El hilo rojo de julio del 36
Hace 90 años, con fusiles rescatados de los cuarteles, con cartuchos de dinamita robados de las minas o con las piedras arrancadas a martillazos de las calles, la clase trabajadora cerró el paso al fascismo. Cada esquina se convirtió en un frente y cada fábrica, cada sindicato y cada ateneo, en una trinchera. Mientras el fascismo trataba de imponer el terror para conservar un mundo podrido, miles de trabajadores y trabajadoras respondían convencidos de que la historia podía escribirse con sus propias manos.
Aquellos hombres y mujeres no luchaban únicamente por defender su presente; combatían porque durante años habían aprendido, en los sindicatos, en los ateneos, en las huelgas, en los partidos revolucionarios y en las organizaciones obreras, que la sociedad podía y debía organizarse de otra manera. En las barricadas no solo se decidía el desenlace inmediato del golpe; también se defendía la posibilidad de una transformación revolucionaria de la sociedad. Mientras las columnas fascistas trataban de imponer por las armas el dominio de la burguesía, en numerosos lugares la clase trabajadora comenzaba a ejercer su propio poder. Allí donde el golpe fue derrotado surgieron comités revolucionarios, se repartieron armas, se expropiaron fábricas y se colectivizaron tierras.
Porque, más allá de la visión continuamente repetida que presenta julio de 1936 como el inicio de una guerra entre liberalismo y fascismo, lo cierto es que fue también el momento en que la clase trabajadora organizada respondió al golpe con una iniciativa propia que desbordó los límites de la defensa de la República y abrió un proceso de transformación social. La aspiración de los trabajadores era la conquista de más democracia y la toma en sus manos de todo el poder, incluido el económico
Hoy la clase trabajadora carece de capacidad política. Impotente, sin partido, sin independencia de clase, solo puede contemplar cómo la historia pasa sin poder intervenir en ella. Por eso, el ejercicio de memoria sobre hechos como los de julio de 1936 cumple una función que va mucho más allá del recuerdo lacrimógeno. Se trata de recuperar la historia de nuestra clase: una clase hoy golpeada, débil e impotente, pero que en otros momentos fue capaz no solo de plantar cara con valentía al monstruo fascista, sino también de comenzar un proceso de aspiraciones revolucionarias.
La existencia de comités revolucionarios, milicias obreras y sindicatos durante aquel julio tampoco puede explicarse como el fruto de un solo día. Igual que en aquella escena de Novecento, cuando Enzo dice que los fascistas no surgen como los hongos, tampoco las fuerzas revolucionarias aparecen de la nada. La resistencia al golpe no podemos entenderla solo como fruto de un heroísmo encomiable, sino como parte de un largo proceso de acumulación de fuerzas dentro del proletariado revolucionario. El fantasma del comunismo recorría el mundo y, en aquel julio de 1936, la clase obrera detuvo el golpe de Estado fascista.
Siempre que hablamos de julio del 36 tendemos a admirar la fuerza de quienes escucharon la llamada a frenar el golpe fascista y respondieron con valor. Hay tantas historias como miles de personas participaron en aquel momento. Algunas son conocidas y de ellas conservamos canciones, libros e imágenes. Otras sobreviven en recuerdos familiares, repetidos generación tras generación, que todavía hoy comienzan con ese «mi abuela contaba que...».
Pero, reconociendo (y admirando) la importancia de aquella voluntad militante, de esa ética capaz de subordinar la vida entera a un proyecto revolucionario, de la disciplina férrea y de esa valentía sin fisuras, no podemos entenderla de forma aislada. El golpe de Estado fascista pudo ser derrotado en buena parte del territorio porque la clase trabajadora llevaba décadas inmersa en un proceso de crecimiento organizativo, de lucha de clases constante y de construcción de objetivos políticos propios.
