El peso del evangelismo en los Estados Unidos constituye una de las fuerzas demográficas y políticas más representativas del país, cuyo impacto trasciende las fronteras nacionales para incidir directamente en el diseño de su política exterior. De acuerdo con los datos recopilados por el Pew Research Center en su informe sobre el panorama religioso, esta comunidad constituía el grupo de fe más numeroso del territorio, registrando un 26,3% de la población americana en el año 2007 y consolidando un 25,4% en el año 2014, lo que equivale aproximadamente a una cuarta parte de los adultos estadounidenses.

En este sentido, los sondeos anuales desarrollados por la consultora Gallup muestran variaciones significativas en el porcentaje de ciudadanos que se describen como cristianos evangélicos o “renacidos”, alcanzando un 36% en 2021. Esta sólida base de creyentes se organiza de forma descentralizada a través de templos independientes y masivas mega-iglesias, clasificadas formalmente por albergar a más de 2.000 miembros activos, entre las que sobresalen la Lakewood Church en Houston con 52.000 integrantes y LifeChurch.TV con 46.000 afiliados en sus encuentros en línea, además de redes de gran alcance como la de la mega-iglesia Saddleback, cuyo pastor mantiene contactos con senadores con el fin de captar el voto en una malla de más de 40.000 iglesias asociadas.

Influencia legislativa

Esta considerable influencia se canaliza hacia el aparato de toma de decisiones del Estado por medio de una activa movilización en los procesos electorales y la presión de grupos de interés. Históricamente, la vinculación entre los líderes evangélicos y el poder ejecutivo ha condicionado periodos enteros de la diplomacia estadounidense, tal como ocurrió durante la administración del presidente Dwight Eisenhower entre los años 1953 y 1961, etapa en la cual el reverendo Billy Graham ejerció un influjo de vital importancia al actuar como asesor presidencial y estrechar la alianza de la religión con la política oficial del gobierno, una proximidad que también se mostró en discursos emblemáticos anticomunistas. El poder electoral de este bloque se tornó sumamente evidente en los comicios presidenciales del año 2004, donde se calculó que el 40% del voto total obtenido por George W. Bush provino de evangélicos.

Uno de los mecanismos más tangibles y económicamente documentados de esta proyección global es la financiación pública estatal hacia las denominadas Organizaciones Basadas en la Fe o FBOs por sus siglas en inglés. A través de un análisis del volumen de recursos públicos provistos por la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, conocida como USAID, un estudio del diario Boston Globe reveló la ingente cantidad de dinero destinada a estas entidades de carácter religioso durante las administraciones de Bush y Obama entre los años 2001 y 2007. Las partidas presupuestarias detallan que la USAID otorgó a estas organizaciones confesionales 440 millones en 2003, 419 millones en 2004, 375 millones en 2005, 552 millones en 2006, alcanzando una cifra máxima de 586 millones de dólares en el año 2007. Estas asignaciones millonarias no solo respondieron a razones pragmáticas de eficiencia logística, sino también a motivaciones ideológicas compartidas por los mandatarios sobre el rol de la moralidad individual en la salud pública, permitiendo que agrupaciones evangélicas operaran programas humanitarios e iniciativas de evangelización incluso en zonas de guerra en países de mayoría musulmana como Afganistán e Irak.

Por otra parte, la capacidad de presión del activismo evangélico ha dejado una huella indeleble en la legislación internacional estadounidense mediante la promoción y aprobación de leyes orientadas a la “defensa de la libertad religiosa y los derechos humanos” en el exterior. Entre estos logros legislativos destaca de manera principal la firma de la Ley de Libertad Religiosa Internacional en el año 1998, la cual estableció una comisión encargada de calificar “el respeto a este derecho a nivel mundial” y facultó la imposición de sanciones económicas a los Estados con valoraciones deficientes según los estándares estadounidenses. De igual modo, la influencia del movimiento se manifestó en la aprobación de la Ley de Paz de Sudán para respaldar directamente a las facciones cristianas del sur frente a Jartum, en la Ley de Derechos Humanos de Corea del Norte, y en la propuesta de la Ley para el Avance de la Democracia en el año 2005.

La era Trump

En la historia reciente, esta dinámica alcanzó un punto de máxima visibilidad bajo la presidencia de Donald Trump, cuyo gabinete incorporó a prominentes cristianos evangélicos en puestos clave como el secretario de Estado Mike Pompeo, y recurrió al uso instrumental de la religión en la arena geopolítica, ejemplificado cuando el Departamento de Comercio de los Estados Unidos incluyó a 28 empresas chinas en la lista de entidades ‘no deseadas’ en el año 2019 bajo el argumento de “abusos contra minorías religiosas”.

Asimismo, el peso de esta comunidad se evidenció durante la crisis sanitaria provocada por la pandemia del Covid-19, un evento que dejó un saldo de aproximadamente 6 millones de muertos en el país y ante el cual el mandatario atendió las demandas evangélicas decretando la reapertura de los templos en mayo de 2020 y anunciando simultáneamente el retiro estadounidense de la Organización Mundial de la Salud, una medida celebrada por los líderes conservadores debido a los históricos cuestionamientos evangélicos hacia dicha entidad por sus “políticas favorables aborto y control de la natalidad”. Toda esta red de influencia política, financiera y doctrinal cuenta además con plataformas de difusión masiva de alcance global, tales como la Trinity Broadcasting Network, una cadena televisiva transnacional que llegó a registrar 2.000 millones de visualizaciones en el año 2010, consolidando el papel central de los medios de comunicación en la diseminación de su mensaje e influencia por todo el planeta.