El diario alemán Bild ha publicado las inquietantes "recomendaciones" que la consultora estadounidense McKinsey habría presentado a la dirección de Volkswagen para afrontar la crisis estructural que atraviesa el mayor fabricante de automóviles de Europa. La propuesta, de un calado que ha conmocionado a la industria germana, plantea el cierre de ocho de las diez plantas que el grupo tiene en territorio alemán. Solo sobrevivirían la sede histórica de Wolfsburg y el cuartel general de Audi en Ingolstadt. Entre los centros condenados a la clausura figura Zwickau, en la antigua Alemania del Este, un símbolo de la industria automovilística de la época socialista, así como la planta de Porsche en Zuffenhausen (Stuttgart), después de un año en que los beneficios de la marca de lujo se han desplomado.

La consultora justifica el plan en términos contables habituales: "el margen de beneficio del grupo se ha reducido al 3%, la mitad de lo que obtenía años atrás"; "efecto de los elevados costes laborales y energéticos en Alemania" y "la competencia agresiva de los fabricantes chinos", adelantados en el mercado del coche eléctrico. La propuesta de McKinsey evidencia la crisis estructural de un modelo industrial que durante décadas fue el motor de la economía alemana y que ahora se enfrenta a un callejón sin salida. Mientras la dirección de Volkswagen ha tomado distancia públicamente del plan extremo, su estrategia oficial, más "moderada" que la de la consultora, prevé despedir a 50.000 trabajadores para 2030 y cerrar al menos dos plantas.

Mientras el corazón industrial alemán se tambalea, la guerra en Oriente Medio golpea directamente la logística del sector. El bloqueo del estrecho de Ormuz por Irán para los aliados de EE.UU. e Israel ha obligado a redirigir rutas marítimas completas. Según ha publicado la agencia rusa TASS, buques portacoches de lujo que transportaban miles de vehículos de alta gama desde Japón a Dubái han tenido que desviarse al puerto de Lamu, en Kenia. Unas 4.000 unidades, incluyendo modelos de Porsche y Volkswagen, han sido descargadas en suelo keniano por no poder atravesar la vía estratégica por donde transita el 20% del crudo mundial y que ahora permanece bloqueada. La crisis energética y la disrupción logística encarecen aún más los costes de un sector que ya navega en aguas internacionales turbulentas.

Las consecuencias políticas y sociales se anticipan devastadoras. En las regiones del Este del país, donde los neonazis de Alternativa para Alemania (AfD) sigue ganando apoyos, el desmantelamiento de las plantas podría decantar el descontendo aún más hacia el fascismo. Pero el impacto trasciende las fronteras alemanas. En Italia, por ejemplo, la industria auxiliar de la automoción genera unos 5.000 millones de euros anuales de facturación con Alemania, de los cuales cerca de 2.000 dependen directamente del grupo Volkswagen. Un colapso como el que propone McKinsey significaría la desindustrialización forzosa de regiones europeas enteras y despidos masivos con efecto dominó en todo el continente, puesto que la cadena de suministro se encuentra profundamente integrada.

Lo que subyace al plan de McKinsey supone otra constatación de que la patronal europea no tiene otra respuesta para la crisis industrial que no sea la reconversión hacia la economía de guerra y la precariedad para amplias capas de la clase trabajadora. Algunos expertos ya vienen advirtiendo que las plantas desmanteladas podrían acabar en manos de empresas como la alemana Rheinmetall o la franco-alemana KNDS, especializadas en armamento y vehículos blindados.