Aquella fuerza no surgió de la nada. Era la acumulación de miles de huelgas y mítines, de lecturas compartidas y debates acalorados, de entierros de compañeros, de torturas y combates contra el pistolerismo fascista. Era el resultado de toda una constelación de partidos proletarios, sindicatos, organizaciones de mujeres trabajadoras, ateneos, escuelas libres, federaciones deportivas, congresos, organizaciones juveniles y periódicos. El ensayo revolucionario de 1936 fue la expresión de toda la experiencia organizativa acumulada por la clase obrera durante décadas. Y su derrota también reflejó las limitaciones de ese proceso. En 1936, el marxismo no había conseguido convertirse en la ideología hegemónica dentro de la clase trabajadora organizada; las organizaciones revolucionarias permanecían divididas y el intento, desarrollado desde los años veinte, de transformar las grandes organizaciones obreras en organizaciones marxistas no fue posible. A ello se sumaba una situación internacional marcada por el fracaso de la extensión de la revolución socialista en Europa, que dejaba a la Unión Soviética prácticamente como único aliado.
La represión feroz que siguió a la derrota buscó eliminar no solo a quienes habían combatido, sino también el recuerdo de que existió una clase trabajadora organizada capaz de frenar con las armas un golpe de Estado fascista.
Por eso resulta tan insultante que Ione Belarra reduzca el golpe a una lucha entre el régimen republicano y fascismo, convirtiendo a miles de militantes revolucionarios en simples defensores de la República. O que Manuela Bergerot, de Más Madrid, hable del golpe únicamente como un ataque de la derecha contra la democracia. Mientras presentan la «memoria» como un arma frente al fascismo, su incapacidad y sus falsas promesas no hacen sino alimentar las condiciones en las que este vuelve a crecer.
Creo que es especialmente significativo uno de los carruseles de Instagram publicados por el Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática. En él se desmontan distintos «mitos» sobre 1936 y uno de ellos sostiene que es falso que el golpe frenara una revolución comunista, presentándolo simplemente como un argumento de la propaganda golpista.
Más allá de que esa idea fuera utilizada por la prensa fascista para justificar el golpe, no debería olvidarse que una parte importante de la clase trabajadora aspiraba, efectivamente, a tomar el poder e instaurar su propia dictadura de clase. El miedo de la burguesía no era una invención: existían miles de trabajadores organizados con el objetivo de acabar con el orden capitalista. Por eso el golpe y la posterior ofensiva fascista fueron financiados por los grandes capitales de la época. Y por eso la represión fue especialmente brutal contra los militantes revolucionarios, comunistas y anarquistas: se trataba de destruir sus organizaciones, incautar sus locales, desarticular sus sindicatos y borrar no solo a las personas, sino también sus ideas y sus aspiraciones. Una tarea a la que, en otro plano y con otros medios, parece contribuir también el relato promovido desde el ministerio del Gobierno de Sánchez.
Reducir a aquellos revolucionarios a simples «defensores de la República» significa ignorar que fueron ellos quienes padecieron la negativa del propio Gobierno republicano a entregar armas a las milicias en los primeros momentos del golpe, así como la tibieza y la lentitud del Gobierno republicano en ese primer momento. Porque el golpe no lo detuvo un Gobierno republicano, que en muchas ocasiones parecía más atemorizado por la posibilidad de una revolución social que por el propio levantamiento fascista. Lo detuvo, allí donde pudo ser detenido, la clase trabajadora organizada.
A más de 90 años de julio de 1936, en este julio de 2026, las lecciones de aquel momento deben seguir presentes. Cuando el monstruo fascista vuelve a intentar levantar la cabeza y, una vez más, algunos insistirán en que la única respuesta consiste en votar a la socialdemocracia, conviene recordar que quien detuvo el golpe fue la clase trabajadora organizada. Y que solo una clase trabajadora organizada, independiente y consciente de sus propios intereses podrá volver a frenar la reacción. Reconstruir esa fuerza, restaurar su independencia política y convertirla de nuevo en un sujeto capaz de combatir el fascismo mientras construye una alternativa revolucionaria sigue siendo la tarea de nuestro tiempo.
Ser capaces de convertir el recuerdo del heroico «No pasarán» en un «Nosotros pasaremos». Pasaremos por encima de su mundo de opresión, guerra y miseria. Pasaremos con el recuerdo siempre presente del hilo rojo que nos une con quienes levantaron las barricadas, fundaron sindicatos, organizaron huelgas y entregaron su vida por una sociedad distinta. El hilo rojo no es un recuerdo: es una tarea.