Cuba: el imperialismo es el hambre
El declive del imperialismo estadounidense, lejos de volverlo inofensivo, lo ha convertido en un agente mucho más peligroso. La administración de Donald Trump es, a todas luces, una olla en ebullición; un elefante en una cacharrería que, al menos, tiene la virtud de mostrar al desnudo —sin rodeos, sin decoro y sin eufemismos— la lógica más perversa del capital.
Prueba de ello ha sido la confesión con la que Trump, bajo la renovada Doctrina Monroe, justificaba el asesinato de pescadores caribeños, el bombardeo de Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores para que Venezuela “devuelva todo el petróleo… que previamente nos robaron”. La frase no es un exabrupto: es una declaración de principios coloniales.
También lo ha sido el discurso de Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich. Rubio hizo una vulgar apología del supremacismo y el colonialismo, afirmando que "durante cinco siglos, antes del final de la Segunda Guerra Mundial, Occidente había estado expandiéndose", con "sus misioneros, sus peregrinos, sus soldados, sus exploradores derramándose desde sus costas" para "colonizar nuevos continentes". En su delirante nostalgia imperial, 1945 no es el año de la victoria contra el fascismo, sino el momento en que, "por primera vez desde la época de Colón", Occidente comenzó a "contraerse", con imperios en "declive terminal".
Rubio pintó una imagen idílica de los colonos europeos asentándose en "planicies vacías", como si la matanza de millones de indígenas nunca hubiese existido. Como si el saqueo de África y Asia hubiera sido una empresa civilizatoria y no una máquina de extracción de riqueza y explotación humana. Como si el capital, como escribió Marx, no hubiese venido al mundo “chorreando sangre y lodo por todos sus poros”.
Para Rubio, ese “declive” fue “acelerado por revoluciones comunistas ateas y por levantamientos anticoloniales”. Para Rubio, la lucha de los pueblos de Asia, África y América Latina por su liberación no fue un acto de dignidad y justicia; fue un complot contra la "civilización". Fue, en sus palabras, el momento en que "grandes extensiones del mapa" se tiñeron de rojo con la "hoz y el martillo".
Occidente, prosiguió Rubio, necesita reconstruir una alianza que "no mantenga la cortés pretensión de que nuestra forma de vida es solo una entre muchas y que pide permiso antes de actuar". Una alianza que "reprenda y disuada a las fuerzas de la destrucción de la civilización".
Cuba cometió ese pecado de "destrucción de la civilización" el 1 de enero de 1959. Y por eso lleva 64 años siendo castigado. El imperio estadounidense jamás perdonó a la Revolución Cubana haber derrocado la dictadura bananera de Fulgencio Batista. Batista convirtió la isla en el prostíbulo, el gran casino y el paraíso mafioso del Caribe —algo así como la isla de Epstein que tanto gusta a esa pederastia internacional llamada oligarquía burguesa entre la que Trump se encuentra, pero a escala de un país— donde la clase obrera vivía en chozas con suelo de tierra, era analfabeta y malvivía del empleo estacional en las plantaciones de azúcar.
Contra ese pueblo que osó levantarse, Washington lo ha intentado todo: invasiones directas, 638 intentos de magnicidio, operaciones y atentados terroristas contra civiles que han causado 3.478 muertos y 2.099 discapacitados —perpetrados por mercenarios como Luis Posada Carriles, protegidos en territorio estadounidense—, una guerra biológica que introdujo plagas como la fiebre porcina africana o la epidemia de dengue hemorrágico de 1981, que asesinó a 158 cubanos, entre ellos 101 niños y un bloqueo criminal por tierra, mar y aire.
Ahora, el trumpismo —estadio superior del imperialismo americano— ha llevado a una nueva escala el bloqueo rescatando del viejo recetario del imperialismo el castigo colectivo del hambre. Trump ha aprendido de los crímenes más sórdidos de la historia imperial: de la hambruna provocada por los británicos en Bengala en 1943 —con el racista e ídolo de liberales Winston Churchill a la cabeza, que dejó 3 millones de muertos—; del medio millón de niños iraquíes fallecidos por el régimen de sanciones de los años 90, según datos de la propia ONU; y del genocidio que el estado sionista de Israel está perpetrando hoy en Palestina.
Estados Unidos no solo cortó el suministro de petróleo venezolano, la principal fuente de combustible de Cuba, sino que ha amenazado con aranceles y represalias a cualquier país que ose vender petróleo a la isla y ha secuestrado un petrolero en aguas del océano Índico. Nadie está a salvo del excepcionalismo americano del America First. Quien se crea libre es un iluso.
