Tejero, bajo el suelo
Nadie te conoce como tu mujer, o al menos eso dice el tópico. La de Tejero, en concreto, lo inmortalizó con estas palabras: “Mira que es tonto este hombre… ¡Qué gilipuertas!”. En fin. La noticia saltó a eso de las 7 y media: tras 93 años de infamia persistente, el teniente coronel Antonio Tejero Molina hizo ayer su primer servicio a la humanidad: morirse. El chusco golpista que se hiciera famoso por el grito aquel de Al suelo todo el mundo estará pronto bajo el suelo: a falta de justicia real (la española, dicho sea de paso, perdonó a Tejero la mitad de su condena), siempre quedará la poética. Los falangistas, que además de lacayos son cursis, ya le ubican haciendo no sé qué sobre los luceros, pero la realidad es más prosaica (estará más bien dentro de una bolsa de plástico).
Que todo esto haya coincidido con la desclasificación de los documentos del 23-F por parte del gobierno de Pedro Sánchez (siempre fértil en la paradoja: ha conseguido facturar un “ejercicio de transparencia” indistinguible de una cortina de humo) y la muerte de Gregorio Morán, cronista implacable de la Transición y las miserias del régimen, da al conjunto un cierto aire de película. Por el camino, de paso, Yolanda Díaz anunciaba que no se presentaría como candidata a las próximas elecciones, y conocíamos las memorables declaraciones de la mujer de Tejero (“qué marido, que no le importan la vida ni el honor”, decía también). Solo parecía faltar el personaje aquel de Amanece que no es poco que dice lo de “en este pueblo somos devotos de Faulkner” para completar un cuadro entre surreal, siniestro y castizo, un poco como la política española.
Al 23-F Morán lo había definido sardónicamente como “nuestro día más largo, como el desembarco de Normandía, pero en ejercicio de maniobras”. Sánchez, que también sabe de maniobras, se ha sacado de la manga una desclasificación que es, por lo que he podido mirar hasta ahora, más bien decepcionante. Como comentaba el historiador Julián Casanova, quien crea que todo el proceso de elaboración de estos documentos no discurrió bajo el signo de la censura y la ocultación selectiva vive en el mundo de la gominola. Incluso en lo que ha salido, muchos nombres aparecen oportunamente borrados. Hay alguna cosilla de interés (como la participación de miembros del CESID, o varias pruebas del ya conocido celo del PCE por la defensa de la monarquía) pero el conjunto no parece añadir demasiada información a la que ya existía, recopilada en su mayoría en los márgenes de un establishment que siempre prefiere el mito a la realidad. Lo que sí permite, una vez unido a todo lo que ha ido saliendo con los años, es hacerse una imagen aproximada de lo sucedido.
Pero antes vamos con Tejero, protagonista inverosímil de una trama urdida por otros. Demasiado fascista incluso para la Guardia Civil, el historial de Tejero –tras unos años de meteórico ascenso— en las Fuerzas Represivas del Estado estuvo marcado por las insubordinaciones y un modus operandi que podría sintetizarse en la idea de que los cojones siempre han de ir por delante del cerebro. Reconocido por su estupidez incluso entre sus compañeros de conspiración, su primer arresto llegó en Málaga, cuando desobedeció a sus superiores para prohibir una manifestación legal. Después vendrían sus años en Euskal Herria, acompañados por tres nuevos arrestos: por discrepar con su superior Martín Villa; por negarse a detener a dos guardias civiles denunciados por torturar a un militante de la ORT y por negarse a aceptar la presencia de la ikurriña. Sobre cuántas torturas tuvieron lugar bajo su mando solo cabe especular. Tras Euskal Herria volvió a Málaga, donde sería nuevamente sancionado por desobedecer a sus superiores. Y ahí tuvo lugar el salto al golpismo abierto: su participación en el proyecto de putchs conocido como “Operación Galaxia”, que le valdría solamente siete meses de prisión. Uno de sus co-conspiradores, el capitán de la Policía Armada Ynestrillas (sí, el padre del asesino de Josu Muguruza), sería pronto ascendido a comandante.
Como se ve, la Guardia Civil cuida bien a sus manzanas podridas. Tras años de insubordinaciones castigadas con guante de seda, Tejero pudo lanzarse a la algarada que inmortalizó su patetismo: el 23-F. Tres disparos al techo, cuatro gritos cuartelarios, la incapacidad de derribar a un viejo de 70 años (el ministro de Defensa Mellado) e irse dócilmente detenido: eso es lo que quedó grabado.
Lo realmente interesante, sin embargo, es todo lo que sucedió lejos de las cámaras. El 23-F es al fin y al cabo parte integral del mito de la Transición Española, y el más decididamente construido para el blanqueamiento de la monarquía. Tras el sinfín de mentiras que lo apuntalan, se esconde una verdad difícil de ocultar: el Rey Juan Carlos jugó un papel que desde luego no coincide con el del sorprendido guardián que la prensa ha querido dibujar. Como la cuestión ha sido sistemáticamente sepultada, conviene recordar que el excoronel Tejero tuvo a bien ofrecer su propia versión de los hechos hace tan solo un par de años. El escaso recorrido que tuvo su confesión es buen indicador del grado de corrupción de los medios españoles.
