En poco más de un siglo, el pentecostalismo recorrió la distancia que separa los menos de un millón de fieles que reunía en 1900 de los más de 663 millones que el Center for the Study of Global Christianity le atribuye en 2025. A esa corriente se suman otras familias evangélicas que, congregadas en octubre de 2025 bajo el paraguas de la World Evangelical Alliance, afirmaron hablar en nombre de más de 600 millones de personas repartidas por 161 países. La magnitud del incremento revela una fuerza real, pero lo interesante viene de la mano del análisis geográfico y socioeconómico de la composición de dicho crecimiento, que se acentúa justo allí donde la marginalidad y las condiciones de vida son peores.
Bajo el término evangelismo caben miles de denominaciones e iglesias independientes que comparten un puñado de convicciones, a saber, la Biblia como autoridad suprema, la conversión personal entendida como un “nuevo nacimiento”, la centralidad de la cruz de Cristo y el deber de difundir la fe. A ese tronco protestante se ha superpuesto, durante el último siglo, el énfasis pentecostal en la “acción directa del Espíritu Santo”, con sus dones de lenguas, sanidad y profecía, y con unos discursos que individualizan y llevan al campo de lo abstracto todo el peso de la miseria.
Qué es el evangelismo y de dónde viene
El linaje arranca en la Reforma protestante de 1517, cuando la ruptura con Roma consagró la idea de que el creyente accede a Dios sin más mediación que la Escritura. De aquel tronco brotó, en los grandes despertares religiosos del siglo XVIII y de la mano de predicadores como John Wesley y George Whitefield, el impulso propiamente evangélico, que el historiador David Bebbington resumió en cuatro rasgos: la conversión personal, el amor a la Biblia, la insistencia en la cruz y el activismo misionero. Ser evangélico, formalmente y en sentido amplio, se puede describir con ese estilo de fe antes que en asociación directa a la construcción de una sola institución.
El punto de inflexión llegó en 1906. En una misión modesta de la calle Azusa de Los Ángeles, delante de una congregación de personas marginadas y negras, bajo la dirección del predicador William J. Seymour (hijo de esclavos liberados) estalló un avivamiento cuya marca distintiva se vendía como el bautismo en el Espíritu Santo, expresado en el hablar en lenguas, la sanidad por la fe y la profecía. Junto con ello, el contexto del acontecimiento es lo que define en cierta manera la forma en la que el evangelismo, y en concreto el pentecostalismo y sus derivados, han conseguido expandirse de manera tan acelerada, ya que es precisamente ese público –el más desfavorecido, el que queda aislado de la sociedad– el sujeto “preferido” del movimiento para captar en sus filas y seguir expandiéndose.
Los especialistas suelen ordenar esa expansión en tres olas sucesivas, una clasificación acuñada por el teólogo C. Peter Wagner que puede tomarse como mapa aproximado. La primera ola es el pentecostalismo clásico nacido en 1906, organizado en denominaciones como las Asambleas de Dios, hoy la mayor del mundo con más de 85 millones de fieles repartidos por casi ciento cincuenta países. La segunda es el movimiento carismático que, desde 1960, introdujo la práctica pentecostal en las iglesias históricas, incluida la Renovación Carismática Católica surgida en 1967, que reúne al grueso de los carismáticos del mundo dentro de iglesias tradicionales. La tercera, el neopentecostalismo o movimiento neocarismático, despegó hacia 1980 con el énfasis en “señales y prodigios” y agrupa un conjunto de “megaiglesias” independientes y redes de “apóstoles y profetas”, entre ellas la llamada Nueva Reforma Apostólica. Es la más reciente y, a la vez, la que más deprisa crece.