El resultado de este castigo colectivo puede medirse en cifras escalofriantes. Según informes presentados por Cuba, el bloqueo ha generado daños cuantificables por 2,103 billones de dólares a lo largo de seis décadas. Para contextualizar, esta cantidad supera el Producto Interior Bruto anual de países como Austria o Noruega. Solo entre marzo de 2024 y febrero de 2025, el impacto material ascendió a 7,556.1 millones de dólares, lo que representa un aumento del 49% respecto al período anterior. Estas no son meras estadísticas: equivalen a 20.7 millones de dólares de daño diario y 862,568 dólares por cada hora de bloqueo sostenido.
El peso cubano se encuentra en mínimos históricos: el tipo de cambio informal alcanzó los 500 pesos por dólar, una caída del 15% solo en lo que va de año, y desde la fallida reforma monetaria de 2021 el derrumbe acumulado supera el 2000%. Una familia promedio en Cuba necesita gastar ahora 500 pesos para comprar un dólar de comida. Es el hambre con lo que el imperialismo quiere matar a todo aquel que se atreva a plantarle cara.
En febrero de 2026, la situación sanitaria alcanzó niveles críticos: el 69% de los medicamentos más básicos no están disponibles o son extremadamente escasos y 364 medicamentos esenciales permanecen directamente fuera de inventario. La inclusión de Cuba en la lista de «Estados Patrocinadores del Terrorismo» encarece las importaciones de alimentos en un 30% adicional. Cuba requiere aproximadamente 339 millones de dólares para cubrir su cuadro básico de medicamentos, una cifra que equivale a apenas 16 días de bloqueo.
Los servicios médicos especializados, como la onco-hematología y la cardiología, enfrentan severas limitaciones porque muchos equipos e insumos tienen más de un 10% de componentes estadounidenses, lo que impide su venta a la isla. El costo de la insulina para todos los diabéticos del país durante un año podría cubrirse con lo que Cuba pierde en apenas 14 horas de bloqueo.
Las restricciones para adquirir piezas, combustibles y financiamiento han colapsado la generación eléctrica: los apagones sumen en la oscura penumbra al pueblo cubano 20 horas diarias en gran parte del país, afectando hospitales y servicios públicos esenciales. Sólo en enero de 2026 un apagón dejó sin electricidad al 63% del territorio simultáneamente. En La Habana, de los 106 camiones de recogida de basura, solo 44 pueden operar por falta de combustible, por lo que la basura se hacina en las calles desde hace más de diez días, atrayendo plagas y amenazando con desencadenar una crisis sanitaria. Los aeropuertos cubanos se han quedado sin combustible de aviación, lo que ha obligado a aerolíneas internacionales a cancelar vuelos y repatriar pasajeros, dejando a la isla prácticamente incomunicada por vía aérea.
Con independencia del juicio político que tengamos sobre el curso de la Revolución iniciada en 1959, con sus aciertos y sus errores, lo que hoy está en juego es la vida de un pueblo que resiste al imperialismo. Ante eso no cabe la equidistancia. No se puede ser neutral entre el verdugo y la víctima.
Cada año, la Asamblea General de la ONU vota una resolución condenando el bloqueo. El resultado es siempre el mismo: 187 países votan en contra, frente a apenas tres a favor —Estados Unidos, Israel y, ahora, la Argentina del esclavista Milei—. Todo esto, por supuesto, no sirve para acabar con el bloqueo. La diplomacia burguesa no es más que papel mojado e impotente ante el imperialismo.
Pese a ello, en la oscuridad todavía persiste una luz esperanzadora: la clase trabajadora, aún huérfana políticamente a escala internacional, muestra pequeños destellos de conciencia. El 62% de los estadounidenses —y el 70% de los cubanoamericanos menores de 40 años— favorecen la normalización de relaciones y el cese del bloqueo criminal y marcha masivamente por las calles del corazón de la bestia contra la Gestapo del fascista Trump.
Recogiendo este legado de lucha de la clase trabajadora que lucha contra el imperialismo, desde el Movimiento Socialista hacemos un llamamiento a la movilización contra el imperialismo y contra el bloqueo genocida que asfixia al pueblo cubano. Todo imperio acaba cayendo, tarde o temprano. Es nuestra responsabilidad histórica construir un proyecto político a escala internacional que haga que este sea el último imperio en la negra historia de un sistema de producción que ha sembrado de hambre y muerte al mundo durante tantos años. Al fin y al cabo, tomando las palabras de Rubio, si es esa la “civilización”, queremos ser orgullosamente sus “fuerzas destructoras”.