Ataques contra Venezuela, una guerra cronificada en Ucrania, amenazas de bombardear Irán, talonarios y aranceles para comprar Groenlandia…Si uno atiende a las noticias y compra la explicación que se da a lo que está sucediendo en el mundo, pudiera parecer que el estado más poderoso del mundo está gobernado por un loco y que, como respuesta, todo el mundo se está volviendo un poco más loco. Pero nada más lejos de la realidad: considero que Trump es un presidente que está a la altura histórica de los retos que tiene el capitalismo estadounidense en decadencia. El capital financiero occidental está utilizando los recursos militares a su disposición contra los capitales emergentes. Como siempre, son los pueblos trabajadores del mundo y la clase trabajadora en su conjunto, las víctimas de esta partida de ajedrez.

La globalización ha permitido la supremacía de la economía occidental durante las últimas décadas, acaparando beneficios mediante las finanzas e industrias de alto valor añadido, mientras se deslocalizaban la mayoría de las fábricas. Sin embargo, ante la emergencia de nuevos competidores capitalistas encabezados por China, las empresas occidentales tienen cada vez más dificultades para mantener su competitividad y acumular ganancias. La distancia entre la tecnología china y la occidental cada vez es menor en ámbitos clave como la Inteligencia Artificial o los microprocesadores. Aun así, los Estados Unidos siguen manteniendo un liderazgo indiscutible en un ámbito clave: el militar. Los yankis cuentan con el mejor ejército del planeta. Por eso, el recurso de la fuerza es una decisión perfectamente racional por parte de la potencia que quiere mantener su dominio; llevar la confrontación al ámbito en el que es más fuerte. Si no pueden hacerlo mediante la libre competencia en el mercado, lo hacen mediante la fuerza. La utilización de mecanismos ajenos al libre mercado, como los aranceles o el pillaje, no son un capricho de Donald Trump, sino la necesidad vital de las empresas occidentales para mantener su dominio.

Esto pasa por una intensificación de la ofensiva imperialista de los Estados Unidos, que pivota sobre dos ejes principalmente: Por un lado, asegurarse el control directo de los recursos estratégicos como las tierras raras o el petróleo. Por otro lado, dominar los puntos clave para el comercio internacional. Esto debemos entenderlo en una lógica competitiva, ya que, asegurar el control sobre algo es negárselo al adversario. En este sentido, el imperialismo actual tiene más similitudes con la política colonial o semicolonial de finales del siglo XIX que con lo que hemos visto las últimas décadas. Si alguien piensa que exagero, puede echarle un vistazo al documento geopolítico de moda, la Estrategia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos de América[1]. Y es que los yankis, a diferencia de los demagogos europeos, no ocultan sus verdaderas intenciones y las plasman por escrito.

Por un lado, los EE.UU. pretenden asegurarse el dominio exclusivo en su hemisferio, es decir de todo América. No quieren ni chinos, ni rusos en “su parte” del planeta. Ya hemos visto como han actuado contra Venezuela, con asesinatos indiscriminados en el Caribe, bombardeos en Caracas y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores. Mediante el uso de la fuerza quieren obligar al aparato estatal bolivariano a acatar las órdenes del capital estadounidense, que buscan orientar el capitalismo venezolano hacía los Estados Unidos, en lugar de hacía China y Rusia. Está por ver cómo responderá el estado venezolano, pero, por si acaso, Trump ya dijo que si no cumplen sus órdenes, se reservan un segundo ataque mucho más destructivo que el primero. Todo esto sin ocultar lo más mínimo las verdaderas intenciones: dirigir el petróleo venezolano hacía occidente. Algo por lo que el jeltzale y dirigente de Repsol Josu Jon Imaz está enormemente agradecido.

Es evidente que toda la puesta en escena tiene la intención de enviar un mensaje claro. Muchos gobernantes ya habrán tomado nota de qué puede pasarte si no acatas la voluntad de los Estados Unidos. Nada de intervenciones largas y costosas como en Iraq o Afganistán, basta con presión creciente sobre el aparato estatal, pero manteniéndolo intacto, en la medida de lo posible, para que actúe acorde a los mandatos del imperio. Colonialismo de nuevo cuño.

