El 5 de abril de 1976, 16 militantes de ETA político-militar, cinco de ETA militar, y otros cinco militantes catalanes del FRAP, FAC, MIL y PCE, después de cavar un pasadizo hasta el colector del alcantarillado de la cárcel de Segovia, lograron escapar en plena tarde ante de las narices de los carceleros. La fuga, que supuso el segundo intento tras otro frustrado por la infiltración de Mikel Lejarza El Lobo en ETA-pm, afectó a la credibilidad del sistema penitenciario franquista con un golpe de mano propagandístico.

A las 14:15 horas de aquel 5 de abril de 1976, los 29 presos políticos seleccionados en base a criterios de duración de penas –1.500 años entre todos– se dirigieron a los urinarios del patio izquierdo del penal, retiraron la taza de un retrete y se introdujeron en un túnel que habían cavado durante seis meses. Para poder desplazarse por el angosto pasadizo que desembocaba en el colector de aguas fecales, los reclusos se desnudaron y avanzaron en fila india, tapándose la nariz con pañuelos para soportar el hedor. Tras recorrer unos 500 metros por la alcantarilla, salieron al exterior por la boca del colector, situada junto al puente de Valdevilla, en las traseras de la Central Lechera Segoviana, donde les esperaba un comando exterior con un camión.

La fuga se produjo a plena luz del día gracias a una estrategia disciplinada ejecutada meticulosamente durante meses, orientada a adaptar a los funcionarios al modo de vida de los presos: después de la comida, prácticamente todos los internos iban a sus celdas. Así lograron acostumbrarlos a que los pasillos y el patio estuvieran prácticamente vacíos durante horas. Esto les daba un margen para huir hasta el recuento de la merienda. La planificación y las tareas habían sido rudimentarias pero ingeniosas: los reclusos habían disimulado la perforación con una tapa recubierta de azulejos adherida a un bastidor de madera y la tierra extraída del túnel había sido ocultada entre restos de comida. Toda la labor fue posible gracias a la destreza técnica de los presos políticos, entre los cuáles había ingenieros y obreros manuales curtidos en varios oficios.

Sin embargo, la huida no tendría un final feliz para la mayoría. Tras viajar ocultos en el doble fondo del camión hasta la localidad navarra de Auritz, muy cerca de la frontera con Ipar Euskal Herria, un malentendido con la contraseña hizo que el mugalari (guía) que debía conducirles a través del Pirineo no se presentara a la hora acordada. Decididos a seguir por su cuenta porque alguno de los huídos había realizado labores de mugalari en su militancia en el exterior, se internaron en el bosque en plena noche, donde calculaban un trayecto de 20 minutos a pie hasta cruzar la muga. Sin embargo, la noche dificultó la orientación y al ser un grupo grande fueron detectados casualmente por una patrulla de la Guardia Civil, que los confundió con contrabandistas. Sin embargo, los militantes iban armados y trataron de abrirse paso a tiros con los agentes. En el tiroteo murió Oriol Solé Sugranyes, de 28 años, el único de filiación anarquista; 21 de los fugados fueron capturados en el monte y tres más fueron detenidos en los días posteriores. Solo cuatro miembros de ETA –Carles García Solé, Mikel Laskurain, Koldo Aizpurua y Jesús María Muñoa– lograron llegar a Ipar Euskal Herria, donde fueron confinados por el gobierno francés en la isla de Yeu .

La fuga tuvo una enorme repercusión internacional –el diario Le Monde la publicó en portada con el título La Grande Évasion y se convirtió en un símbolo de la resistencia antifranquista. En 1981, el cineasta Imanol Uribe rodó la película homónima La fuga de Segovia con la colaboración de Ángel Amigo Quincoces, uno de los presos fugados, quien escribió el libro Operación Poncho en el que se basó el texto de la cinta. Diversas investigaciones periodísticas posteriores confirmaron que la película fue rodada con financiación obtenida del rescate de un secuestro efectuado por ETA-pm, proximadamente 63 millones de pesetas (de un rescate total de 325 millones) que fueron obtenidos con la captura del empresario Luis Suñer en 1981.

La fuga de la cárcel de Segovia, más allá de su espectacularidad y su renombre, evidenció la descomposición del régimen franquista y la fortaleza organizativa antifranquista tan solo cinco meses después de la muerte del dictador. El episodio se convirtió en una pieza clave en la construcción de la memoria y la épica militante de la lucha antifranquista, construida con solidaridad de clase entre miembros de organizaciones muy dispares.

A 50 años del suceso, la cárcel de Segovia ya no existe como centro penitenciario, y el colector por el que escaparon los presos permanece tapiado, pero la imagen de aquellos 29 presos políticos saliendo del túnel de aguas fecales sigue siendo una de las más poderosas de la Transición, que demuestra que la organización de la clase trabajadora es capaz de burlar la represión de los más feroces estados fascistas.