Durante las últimas décadas, el gran capital está llevando a cabo ofensivas cada vez más explícitas valiéndose, entre otras cosas, de un poder político supuestamente "democrático". En una encuesta realizada por Survation a 3.900 millonarios de países del G20, el 77 % de los encuestados admite claramente que las élites económicas mundiales utilizan su capital para comprar influencia política, y el 71 % reconoce que esos mecanismos alteran de forma significativa los resultados electorales. Este dato, más que una novedad, es la confirmación explícita de una realidad que ha adoptado distintas formas desde los inicios del sistema capitalista, y muestra de primera mano que la "democracia capitalista" no es más que una ilusión.

Del mismo modo, la encuesta profundiza ligeramente en estas tesis, planteando las preguntas tanto en términos abstractos como más concretos. Cuando se pregunta directamente por los efectos de la concentración de la riqueza, se observa que alrededor del 60% responde sin rodeos que es “perjudicial” incluso para el concepto de “democracia” formal, que limita la libertad y la objetividad de los medios de comunicación y que, en general, supone un “obstáculo” real para que el conjunto de la sociedad pueda acceder a “condiciones de vida dignas”.

Asimismo, al preguntar por formas más concretas, es aún mayor el porcentaje de quienes reconocen las contradicciones entre la lógica de la acumulación de capital y la de la “democracia”. En este sentido, resulta significativo que el 81% de los millonarios admita haber utilizado su riqueza, de una u otra manera, para acceder a algún representante político según sus propios intereses. Además, al preguntar por la motivación de esa “influencia”, el 69% responde que lo ha hecho para impedir la aplicación de políticas destinadas a reducir las desigualdades económicas y sociales o, en definitiva, a mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora. Parece, por tanto, que el bienestar social no entra dentro de la lógica de la acumulación de capital.