La ofensiva iniciada por Estados Unidos e Israel contra la República Islámica de Irán el pasado 28 de febrero podría provocar un récord histórico de hambre en el mundo, afectando a 45 millones de personas adicionales para junio de 2026. Según alertó el Programa Mundial de Alimentos (PMA), esta cifra situaría el total global de seres humanos en situación de inseguridad alimentaria aguda en torno a los 364 millones. La agencia de la ONU ya califica esta situación como "la mayor perturbación de la ayuda humanitaria desde la pandemia de COVID-19", debido a que las operaciones de socorro enfrentan un aumento del 18% en sus costes operativos y un retraso crítico en los plazos de entrega de suministros vitales.

El factor inmediato determinante de esta crisis es el bloqueo del Estrecho de Ormuz, una vía por la que circula el 20% del petróleo mundial, el 40% del petróleo mundial disponible para la venta y casi un tercio del comercio global de fertilizantes. Carl Skau, director ejecutivo adjunto del PMA, explicaba que el mercado de fertilizantes se encuentra en un "virtual estancamiento" justo cuando el África subsahariana comienza su temporada de siembra. La falta de todos estos insumos químicos, sumada al alto precio del combustible para maquinaria agrícola y transporte, está encareciendo los productos básicos y amenaza con reducir drásticamente las cosechas de trigo, maíz y arroz en los próximos meses, dejando a millones de familias "fuera del acceso a alimentos básicos".

La estructura de las cadenas de suministro humanitario se encuentra "al borde de la mayor perturbación desde la pandemia y la guerra en Ucrania", según avisaba Skau hace varias semanas en una previsión más bien conservadora. El encarecimiento del crudo, que se mantiene por encima de los 100 dólares por barril, obliga a la organización a destinar más recursos al transporte y menos a la adquisición de comida. Como consecuencia material inmediata, la agencia ya se vio forzada a reducir las raciones alimentarias en la crisis humanitaria catastrófica que padece Sudán por la guerra inducida por Emiratos Árabes Unidos, Occidente e Israel vía proxys, y solo puede atender a uno de cada cuatro niños con desnutrición aguda en Afganistán. "Nuestras cadenas de suministro pueden estar realmente al borde de la interrupción más severa", afirmó el directivo ante los medios en Ginebra.

Las consecuencias de la guerra se distribuyen de forma desigual según el área geográfica, golpeando primero con mayor dureza a los países dependientes de las importaciones. Las estimaciones del PMA señalan que el hambre aguda aumentará un 24% en Asia, un 21% en África occidental y central, y un 17,7% en África oriental y austral. Por su parte, el Fondo Monetario Internacional (FMI) advirtió que la guerra agravará la situación especialmente en las naciones de bajos ingresos, donde el gasto en comida representa la mayor parte de la renta familiar. En la región del Golfo, la vulnerabilidad es máxima, ya que países como Irak o Arabia Saudí importan entre el 70% y el 98% de sus alimentos a través del estrecho ahora bloqueado.

El mayor número de enfrentamientos violentos desde la Segunda Guerra Mundial

Ante esta situación, el secretario general de la ONU, António Guterres, reiteró que la guerra en Oriente Medio "debe detenerse" y "exigió" que "se apliquen las resoluciones del Consejo de Seguridad". Mientras tanto, la Oficina de las Naciones Unidas de Servicios para Proyectos (UNOPS) destacó que esta guerra se suma a un escenario global con el mayor número de enfrentamientos violentos desde la Segunda Guerra Mundial, lo que somete a una presión insoportable a sistemas de salud ya de por sí afectados y a pasos marítimos esenciales para la supervivencia de un cuarto de la población mundial que vive en zonas de guerra.