El 20 de abril de 1936, la sociedad palestina inició una huelga general que se prolongaría durante seis meses, transformándose en una gran insurrección armada de tres años (1936-1939) contra la administración colonial del Mandato Británico. Este levantamiento, conocido como la Gran Revolución Palestina, tuvo como objetivos la detención inmediata de la colonización masiva de sionistas europeos, la prohibición de la transferencia de tierras a organizaciones extranjeras y la formación de un gobierno nacional independiente. El conflicto estalló tras décadas de desposesión violenta y agravios, donde el Imperio Británico ejecutó la privatización de proyectos estratégicos y entregó recursos, tierras comunales y empleos a la población colona en detrimento de los campesinos y trabajadores nativos.

El antecedente directo de la revuelta se sitúa en la movilización de grupos clandestinos como al-Kaf al-Aswad (La Mano Negra) y la figura del líder palestino Shaykh Izzeddin al-Qassam, quien ya en 1930 defendía que la lucha armada era la única vía para derrotar a la alianza anglosionista. Al-Qassam, caído en combate en un enfrentamiento contra las fuerzas británicas en 1935, sirvió de catalizador para la revuelta e inspiró a las siguientes generaciones de resistentes, dando el nombre al brazo armado de Hamas, actualmente la mayor fuerza de la resistencia palestina.

Al-Qassam, como clérigo y predicador, se dedicó a organizar y agitar a las masas campesinas y obreras palestinas que migraban a ciudades como Haifa tras ser expulsados de sus tierras. Según los registros históricos recabados por The Palestinian Museum, esta resistencia no fue solo masculina: en 1929 ya se había celebrado un Congreso de Mujeres con 300 delegadas que exigieron la derogación de la Declaración Balfour y el fin de las leyes de castigo colectivo impuestas por el Alto Comisionado, lo que demuestra que la sociedad palestina ya contaba con sus propios mecanismos de participación política femenina.

Shaykh Izzeddin al-Qassam, líder de la resistencia palestina muerto en 1932. A la izquierda, las Brigadas al-Qassam de Hamas que llevan su nombre en su honor.

La respuesta del Imperio Británico ante la insurgencia palestina fue una represión despiadada que incluyó ejecuciones sumarias, demoliciones masivas de viviendas y el uso de la aviación contra núcleos de población civil. Entre los hitos de esta resistencia de los primeros muyahidines palestinos destaca el Levantamiento de Buraq en 1929, que terminó con la condena a muerte de jóvenes como Muhammad Jamjoum, Fouad Hijazi y Atta al-Zeer, convertidos desde entonces en símbolos de la resistencia nacional palestina. El aparato jurídico colonial facilitó el saqueo de recursos hacia la industria europea, mientras que las instituciones británicas mantenían una política activa de vigilancia y encarcelamiento de cualquier estructura política nativa que cuestionara el orden de ocupación y despojo.

Esta revolución marcó a fuego el inicio de la formación de una conciencia nacional palestina basada en la resistencia contra los colonizadores. Durante los años previos a 1936, se multiplicaron las instituciones de base, grupos de scouts y asociaciones de mujeres en ciudades como Jaffa y Ramallah, que servían como base de operaciones para organizar el boicot a los productos sionistas y la distribución de ayuda entre las familias de los represaliados. A pesar de la superioridad militar británica y la alianza estratégica de Londres con las milicias sionistas, la revolución de 1936 forzó al Imperio a publicar el Libro Blanco de 1939, aunque las promesas de limitar la ocupación de los colonas nunca se cumplieron de manera efectiva.

A 90 años de aquellos hechos, el hilo rojo de la historia conecta la Gran Revolución Palestina con las masacres en Gaza, la colonización de Cisjordania y la ofensiva contra el Líbano. La persistencia del Estado genocida de Israel descansa sobre las estructuras de dominación colonial que se establecieron tras aplastar esta primera revolución del pueblo palestino durante el Mandato. El uso de la tecnología militar moderna para el control demográfico, la liquidación física de los resistentes y el robo de tierras siguen siendo los mecanismos empleados para mantener el régimen de ocupación. Pero si algo significa el mero hecho de que las sigan empleando después de estas nueve sangrientas décadas, es que entre el Río Jordán y el Mar Mediterráneo sigue habiendo un pueblo rebelde que nunca se rendirá, y que en esa lucha seguirá brindando lecciones antológicas a la humanidad.