La lucha contra el imperialismo: por un derrotismo a escala de nuestro bloque
Todas las tendencias del capitalismo contemporáneo se expresan de forma unitaria en la actual agresión imperialista en Oriente Medio. El término “guerra de Irán” es sintético pero impreciso: estamos ante una guerra regional que se extiende por el Líbano, Irak, las petromonarquías del Golfo, Yemen, etc. Aún es más: como ya sucediera a comienzos del siglo XX (guerra en Marruecos, etc.), cabe ver los conflictos contemporáneos –Ucrania, Gaza, la agresión contra Venezuela, el asedio a Cuba, la guerra actual– como indicadores que estamos entrando en un periodo histórico de guerra mundial, donde los ataques contra naciones oprimidas se entrecruzan con conflictos más directos entre potencias, y todo va configurando el escenario para la confrontación total.
El estancamiento económico del capitalismo genera un juego de suma cero donde el crecimiento se consigue a costa de otros, creando un escenario de guerra abierta por los recursos estratégicos, bajo la forma de la depredación neocolonial, escalada militarista, lucha por el establecimiento de monopolios tecnológicos y el dominio de la tecnología de avanzada, etc. El reverso de lo anterior es la guerra económica contra los trabajadores del mundo. La forma de Estado apropiada para ello es el nuevo Estado autoritario, policial y militarista que va delineándose ante nuestros ojos.
El bloque imperialista en declive, encabezado por EEUU, ha decidido lanzarse a la ofensiva para contener su decadencia. La destrucción de Irán era un objetivo estratégico largamente codiciado: el Estado surgido de la revolución del 79 es a día de hoy el único obstáculo a la total hegemonía yankisionista en Oriente Medio. Todo indica que la “Operación Furia Épica” fue torpemente preparada –hasta el punto en que The Economist la ha rebautizado como “Operación Furia Ciega”–, pero no cabe reducirla a una locura de Trump: no solo se asienta dentro de viejas aspiraciones del imperialismo americano, sino que cuenta con el respaldo ferviente del sionismo y el apoyo de importantes sectores de la oligarquía financiera. No es un tropiezo fortuito, es una apuesta.
Pero la apuesta, por el momento, no va según lo esperado. Irán resistió a la campaña de “decapitación” y se embarcó en una escalada horizontal que ha destruido las bases americanas en Oriente Medio, activado a sus milicias aliadas, castigado a Israel y las petromonarquías del Golfo y cerrado el estrecho de Ormuz, estrangulando la economía mundial. Muy resumidamente, el escenario resultante dibuja dos grandes opciones: un acuerdo de paz en el que EEUU e Israel renuncien a sus objetivos originales o una invasión terrestre a gran escala con resultados potencialmente catastróficos para sus intereses.
El actual “alto al fuego” entre EEUU e Irán es poco más que un indicador frágil de que EEUU podría abogar por la primera opción. El fantasma que anuncia las catástrofes que una escalada lleva consigo sobrevuela hoy Washington, generando dudas y divisiones en sus puestos de mando. El plan de decapitación fracasó, la campaña de bombardeos masivos se ha demostrado incapaz de fantasear siquiera con abrir Ormuz, la guerra es cara, caótica e impopular, y el imperio americano podría acercarse al punto de quiebra interno y externo si se viera forzado a invadir un país de 92 millones de almas, un ejército nutrido y bien equipado, una población cohesionada en torno a la idea de resistir y una orografía endiablada.
Sin embargo, el rotundo fracaso de la primera ronda de negociaciones, con ambas delegaciones levantándose de la mesa y Trump anunciando un bloqueo naval, revela las dificultades de fondo. La realidad es que cualquier acuerdo de paz que pudiera satisfacer Irán conllevaría un réquiem por el statu quo que ha gobernado la región en las últimas décadas. EEUU se enfrentaría a la que es quizás la mayor derrota estratégica de su historia. En base a lo que se ha filtrado sobre las negociaciones, por el momento el mando americano se resiste a aceptar este escenario, afanándose por imponer una serie de demandas maximalistas que Irán, simplemente, no acatará.