Situar cada rama exige bajar a las cifras. El cristianismo reúne hoy unos 2.645 millones de personas. De ellas, los católicos son alrededor de 1.273 millones, los protestantes unos 629 millones y los llamados independientes otros 409 millones, en su mayoría pentecostales que no se reconocen en la etiqueta protestante, mientras que los ortodoxos rondan los 292 millones. Sobre esos grandes troncos se superponen dos categorías transversales que no deben sumarse a las anteriores ni entre sí, los evangélicos, unos 420 millones, y los pentecostales y carismáticos, alrededor de 663 millones que las proyecciones empujan por encima de los mil millones en 2050. El conjunto se fragmenta, además, en unas cincuenta mil denominaciones y cerca de cuatro millones y medio de congregaciones.

Bajo esa diversidad religiosa late un mismo motor de supuestos teológicos compartidos. El creyente da por sentada una relación directa y sin intermediarios con la divinidad, lee la Biblia de forma literal, vive la conversión como una ruptura personal, espera que la fe produzca efectos visibles –la curación, la prosperidad, una vida transformada– y se siente obligado a propagarla. A esos supuestos se añade una condición social muy concreta, la de que el movimiento prende con más fuerza allí donde el salario, tanto de manera directa (en forma de sueldos) como indirecta (por medio de ayudas y servicios) es menor, ofreciendo una comunidad y un consuelo moral que la propia sociedad no ha sido capaz de aportar.
De esta manera, se forman comunidades enteras cuya única esperanza para mejorar sus condiciones de vida se basa en términos completamente abstractos e inmateriales, y que expanden una visión individualizada de afrontar los problemas, principalmente mediante el culto y los actos de fe en general. Todo ello, sin que entre en ningún momento en conflicto con la propia formacion de dichas comunidades o redes de apoyo para “ayudar al prójimo”, ya que se hace en pos de la expansión ideológico-religiosa y de la realización individual de cara a cumplir con los presupuestos morales que prometen un “retorno de prosperidad”.
El mapa del crecimiento
El primer rasgo que ordena el fenómeno es geográfico. En 2025, el 69 % de los cristianos del planeta reside en el Sur global, una proporción que en 1900 apenas alcanzaba el 17,6 % y que las proyecciones del CSGC empujan hasta el 78 % en 2050. África rebasó a América Latina como el continente con más cristianos en 2018 y absorbe ya cerca del 70 % de todo el crecimiento cristiano mundial. El evangelismo, sin embargo, no avanza de manera uniforme, sino que se acelera –en torno al 1,3 o el 1,5 % anual, frente al 1 % que registra el cristianismo en su conjunto– precisamente en las regiones donde la desigualdad y la urbanización corren más deprisa.
América Latina ofrece la radiografía más nítida de ese trasvase. Durante casi todo el siglo XX, desde 1900 hasta los años sesenta, al menos nueve de cada diez latinoamericanos se declaraban católicos. Para 2014, según el estudio de referencia del Pew Research Center, la identificación católica había caído al 69 % de los adultos, mientras los protestantes trepaban hasta el 19 % y los no afiliados alcanzaban el 8 %. El movimiento de fondo es un “mercado” religioso en el que la gente cambia de adscripción y diferentes instituciones o estados favorecen a unos y a otros en función de sus intereses, ya que quienes fueron criados como católicos pasaron del 84 % al 69 % y quienes fueron criados como protestantes treparon del 9 % al 19 %. En países como Nicaragua, uno de cada cuatro habitantes es hoy un excatólico, una proporción que ronda el 20 % en Brasil y el 14 % en Venezuela.
Dentro de esas regiones, el crecimiento también se sostiene sobre los sectores más expuestos. En Brasil, donde los evangélicos representan hoy el 26,9 % de la población, el 55,4 % de ellos son mujeres, su composición es menos blanca que la media nacional y su empuje resulta más intenso en la periferia amazónica en expansión, hasta el punto de que en los estados de Acre y Rondônia ya superan a los católicos. La conversión, además, viene marcada por el desplazamiento, pues en Brasil, la República Dominicana o Nicaragua los conversos han cambiado de lugar de residencia con mucha más frecuencia que los católicos, y la mayoría abandona el catolicismo antes de cumplir los veinticinco años. Los estudios que sentaron las bases de este campo, los de David Martin y Andrew Chesnut, anudan la conversión a la urbanización, al desarraigo que impone la pobreza y al imán que ejercen unas comunidades de ayuda.
