La República Popular China ha descubierto recientemente 9,7 millones de toneladas adicionales de óxidos de tierras raras en la mina de Maoniuping, en la provincia de Sichuan, elevando las reservas totales del yacimiento a 10,4 millones de toneladas y consolidando su posición como el actor dominante en un mercado estratégico para la industria militar y tecnológica. Según informa la agencia estatal Xinhua, el nuevo hallazgo, junto con las reservas ya conocidas, sitúa a Pekín como dueña del 53,9% de las reservas mundiales de estos minerales, muy por delante de Brasil (21 millones de toneladas), Australia (6,3 millones) y Estados Unidos (apenas 1,9 millones). Las prospecciones también han identificado 27,1 millones de toneladas de fluorita —esencial para la fabricación de semiconductores y baterías— y 37,2 millones de toneladas de barita, crítica para la perforación de pozos de petróleo y gas.

El hallazgo llega en un contexto de máxima tensión geopolítica, donde y es previsible que se reconfiguren las cadenas de suministro internacionales. Mientras Washington mantiene un pulso comercial y tecnológico con Pekín, la dependencia de Estados Unidos de las instalaciones chinas de procesamiento de tierras raras sigue siendo total: aunque produjo 45.000 toneladas en 2024 — tan solo una sexta parte de la producción china—, carece de la capacidad de refinado necesaria para utilizar esos materiales en su industria militar y de alta tecnología. China, por su parte, ha convertido su posición dominante en una herramienta geopolítica: desde octubre mantiene un bloqueo efectivo sobre el flujo de tierras raras a los fabricantes militares occidentales, exigiendo autorización gubernamental para las exportaciones, y en abril de 2025 endureció los controles sobre elementos como el disprosio, el terbio y el samario.

Pero el dominio chino no se basa solo solo en reservas. En 2025 produjo 270.000 toneladas de tierras raras, frente a las 51.000 de EE.UU. y las 29.000 de Australia. Myanmar (22.000 toneladas) y otros países como India, Madagascar o Brasil, por su parte, tienen una producción marginal que no les permite competir. La concentración de la producción de tierras raras en China es aún más abrumadora: Pekín controla la mayor parte del procesamiento global, un cuello de botella que Washington lleva años intentando romper sin éxito. Mientras EE.UU. destina miles de millones a subvencionar su industria de semiconductores, el control de los recursos minerales estratégicos se le sigue resistiendo.

Mientras el Pentágono despliega su poderío militar en Oriente Medio y Washington impone sanciones a sus competidores, su industria militar y tecnológica depende estructuralmente de unos minerales que China controla y refina. La guerra comercial que comenzó con los aranceles se ha convertido en una guerra de recursos, y en esa batalla, Pekín lleva ventaja. El nuevo yacimiento de Sichuan, por tanto, dista mucho de ser un simple hallazgo geológico: es una confirmación de que en la carrera tecnológica del siglo XXI, quien controla los minerales, controla buena parte del tablero. Mientras las potencias occidentales se enredan en guerras lejanas con resultados previsiblemente negativos, China sigue profundizando en su dominio sobre los recursos que alimentan la industria del futuro.