Además, la preservación del actual statu quo en la región es una cuestión existencial para Israel y las petromonarquías del Golfo. Desde la perspectiva de la guerra regional, de hecho, no puede hablarse de un alto al fuego: el día en que este se anunció Israel lanzó un criminal ataque en el Líbano y al parecer Emiratos atacó infraestructuras iraníes. Tanto unos como otros harán lo posible cualquier proceso de negociaciones y empujar a EEUU hacia la escalada.
La cuestión del bloqueo naval anunciado por Trump apunta precisamente en esta dirección, pero todo indica que se trata de una maniobra desesperada. El bloqueo, por supuesto, dañaría tanto a Irán como a quienes están comprando su petróleo –China, India—y de mantenerse garantizaría que estos actores aumentaran la presión sobre el gobierno de Teherán. Lo haría, sin embargo, a costa de profundizar en un juego en el que Irán ha demostrado tener menos que perder: empujar con aún más fuerza al mundo hacia una crisis económica (y más teniendo en cuenta que la respuesta lógica de Irán y sus aliados es cerrar el estrecho de Bab el-Mandeb). La medida, por lo tanto, tiene poco de carta ganadora. No cabe siquiera descartar que estemos ante un nuevo truco de manos para manipular el mercado –esta vez forzando que los precios se disparen– para pasar mañana a revertir la medida y que algunos oligarcas próximos a la Casa Blanca, familiares de Trump incluidos, ganen unos cientos de millones de dólares en pocas horas.
Así que, con bloqueo o sin él, el principal dilema actual consiste en si EEUU acaba reconciliándose con la idea de que aceptar la derrota y doblegar la fuerte resistencia de sus aliados regionales es preferible a afrontar la posibilidad de una derrota de escala mucho mayor y consecuencias tan imprevisibles como potencialmente fatídicas. Por poner las cuestiones en perspectiva, basta señalar que el solo hecho de ensamblar una fuerza capaz de tratar de invadir Irán es una tarea complejísima. Requeriría no solo de la clase de escalada brutal en el gasto militar delineada en el proyecto de aprobar un presupuesto bélico de 1,6 billones de dólares –comparable al PIB de Turquía, un país de 87 millones de habitantes—con los consiguientes recortes en el ya magro sistema de protección social americano, sino una campaña masiva de reclutamientos que, en vista de los bajísimos niveles de popularidad de la guerra, podría dar lugar a niveles intolerables de inestabilidad interna –y todo ello mientras se arroja al mundo entero, EEUU incluido, a una enorme crisis económica. Lo que hizo insostenible el esfuerzo de guerra en Vietnam, debemos recordar, fue la oposición popular en EEUU, que comenzaba a tomar carices pre-insurreccionales: centros de reclutamiento incendiados, manifestaciones armadas, cientos de oficiales asesinados en el frente… La heroica resistencia del Vietcong hizo posible lo anterior, claro. Pero por sí misma hubiera sido incapaz de detener los bombardeos: su victoria estratégica tenía su centro de gravedad en el desgaste del enemigo, donde alimentar la oposición interna era una pieza crucial.
En el caso de Irán, el control sobre el estrecho de Ormuz, que se ha relevado como la clave de esta guerra, ha permitido imponer el desgaste antes de que los soldados imperiales comenzaran a volver masivamente a sus casas en cajas de pino. El escenario de invasión, por lo tanto, uniría ambas dimensiones en un cóctel explosivo, al que debe sumarse que la fuerza actual de EEUU no puede compararse, en términos relativos, a la que poseía en los 60, y tampoco los niveles de legitimidad de su Estado ni del actual esfuerzo de guerra. EEUU, por su parte, anunció el jueves que todos los jóvenes entre los 18 y los 25 serían, a partir de diciembre, inscritos automáticamente en el Sistema de Servicio Selectivo, que es básicamente la base de datos para el reclutamiento militar. Un paso más en la escalada militarista y un peso más en el lado de la balanza que habla de la posibilidad de una invasión.