Según la narración de Tejero, el golpe lo frustró él mismo, no en base a una súbita conversión al liberalismo, sino más bien por lo que fue la constante de su vida militar: pasarse de ultra. “Yo al Rey Juan Carlos lo jodí vivo”, afirmó Tejero en unas declaraciones de 2023. Y sigue: “Él tenía preparado con [el general Alfonso] Armada un Gobierno a su gusto. Pero hacía falta un militar que diera el golpe. Ese fui yo. Es decir: lo mío era necesario para poner el Gobierno de Armada y el Rey. Sin embargo, cuando vi lo que iba a ser aquello lo anulé, lo paré”. Decepcionado ante el excesivo pluralismo del gobierno de “salvación nacional” que el Rey habría cocinado junto al general Armada (desconocemos cuánta esperanza llegó a poner el Rey en la idea, que era más bien peregrina, o cuánto le habían eximido de los detalles preparativos exactos), Tejero impidió a este la entrada en el hemiciclo, apostándolo todo a una sublevación militar generalizada que acabara por instaurar un gobierno lo suficientemente fascista para su gusto. Viendo cómo todo se iba de madre, el Rey mandó un rotundo telegrama de clausura a Milans del Bosch –que pudimos conocer ayer– y salió en televisión a dar su célebre mensaje.
La versión de Tejero, dicho sea de paso, coincide en líneas generales con lo expuesto en los estudios de Pilar Urbano (La Gran desmemoria) y Jesús Palacios (23-F: el Rey y su secreto), y las investigaciones de Mar Padilla sobre el asalto al Banco Central de Barcelona pocas semanas después del 23-F (Asalto al Banco Central). Lo que el Rey quería era aparentemente un “golpe blando” que instaurara como decíamos un gobierno de concertación, un poco al estilo de De Gaulle en el 58, o del que planeara el pedófilo y mentor del actual rey de Gran Bretaña, Lord Mountbatten, contra el gobierno laborista de Harold Wilson. Según Mar Padilla, el objetivo real del escasamente investigado asalto al Banco Central de Barcelona, que habría sido organizado por el jefe de los servicios de inteligencia españoles, Emilio Alonso Manglano, fue sustraer documentos que involucrarían a la monarquía y altos cargos del Estado en el golpe –documentos entre los que estarían incluidos los integrantes del gobierno hipotético esbozado por Armada y el Rey (¡Con Felipe González de vicepresidente y Ramón Tamames de ministro de Economía!).
Por estas vías discurrió el 23-F, la intentona golpista que Tejero siempre se ha negado a condenar. Él mismo pasará a la historia como un tonto útil que demostró ser demasiado tonto para ser realmente útil a sus amos. Ultra extemporáneo, no entendió que la oligarquía española había decidido que el paso a un orden más o menos liberal era el mejor modo de mantener su poder.
Ahora bien: para ser un golpe fallido, no estuvo exento de éxitos, al menos desde la perspectiva de esta misma oligarquía (Antoni Domènech lo llamó “el golpe fracasado más exitoso de la historia”). En primer lugar, tras el golpe acabó consumándose la entrada de España en la OTAN, a la que tan renuente era una población generalmente antimilitarista –como prueban los coqueteos con la neutralidad del gobierno de Suárez, que llegó a enviar representantes a una conferencia de países no alineados en el año 80. Y en segundo lugar tenemos a otro gran olvidado: el pacto secreto del que hablara recientemente Verstrynge, en el cual todas las grandes políticas se comprometieron con el Ejército a institucionalizar y sistematizar la guerra sucia contra ETA (el terrorismo de Estado, vaya). González cumplió, como sabemos, por más que Fraga se quedara con ganas de más (el “padre de la Constitución” cuyo busto protegió tan ardientemente el PP esta semana había propuesto, según afirma también su por entonces mano derecha Verstrynge, aplicar en Euskal Herria la política de “Noche y Niebla” decretada por los nazis en la República Checa, consistente en “desapariciones” masivas). En tercer y último lugar, el portazo definitivo a cualquier ampliación significativa de la soberanía de aquello que la Constitución monárquica denigra a la categoría de “nacionalidades”, en contraste explícito con la “indisoluble” nación española. Lo que vino después consolidó la integración plena y sin mayores sobresaltos del Estado español en el orden oligárquico atlantista: feroz ofensiva burguesa a cargo del Partido Socialista por medio de privatizaciones y desindustrialización forzosa, entrada en la Comunidad Económica Europea, consolidación de la presencia en la OTAN, creación, decisivamente impulsada por dinero público, de las grandes empresas imperiales en la banca, la energía, y las telecomunicaciones y la consagración de todo ello en el IBEX-35, etc.
Solo las mentiras pudieron apuntalar la segunda restauración borbónica, bajo cuyo signo aún vivimos. La monarquía fue la clave de bóveda del nuevo régimen, el garante simbólico, a ojos de élites locales e internacionales, de que nada se iría de madre, de que su poder seguiría intacto. La Transición fue, al fin y al cabo, una reforma liberal. Como recordara la campaña de CJS en el pasado noviembre, aniversario de la muerte del dictador que se ufanó de haberlo dejado todo “atado y bien atado”, la auténtica ruptura sigue pendiente, y no puede ser más que una ruptura socialista.
La Guardia Civil, mientras tanto, no olvida del todo a su hijo algo díscolo, pero hijo, al fin y al cabo. Hoy habrá alguna vergonzante bandera a media asta en cuarteles por aquí y por allá. Lutos de uno u otra clase se replicarán en los sitios esperables: sedes de Vox y Núcleo Nacional, alguna parroquia siniestra, el plató de Cuarto Milenio, etc. Lo cierto es que en el 45 aniversario del golpe, las fuerzas que Tejero representaba están adquiriendo una dimensión de masas, y la oligarquía en todo el mundo apuesta por el desmantelamiento del orden liberal. La disyuntiva que va perfilándose en el futuro es la siguiente: o nuevo Estado autoritario o Estado socialista.