La guerra de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica de Irán ha dejado sin combustible a Etiopía. El país, que dependía casi en su totalidad de las importaciones de gasolina y diésel procedentes de Emiratos Árabes Unidos —cuyos envíos transitan por el estrecho de Ormuz, ahora bloqueado—, ha visto cómo las reservas se agotan y las colas kilométricas se extienden por Adís Abeba y el resto del territorio. Las gasolineras cierran una tras otra, y las pocas que aún operan solo pueden suministrar a vehículos de servicios esenciales, según la directiva de emergencia emitida por la Autoridad Etíope del Petróleo y la Energía (PEA). El transporte de mercancías se ha paralizado, los precios del flete se han disparado en cuestión de días y los alimentos básicos han empezado a escasear en los mercados, encendiendo las alarmas sobre una hambruna que amenaza a millones de personas.

Las imágenes que llegan de Adís Abeba muestran largas filas de automóviles, camiones y autobuses que esperan durante horas frente a los pocos surtidores que aún tienen combustible en las estaciones de servicio. En el campo, la situación es aún más desesperada. Tasew Tesfaye, conductor de autobuses que conectan ciudades etíopes, declaró a la agencia Xinhua que los dueños de las gasolineras están acaparando combustible para venderlo en el mercado negro a precios exorbitantes, lo que ha disparado los costes del transporte y, con ellos, el precio de los alimentos. El ministro de Finanzas, Ahmed Shide, califica la subida de los precios del combustible en todo el mundo de “aterradora” y admite que el gobierno se ha visto obligado a aumentar los subsidios para evitar el colapso total del suministro, aunque reconoció que las reservas estratégicas se están agotando rápidamente.

La dependencia de Etiopía de los combustibles importados es casi absoluta, y Emiratos Árabes Unidos era su principal proveedor. Por ello, el bloqueo del estrecho de Ormuz ha cortado la ruta marítima por la que llegaba la mayor parte del petróleo que alimenta la economía etíope. Las consecuencias se están sintiendo en toda la cadena de suministro: los camiones que transportan alimentos desde las zonas agrícolas a los centros urbanos han reducido sus viajes o han cesado por completo, los precios de los cereales se han duplicado en una semana y los productos perecederos se pudren en los campos por falta de transporte. Las organizaciones humanitarias advierten de que el país, que ya sufre las consecuencias de la sequía y los conflictos, se enfrenta ahora a una crisis alimentaria de una magnitud desconocida.

Mientras el gobierno etíope promueve "la transición al coche eléctrico" como solución a largo plazo —con la importación de vehículos eléctricos y la instalación de puntos de recarga en las principales ciudades—, la realidad inmediata es la de un país que casi no puede comer por la falta de combustible. Los subsidios gubernamentales y las compras de emergencia apenas alivian la escasez, y el mercado negro se ha convertido en la única opción para quienes pueden pagar precios desorbitados.

La situación de Etiopía es un espejo de lo que ocurre en decenas de países del mundo: Filipinas declaró el estado de emergencia energética, Eslovenia raciona combustible y Pakistán ha reducido sus importaciones de gas a una sexta parte de su capacidad. Pero en Etiopía, la crisis se suma a una situación de partida ya frágil, con millones de personas dependientes de la ayuda alimentaria antes incluso de que comenzara la guerra contra Irán. El fantasma de la hambruna vuelve a acechar el Cuerno de África. La población etíope, que no tiene ningún papel en la guerra de EE.UU. e Israel en Irán, se ha convertido en una de sus primeras víctimas colaterales.

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