Congelada y al rojo vivo
Las “midterms”, o elecciones legislativas de mitad de mandato, constituyen una suerte de juicio al desempeño del presidente nortamericano durante los dos años que siguen a su elección. Desde estas coordenadas, el veredicto contra Trump ha sido demoledor.
Las “midterms”, o elecciones legislativas de mitad de mandato, constituyen una suerte de juicio al desempeño del presidente nortamericano durante los dos años que siguen a su elección. Desde estas coordenadas, el veredicto contra Trump ha sido demoledor: un auténtico tsunami azul ha recorrido EEUU, entregando a los Demócratas una sólida mayoría en ambas cámaras e incluso victorias históricas en estados como Texas, Carolina del Sur o Kansas.
El empeoramiento de las condiciones de vida de la mayoría social, espoleada por el espectacular alza en los precios del combustible, y la perpetuación de la agresión imperialista contra Irán han sido la piedra de toque de este juicio político contra Trump —quien, siempre farsante, llegó al poder prometiendo acabar con la inflación y poner “fin a las guerras”— y su partido, conduciéndoles a una de esas derrotas electorales que resulta indistinguible de una masacre y reflejando el creciente rechazo popular hacia una presidencia donde el autoritarismo rampante se ha entrelazado con el fervor colonialista, la corrupción descarada y la ferocidad general contra los trabajadores. El trumpismo es desde hoy un animal herido, con el boquete del costado que comenzó a abrir la resistencia iraní y la creciente oposición popular a sus políticas sangrando ya a borbotones. Su capacidad para imponer su agenda particular queda, por lo pronto, limitada.
Pues lo cierto es que el “escollo iraní” refrenó el avance de un Trump hasta entonces desbocado, y ha acabado lanzando, valga la ironía, gasolina sobre el fuego de una economía tendente al estancamiento, devorando los magros ingresos de la clase trabajadora estadounidense. Este golpe brutal, íntimamente ligado a la alianza con un Netanyahu cada vez más detestado, ha sido el punto de apoyo que ha permitido aglutinar el rechazo al resto de sus políticas para hasta consumar la inapelable derrota de ayer. Aún es más: ha sido la debacle iraní, con la correspondiente pérdida de popularidad, la que ha privado a Trump de cualquier opción de no reconocer los resultados de las elecciones o trampearlas por medio de maniobras durante estos meses.
El tsunami azul, en definitiva, ha pasado por encima de las maniobras de Trump, arrojando a EEUU a un nuevo escenario de choques permanentes entre el ejecutivo y el legislativo. Así, el futuro de EEUU ofrecerá una combinación paradójica de parálisis e incendios políticos. Primero, la parálisis: los republicanos, perdida su mayoría, no podrán aprobar leyes de gran calado; los demócratas tampoco, pues el Presidente Trump tiene la capacidad de vetarlas. Segundo, el incendio: Trump responderá al nuevo contexto reforzando su tendencia a gobernar mediante una oleada de órdenes ejecutivas; los demócratas responderán con un aluvión de citaciones judiciales a los cargos de la Administración y la casi inevitable apertura de un nuevo impeachment contra Trump. Ambas dinámicas se retroalimentan, pues los demócratas seguirán batallando en los tribunales cada una de las órdenes ejecutivas de Trump y los suyos, que contraatacarán a su vez con nuevas medidas (ya hemos asistido a una dinámica similar en relación a la política arancelaria) y la posibilidad de nuevos giros incendiarios en una política exterior sobre la que el Ejecutivo posee amplio control con independencia de la composición de las cámaras. El escenario resultante no hará más que agravar la crisis constitucional larvada durante largas décadas, mostrando las costuras del sistema oligárquico de “contrapesos” (checks and balances) diseñado por los padres de la Constitución norteamericana.
Es este tipo de cuadro general donde los comunistas deberíamos centrar nuestra atención. Más allá de dar cuenta de dónde y por qué se han impuesto demócratas o republicanos, lo fundamental en cada caso es captar las dinámicas generales de la política capitalista; esto es, de la interacción entre el orden político general, las fuerzas que lo custodian y el estado de salud del sistema económico sobre el que se sostiene todo lo anterior.
