La competencia entre Estados Unidos y China por la exploración de la Luna ha entrado en una fase decisiva. Ambas potencias persiguen establecer bases permanentes en el polo sur lunar, donde cráteres en sombra contienen depósitos estimados en miles de millones de toneladas de hielo y cantidades significativas de helio-3, un isótopo raro en la Tierra pero abundante en el regolito lunar debido al viento solar. Este material se considera potencialmente valioso para la fusión nuclear limpia y aplicaciones energéticas futuras. Por su parte, el hielo se puede procesar para obtener agua potable, oxígeno respirable e hidrógeno y oxígeno como combustible de cohetes. Ambas potencias pretenden llegar primero para reclamar los emplazamientos más valiosos, establecer estándares técnicos y utilizar la Luna como trampolín hacia Marte.

El programa Artemis de la NASA, lanzado en 2017, ha consumido hasta ahora 93.000 millones de dólares entre 2012 y 2025, según informes de la Oficina del Inspector General de la agencia. Algunas estimaciones actualizadas elevan la cifra total por encima de los 100.000 millones de dólares para 2026. Cada uno de los primeros cuatro lanzamientos con el cohete Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS) y la cápsula Orión cuesta alrededor de 4.100 millones de dólares. El presupuesto anual de la NASA en 2025 rondaba los 25.000 millones de dólares, muy por debajo de los 43.000 millones ajustados por inflación del programa Apolo en su momento álgido.

China, por su parte, opera su programa lunar tripulado bajo la Administración Espacial Nacional China (CNSA) y la Agencia Espacial Tripulada China (CMSA), con un presupuesto general del sector espacial estimado entre 15.000 y 20.000 millones de dólares anuales. Aunque no desglosa públicamente el coste exacto del segmento tripulado lunar, el enfoque estatal integrado permite una ejecución predecible sin los sobrecostes visibles que afectan a los contratos privados estadounidenses.

China cumple con los plazos previstos

El programa Chang’e de China ha cumplido sistemáticamente sus hitos. La misión Chang’e-6 regresó en 2024 con las primeras muestras del lado oculto de la Luna. Chang’e-7, prevista para finales de 2026, incluirá un orbitador, un módulo de aterrizaje, un rover y un módulo volador para cartografiar el polo sur, prospectar el hielo de agua lunar y probar tecnologías de navegación autónoma. Chang’e-8, programada para 2028, verificará tecnologías para utilzar recursos in situ, como la extracción de hielo y la impresión 3D con regolito lunar. 

Wu Weiren, diseñador jefe del programa lunar chino, ha confirmado que el primer alunizaje tripulado con el módulo Lanyue y el cohete Larga Marcha-10 se producirá "antes de 2030", un objetivo que el programa ha mantenido, hasta el momento, sin retrasos. Tras este hito, China construirá el modelo básico de la Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS) para 2035 en colaboración con Rusia y otros socios, con instalaciones científicas, extracción de recursos a escala y una estación orbital lunar prevista para 2045.

Otro aspecto diferenciador es la autonomía tecnológica. Pekín prioriza el desarrollo nacional completo de todos los sistemas, desde el lanzador hasta las tecnologías de extracción de recursos, lo que reduce los posibles riesgos externos.

Artemis: financiación privada, retrasos y sobrecostes

En contraste, el programa Artemis ha acumulado retrasos significativos. La misión Artemis III, inicialmente prevista como el primer alunizaje tripulado, se ha reprogramado para una prueba en órbita baja terrestre en 2027, sin alunizaje. El primer aterrizaje tripulado se ha retrasado a Artemis IV a principios de 2028, ocho años por detrás de los objetivos iniciales de 2024.

La financiación privada es un elemento central de la misión estadounidense. SpaceX desarrolla el Starship Human Landing System con un contrato inicial de 2.900 millones de dólares, pero acumula al menos dos años de retraso según auditorías del Inspector General. Blue Origin, por su lado, está  construyendo el Blue Moon Mark 2 con hasta 3.400 millones de dólares asignados por la NASA. La agencia seleccionará el módulo que esté listo primero, lo que la hace dependiente de empresas que no controla directamente y compiten entre sí, dificultando así la cooperación para lograr el objetivo final. Este modelo ha permitido innovaciones, como el reabastecimiento en órbita de Starship, pero ha generado múltiples sobrecostes y atrasos en los plazos.