Bulgaria se convertirá este 1 de enero en el vigésimo primer miembro de la eurozona, despidiendo el 'lev' tras décadas de vinculación fija al euro. Sin embargo, la transición llega envuelta en un escepticismo masivo, con miedo a subidas de precios y un contexto político explosivo. 

El país más pobre de la UE, con una renta per cápita muy por debajo de la media comunitaria, enfrenta la adopción del euro en pleno caos institucional: se prepara para sus octavas elecciones en apenas cinco años tras la caída del último gobierno por las masivas protestas

El cambio de divisa no ha sido votado en referéndum, pero varios indicadores indirectos muestran que la oposición al euro es mayoritaria: según el último Eurobarómetro, el 49% de los búlgaros rechaza la moneda común, y cabe destacar el sesgo "europeísta" del barómetro, realizado por la propia Comisión Europea, por lo que podría decirse que el rechazo real es aún mayor. En zonas rurales empobrecidas, el temor a la inflación es dominante, igual que el rechazo a la nueva moneda. Y no sin razón, puesto que los alimentos ya subieron un 5% interanual en noviembre, más del doble que la media eurozona, por lo que se esperan subidas aún mayores tras la adopción del euro.

Aunque el BCE y defensores locales prometen "ventajas sustanciales", la experiencia histórica de otras transiciones, con una inflación adicional de 0,2-0,4 puntos de media, alimenta la desconfianza. El Parlamento creó "organismos específicos" para vigilar "subidas injustificadas", pero muchos ven la medida como "cosmética" ante los abusos previsibles de comerciantes y grandes cadenas. 

El momento para el cambio no podría ser peor. Partidos de extrema derecha han capitalizado el rechazo, organizando campañas para "mantener el lev" que se aprovechan el hartazgo ciudadano. Analistas como Boryana Dimitrova (Alpha Research) advierten de que cualquier problema con los precios será "munición política" para fuerzas anti-UE, que llevan capitalizando la oposición a la adopción del euro desde hace meses