La economía interna del movimiento
Si el crecimiento se nutre de los de abajo, los recursos se concentran arriba. El caso mejor documentado es el de Edir Macedo, que fundó en 1977 la Igreja Universal do Reino de Deus y controla un imperio mediático en el que destaca la cadena RecordTV. Forbes lo incorporó por primera vez a su lista de multimillonarios entre 2013 y 2015, con 1.100 millones de dólares, y las estimaciones de 2025 que recogen MinistryWatch y Fox Business sitúan su fortuna en torno a los 1.900 millones, una cifra que lo coloca cerca del puesto 1.950 entre los mayores patrimonios del mundo. La misma iglesia inauguró en 2014, en São Paulo, una réplica del Templo de Salomón cuyo coste se calculó en 300 millones de dólares y que se alza al doble de altura que el Cristo Redentor.
La fortuna de Macedo es el vértice más visible, pero la pregunta de fondo es si la extracción de recursos de los más pobres en forma de estafa piramidal constituye un rasgo de raíz o una suma de casos aislados. En el centro de la cuestión está el diezmo, la entrega del diez por ciento de los ingresos presentada a menudo como una “obligación bíblica innegociable”, a la que se añade la siembra de fe, esto es, la idea de que la donación se devuelve multiplicada, en ocasiones prometida como un “ciento por uno”. La confesión positiva, que enseña a declarar en voz alta la riqueza y la salud para hacerlas venir, completa un dispositivo cuyo armazón teológico, formulado por figuras como Kenneth Hagin y Kenneth Copeland, describe “un contrato entre el fiel y Dios” por el cual la fe y el dinero se canjean por la promesa del bienestar material.
Esa teología de la prosperidad goza de una aceptación abrumadora, ya que el 65 % de los pentecostales del mundo afirma que Dios “concederá riqueza y salud a quien tenga fe suficiente”. El giro doctrinal es notable, pues invierte la vieja tradición cristiana que veía en la pobreza y el sufrimiento una forma de “nobleza espiritual” y los convierte ahora en una anomalía, casi en una maldición, que el creyente debe vencer aportando de manera individual. El resultado no es el monto de cada ofrenda, sino la dirección del flujo, ya que multitud de aportaciones menudas de fieles de renta baja convergen en patrimonios y medios de comunicación reunidos en muy pocas manos, a menudo al amparo de exenciones fiscales. En 2007, una investigación del Senado de Estados Unidos impulsada por el senador Chuck Grassley examinó las finanzas de seis de estos ministerios, y organizaciones de raíz cristiana como el Movimiento de Lausana han descrito el modelo, sin rodeos, como una forma de extracción de recursos de los más necesitados.
El engranaje encaja, además, con una transformación económica más amplia. A medida que el neoliberalismo impuso desregulaciones económicas durante las últimas décadas del siglo XX, con privatizaciones y recortes, el pentecostalismo ocupó el vacío asistencial y se ofreció como una red de protección privada allí donde la pública no existía. Diversos economistas han descrito la teología de la prosperidad como un mecanismo de reproducción del propio neoliberalismo, ya que inocula un optimismo de mercado sin el cual el apoyo masivo a un sistema profundamente desigual difícilmente se sostendría, mientras anula cualquier posibilidad de organización en claves revolucionarias y emancipadoras. El terreno natural de esa fe es la economía informal, que en el África subsahariana supone el 72 % del empleo no agrícola, el 71 % en Asia, el 51 % en América Latina y el 47 % en Oriente Medio y el norte de África.

