En un movimiento que acelera la militarización de Asia-Pacífico, los gobiernos de Japón y Australia formalizaron el pasado sábado un contrato de 7.000 millones de dólares para el suministro de fragatas de clase Mogami a la marina australiana. El acuerdo, firmado en Tokio por el ministro de Defensa japonés, Shinjiro Koizumi, y su homólogo australiano, Richard Marles, supone la mayor venta de material bélico de Japón desde que levantara la prohibición de exportar armas en 2014. Según el memorando, Mitsubishi Heavy Industries fabricará las tres primeras unidades en astilleros japoneses, mientras que las ocho restantes se fabricarán en Australia Occidental, integrando de forma estructural las industrias armamentísticas de ambos países.

La operación responde a la nueva Estrategia de Defensa Nacional de Australia, que prevé un aumento del gasto militar de 38.100 millones de dólares en la próxima década hasta alcanzar el 3% de su PIB. El ministro Marles ha calificado el acuerdo como un "paso decisivo para dotar a Australia de una flota de superficie más letal". Sin embargo, la maniobra no ha pasado inadvertida en Pekín, donde el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Guo Jiakun, ha instado a Japón a "aprender de las lecciones de la historia" y a frenar el resurgimiento del militarismo, señalando que la creciente expansión de los lazos militares de Tokio busca "subvertir el orden de paz regional".

Un paso hacia la integración militar

Expertos en geopolítica consultados por el China Daily advierten que esta relación ha dejado de ser "neutral" para convertirse en una "cuasi-alianza" institucionalizada. Chen Hong, director del Centro de Estudios Australianos de la Universidad Normal del Este de China, señala que la compra de las fragatas Mogami no es una simple transacción comercial, sino un paso crítico hacia la integración de los sistemas militares de ambos Estados. Según Chen, esta alianza de facto permitiría a ambos países avanzar en sus objetivos estratégicos evitando los costes políticos formales de un pacto, pero a costa de la "erosión de la autonomía estratégica de Australia" en favor de los intereses de las potencias de un bloque bajo fuerte influencia de EEUU.

Espiral de militarización

La maniobra responde a la estrategia de Washington de fomentar "pequeños bloques" —como el AUKUS o este eje Tokio-Canberra— para reforzar su hegemonía en el Pacífico. Liu Shuliang, investigador de la Academia de Ciencias Sociales de Tianjin, denuncia que este marco, "anclado en la mentalidad de la Guerra Fría", debilita "el papel central del multilateralismo" y alimenta una carrera armamentística que agrava los focos de tensión. Al alinearse con las prioridades estratégicas de Washington, Japón y Australia profundizan en el llamado "dilema de seguridad", donde el aumento de sus capacidades militares genera una inestabilidad reactiva en el resto de la región; en este caso, en China.

Este pacto se produce en un clima de fuerte contestación social en Japón, donde se han sucedido manifestaciones masivas contra los intentos del gobierno de Shinjiro Koizumi de reformar la constitución pacifista. La venta de las fragatas, cuya primera unidad llegará a Australia para 2029, confirma la voluntad de las élites políticas y económicas de ambos países de consolidar un corredor militar en el Océano Pacífico que, bajo el pretexto de "la seguridad en la cadena de suministro", impulsa cierta hostilidad y confrontación de bloques sobre, sorteando los llamados "mecanismos de seguridad colectiva" en la zona.