras se mueven sin ser vistas, mientras que los vehículos pesados del enemigo se atascan fácilmente.

Clase práctica del empleo de drones de las FAR. Foto: Ejército Central

En las ciudades como La Habana, Santiago o Camagüey, la defensa sería en tres dimensiones: desde techos, sótanos y pasillos estrechos. Los drones pequeños entrarían en edificios para vigilar o atacar sin que los defensores tengan que salir a la calle. Los drones no reemplazan las armas tradicionales, sino que las hacen más efectivas: convierten un cañón en algo muy preciso o hacen que un tanque enemigo sea más fácil de destruir. Cuba podría usar ideas sencillas y baratas, como drones caseros cargados con explosivos para chocar contra helicópteros y blindados, grupos de drones (enjambres) contra barcos en desembarco o una combinación de drones por aire, tierra y mar para proteger las costas.

La parte más dura vendría si el enemigo ocupa partes del país: entonces empezarían a operar las células pequeñas clandestinas entre la población, usando drones que funcionan solos (sin necesidad de señal constante), trucos para engañar radares y formas de resistir bloqueos electrónicos. En marzo de 2026, los ejercicios de los Días Nacionales de la Defensa ya han incluido prácticas con drones y estos grupos pequeños, mostrando que Cuba está adaptando su estrategia. El objetivo no es ganar una guerra grande, rápida y con muchos medios, sino hacer que cualquier ataque sea tan largo, caro y difícil que el enemigo prefiera no intentarlo. Así, la doctrina sigue siendo del pueblo, pero ahora con herramientas modernas que multiplican la creatividad y la resistencia.

Vigencia y mensaje final: Resistencia que busca evitar la guerra

En marzo de 2026, en medio de una crisis regional agravada por la intervención estadounidense en Venezuela (que incluyó el secuestro del presidente Nicolás Maduro el 3 de enero y el asesinato de al menos 32 militares cubanos que lo escoltaban), junto con las amenazas explícitas de Donald Trump de impulsar un "cambio de régimen" en La Habana o incluso "tomar Cuba", la doctrina de la Guerra de Todo el Pueblo ha sido reactivada con intensidad. El Consejo de Defensa Nacional, presidido por Raúl Castro, aprobó en enero planes para el "paso al Estado de Guerra" y declaró 2026 como el Año de Preparación para la Defensa por las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Esto se traduce en ejercicios regulares semanales (los Días Nacionales de la Defensa), movilizaciones masivas, prácticas con tanques, artillería, defensa antiaérea y —de forma notable— empleo de drones para vigilancia, derribo de amenazas aéreas y tácticas de micro-unidades, como se ha visto en zonas como Camagüey, Matanzas y La Habana.

Esta actualización práctica refuerza el mensaje disuasorio central: la doctrina no busca una victoria convencional contra una potencia superior, sino garantizar que cualquier agresión externa derive en un conflicto prolongado, costoso y políticamente inviable. En este contexto tenso, figuras emblemáticas como el famoso cantautor Silvio Rodríguez han simbolizado la cohesión social al declarar públicamente su disposición a tomar las armas —"Exijo mi AKM, si se lanzan"—, lo que el gobierno ha capitalizado con actos simbólicos de entrega de un fusil como reconocimiento.

Sin embargo, el éxito real de la estrategia cubana depende cada vez más de factores no militares: mantener la moral y la cohesión social en una crisis económica extrema —agravada por el bloqueo petrolero y la pérdida de suministros venezolanos—, el envejecimiento poblacional, la emigración reciente y la percepción de una amenaza externa creíble que movilice a la población. La Guerra de Todo el Pueblo, en definitiva, sigue siendo un modelo único de resistencia total: combina guerra irregular popular, descentralización territorial y ahora integración de nuevas tecnologías accesibles como drones, todo ello para compensar las inferioridades materiales y tecnológicas mediante organización colectiva, creatividad y preparación social.

En un mundo donde las estrategias asimétricas mantienen su relevancia y las guerras convencionales entre grandes potencias siguen siendo la minoría por el momento, esta doctrina cubana representa un ejemplo vivo de cómo un país pequeño puede disuadir a un adversario gigante. Más que una forma de ganar guerras en el sentido clásico, es una estrategia sofisticada diseñada para que el enemigo nunca logre "ganarlas" una vez que pise suelo cubano, haciéndole pagar un precio muy caro desde el primer día.