En ese mundo de trabajo precario y sin contrato, la iglesia funciona como una incubadora de emprendedores. Frente al protestantismo clásico, pensado para el obrero industrial disciplinado, el pentecostalismo premia la independencia, la iniciativa y la automotivación, las cualidades que exige sobrevivir en un mercado sin red. La creencia en la meritocracia es, por ello, casi unánime entre sus fieles, y alcanza al 89 % de los protestantes en Perú, al 83 % en Puerto Rico o al 77 % en Honduras cuando se les pregunta si el esfuerzo basta para triunfar. La doctrina, que en sus orígenes era una prosperidad dura centrada en la confesión y el diezmo, ha derivado hacia una prosperidad blanda, una ética del trabajo que santifica la adquisición de habilidades y la acumulación de capital humano y consagra, en suma, al trabajador bajo el capitalismo, especialmente en sus formas más desreguladas.

Pentecostalismo y neopentecostalismo
Conviene distinguir las dos grandes corrientes que el lenguaje corriente confunde. El pentecostalismo clásico, nacido en 1906 y encarnado en denominaciones como las Asambleas de Dios o las Assembleias de Deus brasileñas, gira en torno al bautismo del Espíritu, el don de lenguas, la sanidad y una ética de sobriedad, y arraigó sobre todo entre las clases populares. El neopentecostalismo, surgido medio siglo después, conserva esos dones pero los reorienta hacia la prosperidad material, la estética empresarial, las megaiglesias y los grandes medios, adaptando el movimiento a las formas más agresivas del neoliberalismo.
El primero es la guerra espiritual, una visión del mundo como “campo de batalla entre Dios y los demonios” en la que la pobreza, la enfermedad, la adicción e incluso el adversario político se interpretan como fortalezas demoníacas que hay que combatir y atar. El segundo es la teología del dominio, que ordena a los creyentes ocupar las llamadas siete montañas de la sociedad –el gobierno, los medios, la educación, la familia, la religión, la economía y la cultura– en lugar de retirarse del mundo. Donde el pentecostalismo antiguo invitaba a apartarse de lo terrenal, el neopentecostalismo predica abiertamente la conquista del poder, y en esa mutación reside buena parte de su empuje político.
Esas ideas adoptan formas distintas en cada lugar. En Brasil cristalizan en la Universal de Macedo, en las Assembleias de Deus, en la cadena RecordTV y en un Templo de Salomón erizado de menorás. En Estados Unidos toman el rostro de los telepredicadores de la prosperidad y de las redes apostólicas que ganan peso en la política. En el África subsahariana o en Nigeria alimentan megaiglesias autóctonas de enorme tamaño. Y en Europa replican, con asombrosa fidelidad, el modelo latinoamericano. El Estado español es hoy uno de los escenarios más claros de esa influencia, con cerca de 1,5 millones de evangélicos y una red de lugares de culto que ha pasado de menos de mil en 2004 a 4.455 en 2024.

El epicentro es la Comunidad de Madrid, donde los más de 800 templos evangélicos —en torno al 70 % de todos los lugares de culto minoritarios— han superado ya a las 702 parroquias católicas de la capital. No son catedrales, sino bajos comerciales, antiguos talleres y naves de polígono en barrios obreros como Usera, Vallecas o Carabanchel, una geografía que calca la lógica de la economía informal y busca la proximidad con la población inmigrante y trabajadora que más necesita la red de apoyo. Y, como en América Latina, esa masa crítica ha atraído al poder político. La derecha madrileña, y en particular el gobierno de Isabel Díaz Ayuso, ha tejido alianzas rápidas con estas redes para capturar el llamado voto latino, según han documentado sociólogas como Mar Griera. El Partido Popular incorporó a su aparato a Gustavo Eustache, un inmigrante venezolano con un pasado laboral disperso que encarna al trabajador neoliberal móvil y que en 2023 llegó a diputado de la Asamblea de Madrid, y la pastora neopentecostal Yadira Maestre, presentada por cargos del partido como la unificadora de las iglesias evangélicas de la región, bendijo en un acto televisado dirigido a los hispanos al alcalde José Luis Martínez-Almeida, a la propia Ayuso y al líder estatal Alberto Núñez Feijóo.