En el caso norteamericano, asistimos a un proceso de declive económico —que es también un declive imperial— que acaba empujando a la crisis de la forma específica que la dictadura capitalista toma en el país, estructurada en torno a la Constitución escrita más antigua del planeta. Sus autores diseñaron esta última en clave explícitamente oligárquico-republicana, buscando blindar el poder de la minoría de grandes propietarios a la vez que se trataba de evitar que ningún sector de esta clase se impusiera tiránicamente sobre los demás. Esta es la función de los famosos “contrapesos”, incluido el diseño de instituciones como el Senado, donde los pequeños estados rurales, conservadores casi por naturaleza, quedan obscenamente sobrerrepresentados (los 588.000 habitantes de Wyoming eligen el mismo número de senadores que los 60 millones de californianos). Como parte del mismo proyecto, el poder judicial, y en especial el poderoso Tribunal Supremo, funciona como la auténtica clave de bóveda del sistema, revisando de forma permanente cualquier legislación y operando como garante del equilibrio de poder entre las diferentes fracciones de la oligarquía. A su vez, la tendencia al bloqueo generada por el sistema de contrapesos ha ido empoderando progresivamente al Ejecutivo, ofreciendo al Presidente el amplio margen de arbitrariedad que hoy Trump utiliza con deleite. Lo que queda para la mayoría trabajadora, por su parte, es soportar el dominio político que la burguesía ejerce por medio del tinglado anterior, gestionado por un duopolio político generosamente regado con millones y aderezado con algunas de las ventajas que confiere su posición de hegemón mundial.
Ya a finales de los 90, el analista Daniel Lazare describía a EEUU como una “república congelada”. Si los contrapesos generan una tendencia hacia la parálisis permanente (por medio de todo tipo de vetos cruzados), esta se ve reforzada por el creciente conflicto entre sectores de la oligarquía por apropiarse de un pastel económico menguante, mientras cualquier concesión a la mayoría trabajadora —como la extensión del sistema público de salud— acaba naufragando en el Congreso (a modo de dato: senadores que representaran solamente al 11% de la población del país podrían bloquear legislación apoyada por el 89% restante) o viéndose reducida a su mínima expresión.
Todo lo anterior, enmarcado dentro de la dinámica de declive imperialista —tras casi un siglo en el cual EEUU ha ejercido su hegemonía con puño de hierro—, ha contribuido a generar tanto la radicalización de sectores de la oligarquía, cada vez más dispuestos a buscar en una “Presidencia Imperial” la solución al bloqueo permanente, como un creciente descontento popular que el empeoramiento de la situación económica no deja de avivar. Así, la “República congelada” es al mismo tiempo una república al rojo vivo, cada vez más desgarrada por el conflicto entre las élites y la desafección de las masas. El “fenómeno Trump” responde a estas dos tendencias de fondo, apuntando a una salida por la derecha a la crisis constitucional que atraviesa el imperio norteamericano.
La posición estructural del Partido Demócrata, por su parte, consiste en defender “frente a Trump” el mismo sistema que ha generado a Trump, en una espiral que apuntala la dinámica regresiva de fondo. Dentro del común acuerdo en la defensa del dominio imperial americano, cada nueva presidencia republicana se ubica a la derecha de la anterior, generando las bases sobre las que se asienta la siguiente presidencia demócrata (como el fuerte nacionalismo económico impulsado por el primer Trump y continuado por Biden, o la maquinaria antimigratoria generada por Bush y preservada por Obama), la cual decepciona a su electorado —a quien tiene que seducir con promesas progresistas— y abre la puerta a la siguiente victoria republicana. La cuestión no es si demócratas y republicanos son “lo mismo”: ambos representan, desde su común naturaleza de partidos burgueses, diferentes coaliciones de clase, y constituyen por ello enemigos de índole distinta. Pero los demócratas, los representantes del capital más cercanos históricamente a los sindicatos y las minorías raciales, son otro partido oligárquico, imperialista y belicista, cuya función histórica ha sido atar estas tendencias progresistas a la lealtad general hacia el sistema. La cuestión de fondo, por ello, es que abrazar estratégicamente a los demócratas frente a los republicanos es comparable a apoyar el cáncer pero oponerse a la metástasis: ambas fuerzas son, al fin y al cabo, los distintos componentes de la política imperialista americana.
EEUU nos muestra una versión especialmente aguda de la dinámica que domina hoy la política occidental: la conversión de la crisis económica de fondo en una crisis política que va configurando, por medio del conflicto entre los diferentes representantes políticos del capital, una regresión gradual hacia formas políticas más belicistas y autoritarias, como respuesta capitalista a una era de lucha de clases recrudecida y competencia internacional descarnada. El colapso económico priva a cualquier partido o presidencia de mayorías mínimamente estables, en una espiral caótica donde la impotencia se entrecruza con una agresividad creciente mientras el tinglado general se desmorona a ojos vista.
El desafío que interpela a los socialistas es entender y exponer la unidad de las diferentes tendencias políticas burguesas en tanto que partes de esta dinámica, y pasar a ofrecer una alternativa integral a la dinámica misma y aquello que la genera. Esto requiere, en el caso yanki, construir una alternativa al orden constitucional surgido de 1787, así al aparato burocrático, policial y militar que le da sustento y la estructura de poder imperialista que ambos apuntalan.