La retórica de la "defensa nacional" empleada durante largos años por EE.UU. en la Guerra Fría sugeriría que, ante la ausencia de una amenaza existencial, el despliegue de fuerza debería contraerse. Sin embargo, los datos empíricos del Millitary Intervention Proyect (MIP) desmantelan esta premisa: tras la disolución de la Unión Soviética en 1991, la actividad militar de Estados Unidos en el extranjero se cuadriplicó, pasando de 46 intervenciones documentadas durante toda la Guerra Fría a 188 operaciones entre 1992 y 2017. Esta aceleración muestra que la agresividad externa de Washington no era una respuesta a la "amenaza comunista", sino una característica intrínseca del propio modelo capitalista que, al quedarse sin frenos geopolíticos, lleva a las potencias aplastar a cualquiera que se les ponga delante, con tal de mantener su posición. 

El auge de los últimos años ha consolidado un modelo de dominación que, a pesar de que consume recursos públicos en cantidades ingentes, es la única vía que puede tomar para seguir manteniendo las tasas de ganancia actuales a costa de los países dominados. Solo desde el 11 de septiembre de 2001 hasta el 2019, el estudio estima que el coste económico acumulado de las operaciones militares y la "construcción de naciones" supera los 8 billones de dólares (trillions). Este capital ha financiado una red de 750 bases militares en 80 países, mientras que en suelo estadounidense se estima que el coste de los intereses de la deuda contraída para estas guerras alcanzará los 6,5 billones de dólares para el año 2050. 

La actual administración, además, ha intensificado este patrón mediante una hibridación del conflicto que combina la fuerza bruta con la injerencia política directa. Bajo el pretexto de la "seguridad nacional", se han liderado ataques en 7 países simultáneamente (Irán, Irak, Libia, Somalia, Sudán, Siria y Yemen) y han intervenido en la soberanía de naciones latinoamericanas como Venezuela, llegando al extremo de designar funcionarios para tutelar sus asuntos internos.

Estas tendencias se reflejan también en los datos del Carnegie Endowment for International Peace, que documentan 117 intervenciones electorales partidistas entre 1946 y 2000; una práctica que, lejos de desaparecer, se ha refinado en la última década mediante el uso de sanciones económicas como armas de coacción política contra aliados y adversarios por igual.

4,5 millones de muertos tras el 11-S

Las consecuencias de esta actividad son cuantificables en vidas y estabilidad. Investigaciones recientes de The Costs of War Project estiman que las guerras de la era post-11S han causado la muerte de 4,5 millones de personas y han generado al menos 38 millones de desplazados. Lejos de "fomentar la democracia", como proclamaban cuando se molestaban en poner excusas, el 50% de las intervenciones militares desde 1950 han tenido lugar en países que hoy presentan altos índices de inestabilidad o "regímenes autoritarios" según los propios parámetros establecidos por EE.UU. y sus aliados para medir la "democracia".

Todo ello, acompañado de las formas tan explícitas que ha adoptado actualmente la política exterior de la administracion Trump, que ha erosionado la reputación internacional del país, provocando que el 61% de la población adulta estadounidense desapruebe actualmente las medidas de política exterior, según los datos de The Independent.

Finalmente, el MIP concluye su estudio con que el ciclo de violencia se retroalimenta de manera circular, recordando cómo la creación de facciones armadas en los años anteriores para combatir a los soviéticos derivó en el surgimiento de grupos como Al-Qaeda, lo que a su vez sirvió para justificar públicamente el gasto de 8 billones en décadas posteriores para combatir a estos mismos que EE.UU. ayudó a gestar.