De ese conjunto se desprenden los peligros políticos e ideológicos del fenómeno. El primero es la conversión de un electorado disciplinado y dócil a la consigna de sus pastores en un poder de veto reaccionario, movilizado contra el aborto, el matrimonio igualitario y lo que incluyen en lo que llaman “ideología de género”. El segundo es la despolitización de la clase obrera, ya que al traducir el malestar estructural a un lenguaje individualizante y espiritual se desactiva la protesta y se desdibuja a los responsables de la desigualdad y desplaza a quien intenta combatirla. El tercero es la afinidad autoritaria de la teología del dominio, pues una doctrina que sacraliza la toma del poder y trata al adversario como una fuerza demoníaca resulta, por construcción, hostil. A ello se suman la fusión con el etnonacionalismo, la teocracia milenarista y el militarismo que importa el “sionismo cristiano”, los ataques a otras religiones, el negacionismo científico y el daño a la salud pública.
El poder político
El peso demográfico se ha traducido en poder institucional medible. La bancada evangélica del Congreso brasileño, el Frente Parlamentario Evangélico activo desde 1986 y formalizado en 2003, ronda los 203 diputados y senadores, y si fuera un partido sería el tercero del país, por detrás solo del MDB y del Partido de los Trabajadores. Ese bloque actúa de la mano de los lobbies del agronegocio y de las armas, en la alianza conocida como BBB por las iniciales de boi, bala y bíblia —buey, bala y Biblia—, y se opone de forma sistemática al aborto, al matrimonio igualitario y a lo que denomina “ideología de género”.
Su capacidad para inlfuir en las elecciones está documentada. En 2018, Jair Bolsonaro obtuvo el voto evangélico en una proporción de 68 a 32, mientras el voto católico se repartía casi por igual entre él y Fernando Haddad, y los modelos aplicados a los datos de LAPOP calculan que cerca del 16 % del efecto total de votar a Bolsonaro se explica únicamente por la identidad evangélica y la asistencia al culto, de modo que sin ese bloque su victoria habría sido matemáticamente imposible. Bolsonaro, bautizado en el río Jordán en 2016 por un pastor de las Assembleias de Deus, había prometido un juez del Supremo terriblemente fundamentalista, y parte de ese liderazgo figuró entre los movilizados en el intento de ruptura institucional de comienzos de 2023.

El patrón se repite por toda la región. En Colombia, que cuenta con unas 6.000 iglesias evangélicas y cerca de diez millones de fieles, los pastores movilizaron desde el púlpito el voto contra el acuerdo con las FARC en el plebiscito de 2016, con el argumento de que los pactos escondían (de nuevo) “ideología de género”, y la victoria del No se atribuyó en buena medida a esa campaña. En Costa Rica, el predicador Fabricio Alvarado alcanzó la segunda vuelta presidencial en 2018; en Chile, dirigentes como José Antonio Kast integraron a pastores en el núcleo de sus campañas; y durante la crisis que derribó a Evo Morales en Bolivia en 2019, varios líderes entraron en el palacio presidencial blandiendo biblias. El voto evangélico no es monolítico, pues alberga algunos liderazgos “progresistas” y minorías de izquierda, pero su tendencia agregada y dominante es inequívocamente conservadora y reaccionaria.
El ejemplo más paradigmático se dio también en Latinoamérica. Guatemala dio a la región su primer jefe de Estado evangélico, el general Efraín Ríos Montt, en el poder entre 1982 y 1983 y condenado más tarde por genocidio contra la población maya en una guerra que dejó cerca de 200.000 muertos. Aquella expansión no fue en absoluto espontánea, ya que en mayo de 1980 el llamado Documento de Santa Fe, redactado por asesores de Ronald Reagan, recomendó combatir la teología de la liberación y promover en su lugar a las iglesias protestantes conservadoras llegadas de Estados Unidos, con el objetivo declarado de sustituir a unos católicos socialmente activos por una población que viera el cambio social en clave individual y espiritual.