El mundo, en definitiva, es hoy un funambulista recorriendo una cuerda estrecha, y esa incertidumbre se traslada a la situación económica futura. La reducción de los efectos de esta guerra a la “subida del precio de la gasolina” es doblemente simplista: por un lado, porque la gasolina no es el único bien estratégico en juego (hay que añadir el gas natural, los fertilizantes, y otros materiales clave que transitan por Ormuz); en segundo lugar, porque incluso tomado aisladamente, el “precio de la gasolina” es virtualmente el precio de todo. La figura de la gasolinera con precios astronómicos es la punta de un iceberg en cuyo estrato inferior habitan millones de habitantes del Sur global para quienes el alza de los costes de los alimentos implicará desde ya la hambruna.
De nuevo, esto dibuja dos escenarios. El primero, que contempla un acuerdo de paz inmediato o próximo, no estaría exento de consecuencias: hambrunas localizadas, crisis de las condiciones de vida en países del Sur global, inflación generalizada, revisión a la baja de las ya magras tasas de crecimiento global, con riesgo muy real de recesión, previsibles medidas de austeridad en la forma, como mínimo, de subidas de los tipos de interés, etc. El segundo, que contempla la prolongación y escalada de la guerra, dibuja un contexto catastrófico. Inflación por las nubes, crisis humanitaria a gran escala en el Sur global, procesos migratorios masivos, crisis económica mundial. En el caso de Europa, podría tratarse de una sentencia de muerte para el llamado “modelo social europeo”. La retardada industria del continente, que ya sangraba por la herida del corte del gas ruso y el conflicto imperialista en Ucrania, sus altos costes y su retraso tecnológico con respecto a EEUU y China, tiene altas papeletas para ser sacrificada en el altar de la competitividad, mientras una guadaña recorre el tejido de la mediana empresa y la clase trabajadora asume la mayoría del coste. Podríamos estar ante un 2008 a mayor escala.
No hay duda de que la oligarquía ya está preparándose para ambos escenarios, cargando en cualquiera de ellos el peso de la carga sobre las espaldas de la clase trabajadora. Tampoco podemos dudar de que, en sintonía con la famosa “doctrina del shock”, pretenderá utilizarlos para imponer sus objetivos estratégicos. Los gobernantes europeos, por lo pronto, ya han anunciado su voluntad de continuar por la senda del militarismo, lo que se traducirá en austeridad y sufrimiento para los trabajadores.
En resumen, el escenario al que nos enfrentamos expresa la unidad de la guerra imperialista, el giro autoritario y militarista de los Estados, y la ofensiva económica contra la mayoría trabajadora. En este escenario, a los comunistas europeos nos corresponde honrar la vieja máxima según la cual el principal enemigo está en casa, y construir una forma efectiva de oposición frente a nuestro propio bloque imperialista.
Urge, por lo tanto, un modelo de derrotismo occidental. Pues nuestro bloque no deja de ser el bloque imperial de Occidente, que tiene en EEUU y la UE sus puestos de mando, en la OTAN su alianza militar y en el sionismo su punta de lanza. No podemos dejarnos confundir por sus tensiones internas, ni las muy reales ni las aparentes, pues sus raíces son profundas. La propia UE nació para generar un mando unificado para el imperialismo occidental en Europa, permitiendo que los países europeos asumieran una carga mayor de los costes de sostener el poder burgués (en contraste con la posguerra inmediata, cuando EEUU tuvo que rescatar económicamente a una Europa dividida y arruinada para contener el avance del socialismo). Desde su creación, el grado de integración económica del eje atlántico no ha dejado de aumentar, hasta el punto de dejar obsoleta la idea de una serie de burguesías nacionales nítidamente separadas. Una imagen más adecuada sería la de una pirámide, en cuya cúspide encontramos una oligarquía financiera altamente integrada como clase transatlántica, y donde el grado de integración va disminuyendo a medida que se desciende hasta una base compuesta por el pequeño empresariado (este sí más marcadamente nacional). Esto no excluye la existencia de conflictos interburgueses, pero ayuda a aclarar su contorno, y muy especialmente el del bloque dominante. La OTAN es el correlato militar formal de esta integración económica: permitió reforzar el cordón sanitario contra el socialismo real, mantener una vía de defensa última ante la emergencia de gobiernos incómodos en Europa, y atar a los países europeos a la política exterior de Washington –insistiendo de paso en que cargaran con parte de los costes. Por mucho que Trump ladre, la infraestructura material que subyace a los acuerdos diplomáticos que conforman la OTAN está compuesta, entre otras cuestiones, por las 275 instalaciones militares y los 84.000 soldados que EEUU mantiene en Europa, que quizá esté dispuesto a remover, pero difícilmente a erradicar.