Las amenazas de bombardeo también han llegado a Irán. Ante las protestas que se han producido en el país persa contra las precarias condiciones de vida, en gran medida como consecuencia de las sanciones occidentales, tanto los Estados Unidos como Israel han movido ficha. Han infiltrado y violentado las manifestaciones para forzar un cambio de régimen e instaurar un gobierno afín a occidente.  Parece que, de momento, la maniobra no ha dado resultado, pero no perdamos de vista que es una prioridad para los sionistas acabar con el régimen de los ayatolás. No podemos obviar que, hoy por hoy, Irán es el único bastión de resistencia contra la política genocida israelí en Oriente Medio y como tal debe tratarse. En términos humanos y políticos sería desastroso que el arsenal de misiles iraní cayese en manos de un gobierno pro-occidental, que dejase a los genocidas israelíes campar a sus anchas extendiendo la muerte por toda la región.

Intervenciones en Latinoamérica e intervenciones en Oriente Medio, nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, Estados Unidos se muestra decidido a hacerse con Groenlandia por las buenas o mediante la conquista militar. Esto sí que parece algo nuevo ¡Estados Unidos amenazando a un estado de la OTAN! Los medios de comunicación claman contra la locura del presidente estadounidense, los políticos amenazan con el fin de la OTAN, e incluso han comenzado a desplegar tropas en la isla ártica ¡Francia ha enviado 15 soldados! Mucho ruido para ocultar una cuestión evidente: Groenlandia ya está bajo dominio militar norteamericano. Estados Unidos tiene militares desplegados en Groenlandia, controla el espacio aéreo y a ningún país europeo le importa lo más mínimo. Si Trump quiere hacerse con Groenlandia, no tiene más que declararlo y cambiar algunas banderas. Y ojo, esto no es un escenario en absoluto descartable: con el deshielo provocado por el cambio climático, Groenlandia es estratégica tanto para el control de la navegación como por los minerales que alberga.

Sin embargo, lo que de verdad preocupa a los líderes europeos es que cada vez les es más difícil disimular ante su propio público lo que es evidente a ojos de todo el mundo: la subordinación absoluta del viejo continente a los Estados Unidos de América. Pretenden que nos preocupemos por Groenlandia los mismos que apoyan el genocidio sionista contra el pueblo palestino, los mismos que se apresuran a meter sus empresas en Venezuela, los mismos que cierran continuamente la opción de un alto el fuego en Ucrania, los mismos que han regalado el salario de la clase obrera europea a la industria armamentística estadounidense mediante el rearme…  ¡No pueden dar más asco! Mientras tanto, no se atreven ni a plantear lo que desde el punto de vista de los dirigentes europeos parece la única carta de presión viable: la salida de la OTAN, el cierre de las bases americanas en suelo europeo y el entendimiento con Rusia y China. Nada de eso, porque en el fondo, no se oponen a la política norteamericana.

Es verdad que las formas de Trump suponen un problema para los liberales occidentales, que han intentado justificar su política imperial utilizando como argumento los derechos humanos y las bondades del libre mercado capitalista; argumentos que están saltando por los aires. Pero el contenido de las políticas del líder estadounidense pretende garantizar la supremacía de occidente en el nuevo orden geopolítico que está emergiendo, y con eso, todos los gobernantes occidentales, desde el fascismo a la socialdemocracia, están de acuerdo. La política internacional del gobierno fascista de Trump no supone una ruptura con el imperialismo yanki de las últimas décadas: supone una aceleración del proceso y un cambio discursivo de corte más nacionalista-colonialista. No perdamos de vista que cuanto mayor es la crisis del capital occidental, cuanto más difícil le sea competir con otras potencias capitalistas emergentes, más tentación tendrá la oligarquía de recurrir al ámbito militar, donde mantiene una superioridad clara. Contra ello, los comunistas debemos impedir por todos los medios el rearme y la militarización de los estados europeos; debemos exigir la salida inmediata de la OTAN, el cierre de las bases y la expulsión de las tropas americanas.


[1] 2025-National-Security-Strategy.pdf