Estados Unidos, el voto en bloque
En Estados Unidos, donde el movimiento está más y mejor estudiado, la alineación resulta estable y cuantificable. El voto evangélico blanco a los candidatos republicanos a la presidencia se ha sostenido alrededor del 80 % durante dos décadas, con un 79 % para Bush en 2004, un 73 % para McCain en 2008, un 79 % para Romney en 2012 y entre el 80 % y el 82 % para Donald Trump en 2016, 2020 y 2024. En los comicios de 2024, los sondeos a pie de urna de Edison Research otorgaron a Trump un 82 % frente al 17 %, con los evangélicos como el 27 % del electorado. El PRRI estima que los cristianos blancos suponen alrededor del 41 % del país, pero cerca del 70 % del Partido Republicano.
Esta arquitectura tiene su propia genealogía. La Mayoría Moral, fundada en junio de 1979 por Jerry Falwell y disuelta en 1989, y más tarde la Coalición Cristiana de Pat Robertson, organizaron a este electorado en torno al rechazo del aborto y de los derechos LGTB. El contraste interno también se deja contar, pues los protestantes negros votaron en torno al 90 % por la candidata demócrata en 2016 y un 83 % en 2024, mientras que el 63 % de los protestantes hispanos respaldó a Trump en 2024. La etiqueta evangélica también cobija, por tanto, realidades políticas opuestas, aunque su núcleo más numeroso y movilizado sea el del votante blanco conservador.

Conviene añadir, no obstante, que el bloque muestra un pequeño retroceso en el último año. Una encuesta del Pew Research Center de enero de 2026 reveló que la aprobación de Trump entre los evangélicos blancos había caído del 78 % registrado a comienzos de 2025 al 69 %, mientras que el respaldo a la totalidad o a la mayor parte de su programa retrocedía ocho puntos y la confianza en su conducta ética se desplomaba quince. Otros sondeos posteriores rebajaron esa aprobación hasta el 64 % en la primavera de 2026, en un clima de tensión económica y de descontento por la guerra con Irán. La cifra sigue muy por encima del 37 % que Trump cosecha entre el conjunto de los estadounidenses, de modo que la lealtad evangélica permanece firme como dato comparativo.
Política exterior
El movimiento proyecta también su influencia más allá de las fronteras nacionales. El sionismo cristiano, anclado en la teología dispensacionalista del siglo XIX según la cual “el regreso de los judíos a su tierra” y la fundación del Estado de Israel en 1948 anticipan “el fin de los tiempos”, eleva el apoyo político, financiero y militar a Israel de la diplomacia ordinaria a un mandato espiritual innegociable. Esa visión se institucionalizó en 1980 con la Embajada Cristiana Internacional de Jerusalén y se ha amplificado con organizaciones como Christians United for Israel, fundada en 2006 por el pastor y televangelista John Hagee, que afirma contar con más de 10 millones de miembros. Según la Jewish Virtual Library, la entidad rebasó el millón en marzo de 2012, los 5,1 millones en diciembre de 2018 y los 10 millones en 2023.