Históricamente, la OTAN no es ajena a los momentos de tensión: durante los años 80, un Washington preocupado por el auge del antimilitarismo en Europa comenzó a amenazar con su disolución como medio para incentivar a los gobiernos europeos a reforzar sus compromisos militares. Salvando las distancias, la estrategia de Trump pasa por agigantar esta lógica. La paradoja es que mientras los gobiernos europeos acepten su papel –cargar con los costes de sostener el imperialismo occidental en Europa– incluso una reescritura radical de los acuerdos de la OTAN –o su disolución formal– implicaría el reforzamiento de la lógica que generó la OTAN. Prueba de ello es cómo la compulsión por forzar a Europa a aumentar sus presupuestos militares es la otra cara de la moneda de los insultos trumpistas contra la alianza atlántica. En otras palabras: el militarismo europeo no es una forma de autonomía, sino de fidelidad a la agenda atlantista (a lo que hay que añadir, por descontado, que los intentos de reforzar el imperialismo europeo por cuenta propia –estamos viendo algunas maniobras, incipientes todavía, en esa dirección– tampoco serían en ningún caso algo a celebrar por los comunistas).
De ahí la necesidad de un derrotismo occidental, en tanto que política de deslealtad hacia nuestro bloque y promoción, mediante la lucha de clases, de su derrota. Esta política tiene dos ejes. Por un lado, la defensa del hecho y el derecho a la resistencia de los pueblos oprimidos frente a las agresiones imperialistas, así como la necesidad de destruir el sionismo genocida. En consonancia con la vieja doctrina bolchevique, sabemos que incluso bajo un liderazgo reaccionario, los países que enfrentan una agresión imperialista libran una guerra progresista. Se impone, en esos casos, un modelo de defensismo revolucionario donde la resistencia está vinculada con seguir enunciando los objetivos comunistas, tratando de desarrollar y ampliar su independencia –“por embrionaria que sea”, según la formulación de Lenin—y poniendo sobre la mesa demandas de clase. El segundo eje es la oposición directa al esfuerzo de guerra del Eje genocida y a los puestos de mando del imperialismo occidental en nuestro territorio, lo que en nuestro contexto se traduce directamente en la UE y la OTAN (así como, por supuesto, los diferentes estados capitalistas que los integran). La guerra imperialista y sus efectos demostrarán una vez más la urgencia de una acción unitaria de los trabajadores europeos, más allá de la tentación fútil hacia el repliegue nacionalista. A su vez, esta acción unitaria necesita el respaldo de un programa revolucionario, del progreso de una alternativa política socialista para los trabajadores europeos, consciente del carácter internacional de sus tareas. En lo inmediato, esto requiere, por un lado, tratar de impulsar un movimiento antiimperialista de masas, así como las luchas económicas que vayan sucediéndose ante los efectos de la crisis venidera, tratando de unir ambos con estos objetivos. Por otro lado, y vinculándolo con lo anterior, requiere reforzar, clarificar e impulsar las posturas comunistas, luchando por su hegemonía.
El movimiento obrero es hoy débil a ambos lados del Atlántico. No se dan, en lo inmediato, siquiera las posibilidades para hacer inviable el esfuerzo de guerra, y no hablemos de las de convertir la guerra imperialista en una toma del poder. Pero las contradicciones no dejan de agigantarse, y el impulso de estas líneas, por embrionario que sea el proceso, podría servir para un rápido avance de posiciones, y que la deriva de un capitalismo crecientemente catastrófico sirviera para la reconstrucción de un movimiento revolucionario internacional.