Gráfico 10 · El crecimiento declarado de Christians United for Israel
La organización presionó a favor del traslado de la embajada estadounidense a Jerusalén en 2018 y de la ayuda militar de urgencia tras la operación de la resistencia palestina en octubre de 2023, y su réplica latinoamericana ha alterado las posiciones de varios Estados, ya que Guatemala, bajo el evangélico Jimmy Morales, fue de los primeros en seguir a Washington trasladando su embajada, y Bolsonaro prometió hacer lo propio en Brasil por exigencia de su base carismática. El Templo de Salomón de São Paulo, con sus menorás gigantes y banderas israelíes en los actos de la derecha, condensa esa identidad de “nación judeo-cristiana” que importa a la política doméstica un marco etnonacionalista, fundamentalista y militarista. Lo que conviene retener es que una base de millones de fieles se ha transformado en respaldo organizado para una política exterior muy concreta: el apoyo incondicional a Israel. Pero ese apoyo no puede venderse simplemente desde la “simpatía hacia el pueblo judío”, sino de una creencia milenarista sobre el fin de los tiempos según la cual “el regreso de los judíos a Tierra Santa es el paso previo a la segunda venida de Cristo”, momento en el que –según esa doctrina– “los judíos deberán convertirse al cristianismo o perecer”. Es decir, ironicamente, los fieles defienden a Israel como instrumento de un relato religioso cuyo final no contempla la supervivencia ni de los judíos como tales ni de los palestinos.
Brasil como caso de estudio
El caso brasileño concentra casi todas las tendencias anteriores y permite seguirlas en serie histórica. Los evangélicos pasaron del 6,6 % de la población en 1980 al 9 % en 1991, al 15,4 % en 2000, al 21,6 % en 2010 y al 26,9 % en 2022, esto es, 47,4 millones de personas, según el censo del IBGE. En ese mismo lapso, los católicos se desplomaron desde cerca del 90 % en 1970 hasta el 56,7 % en 2022, equivalente a 100,2 millones de fieles. El IBGE ha contabilizado la apertura de unas 14.000 nuevas iglesias evangélicas cada año.
El crecimiento, con todo, pierde fuelle. La variación fue del 6,0 % en 2000, del 6,3 % en 2010 y del 5,2 % en 2022, de manera que la proyección sobre el momento en que los evangélicos superarán a los católicos se ha retrasado del año 2032 a alrededor de 2049, según los cálculos del demógrafo José Eustáquio Diniz Alves. La fotografía de conjunto muestra un trasvase religioso masivo y sostenido, pero a un ritmo que ya no se acelera.

Una mirada más reciente complica todavía más el relato. Un estudio constató en enero de 2026 que, en buena parte de América Latina, quienes abandonan el catolicismo no engrosan necesariamente las filas protestantes, sino que se declaran sin religión, hasta el punto de que los no afiliados ya superan a los protestantes en Argentina, Chile, Colombia y México. El protestantismo, lejos de barrer el continente, se ha mantenido relativamente estable durante la última década, con Brasil como gran excepción, pues allí los protestantes treparon hasta el 29 % en 2024. La ola evangélica, en suma, ni es uniforme ni avanza en línea recta.
El precio de la expansión
El avance del movimiento ha dejado huellas, aun cuando parte de la evidencia sea más cualitativa que numérica. En Brasil, varios templos de religiones afrobrasileñas han sufrido ataques y una sacerdotisa afrobrasileña fue asesinada, y las encuestas de 2024 señalaron a los sectores evangélicos como el grupo religioso percibido como más intolerante del país. En el terreno sanitario se han documentado casos en que la enseñanza de la curación por la fe interfirió con tratamientos médicos al presentar dolencias como el VIH o la epilepsia en clave “demoníaca”. En el plano del conocimiento, algunas figuras prominentes han rechazado la ciencia del clima y promovido el creacionismo frente a la enseñanza de la evolución. Y en el plano económico, distintos estudios reparan en la paradoja de una base de renta baja que respalda agendas de recorte del Estado social —resumidas en la fórmula ‘más Dios, menos Estado’— del que esa misma base depende.
Fuentes de interés
Pew Research Center (Religion in Latin America, 2014, y su capítulo sobre creencias; Catholicism Has Declined in Latin America, enero de 2026
White Evangelicals Remain Among Trump’s Strongest Supporters, febrero de 2026; Global Christianity, 2011)
Center for the Study of Global Christianity, World Christian Database y World Christian Encyclopedia, 2025
Britannica y World Assemblies of God Fellowship para las Asambleas de Dios
Organización Internacional del Trabajo para la economía informal