Este año se cumplen 50 años de los sucesos del 3 de marzo de 1976. En aquella jornada de huelga general, enmarcada en un ardiente ciclo de lucha, la Policía mató a tiros en Vitoria-Gasteiz (Araba) a cinco trabajadores: Pedro María Martínez Ocio, Francisco Aznar Clemente, Romualdo Barroso Chaparro, Bienvenido Pereda Moral y José Castillo García. Los intensos tiempos de lucha y la desmesurada violencia de aquel día han dejado una memoria viva en el movimiento obrero. Amparo Lasheras, Mertxe San Bizente y Norberto Mujika cuentan a GEDAR LANGILE KAZETA lo que vivieron.

Empecemos por el contexto de los años 70. ¿Qué ambiente se vivía entonces en Gasteiz y qué originó aquello?

Amparo Lasheras: Yo lo recuerdo como una época muy inquieta. No diría que fuera una epoca prerrevolucionaria, pero se había muerto Franco y todo el mundo estaba a la expectativa de qué iba a pasar. Se sentía que había que hacer algo, que en las fábricas había que quitar a los representantes del sindicato vertical. Existía conciencia de clase y era tiempo de lucha. Lo vivimos como un momento muy intenso: tenía que llegar un cambio, así lo sentíamos, teníamos el sueño revolucionario de cambiarlo todo. Hay que tener en cuenta que mi generación vivió la guerra de Vietnam, la Revolución Cubana, la liberación de Argelia, etc. El Mayo del 68 en París fue un estandarte del cambio, y debemos tener en mente que hubo allí gente exiliada en Ipar Euskal Herria. Y por supuesto, en Euskal Herria teníamos modelos muy importantes de revolucionarios: Txabi Etxebarrieta, que era primo de mi marido, Argala o el propio Naves. Eran revolucionarios. Figuras como aquellas te implicaban en la lucha y te convencían de que realmente podían llegar a producirse cambios.

¿Tú, Mertxe, cómo recuerdas aquellos años? ¿Podrías darnos algunas pinceladas para recrear aquella época? 

Mertxe San Bizente: Yo en los 70 todavía era una niña, pero recuerdo que en casa siempre había un ambiente de crispación por la situación que se estaba viviendo. Mis padres trabajaban en la fábrica, mucho, pero económicamente nunca llegaba. Para que os hagáis una idea, si tenían que comprar un electrodoméstico o una cama, lo tenían que pagar todo a plazos. Entrábamos a la escuela pública poniéndonos todos en fila y cantando el Cara al sol. Se rezaba y se hacía la izada y la bajada de la bandera. Hablar de lo social siempre había que hacerlo en voz baja, por si te oían los vecinos, por si te oía cualquiera. En esa época, un poco antes, fue todo el tema de la inmigración. Aquí era donde se crearon las fábricas y empezó a haber trabajo, y en consecuencia, vino mucha gente. El franquismo eso lo utilizó muy bien para minar las reivindicaciones sociales y laborales, propagando esta idea: "Si tú no aceptas esto, no importa, porque están viniendo cientos detrás que lo van a coger".

Norberto Mujika: Pero no era como ese discurso racista de hoy en día. Al contrario, veíamos que quienes venían de fuera venían a aportar. Eran un ejemplo. En la fábrica donde yo trabajaba, por ejemplo, los peores éramos los patateros [alaveses nativos], porque los de aquí eran quienes tenían los mejores puestos de trabajo, y los que habían venido de fuera eran los currantes, los que luchaban.


A. L.: Hay que tener en cuenta que era gente que venía muy represaliada, de Extremadura, Andalucía, Galicia o Castilla. Eran descendientes de quienes habían perdido la guerra, de familias a las que habían fusilado, que se habían quedado sin nada. Esa gente inmigrante que había venido aquí, en el 3 de Marzo también encuentra un sitio. Y eso creo que fue, como yo suelo decir, la tormenta perfecta. "Aquí somos obreros", como decían ellos, "somos clase trabajadora y tenemos que luchar". Independientemente de que sea la clase trabajadora vasca, o gente que era pueblo trabajador vasco también, pero que tenía otras precedencias.

"Esa gente inmigrante que había venido aquí, en el 3 de Marzo también encuentra un sitio"

Comentáis que formaban parte de la lucha, pero ¿cómo se organizaba esa lucha? ¿Dónde y cómo os organizabais?

M. S. B.:  Era muy diversa: desde las asociaciones de vecinos, los movimientos estudiantiles, comités de empresa, asambleas de las fábricas, los sindicatos, los partidos, la gente asamblearia... Había una represión absoluta y todo era ilegal. Había que arreglárselas con ello. Los trabajadores salían a la huelga y se hacían piquetes. Al mismo tiempo, imprimíamos octavillas para repartirlas en las fábricas, institutos y demás sitios. Yo empecé a militar en la Unión de Juventudes Maoístas [juventudes de la ORT]. En nuestra organización algunos eran estudiantes, otros íbamos a trabajar, y otros trabajaban y estudiaban a la vez. Teníamos una represión tremenda. Estábamos todos en la clandestinidad, nos organizábamos por células y ninguno sabíamos los nombres de los demás.

N. M.:  Yo trabajaba en la fábrica Esmaltaciones San Ignacio. En aquella época se hacían asambleas para cualquier cosa. Se decía "¡Asamblea!, ¡asamblea!", y nos reuníamos. En Coronación, El Pilar, Los Ángeles, San Pedro… Se celebraron asambleas en muchas iglesias. En Errekaleor también las hicimos, cuando no teníamos otro sitio. Se organizaban acciones, "El viernes en no sé dónde". Hasta los txakurras [perros] lo sabrían, pero era de boca en boca; así funcionaba.

A. L.:  Los barrios obreros también estaban organizados. Hay una cosa que algunos dicen: "Es que todo Vitoria participó". Pues no. Todo Vitoria salió a la huelga el día 3, pero las huelgas, el ambiente, las asambleas como el lugar de reunión y decisión... Eso fue la clase trabajadora. Aquí los que realmente se movieron fueron los barrios obreros: Adurza, Zaramaga, Errekaleor...

A Errekaleor entonces se le llamaba, con un tinte muy despreciativo, "Un mundo mejor", porque eran todos inmigrantes de Extremadura y Andalucía. La burguesía aquí siempre ha sido muy racista. Todo el barrio estaba organizado, era una comunidad. Los barrios aguantaron muy bien, porque hay que darse cuenta de que no se cobraba, de que se estaba peleando mucho... Y todo el mundo acudía a las asambleas. Los que realmente sostuvieron los tres meses de huelgas, de resistencia y de lucha fue la clase trabajadora.

En la huelga, por ejemplo, salió el barrio entero, porque previamente estaban organizados. Los propios vecinos habían hecho un cine y un bar en el barrio. En Abetxuko lo mismo; se decía que era el barrio donde menos se ganaba y donde más droga había. Pero había organización: pusieron un teatro y un campo de fútbol para sacar a los jóvenes de la droga. No era solo la organización en las fábricas; también era la de estos barrios obreros, y las luchas no se organizaban únicamente por el salario.

Tal y como habéis dicho, el 3 de Marzo se produjo en el marco de un ciclo de huelgas. ¿Cómo fueron aquellos meses en las casas, en la sociedad y en las fábricas?

M. S. B.:  Fueron tres meses de huelga. En mi casa éramos cuatro hijos y mis padres. La pequeña tenía un año. Mantener eso era una ruina, era una ruina para todo. No había ni para comer. Entonces, se crearon cajas de resistencia y se recogía ayuda en las iglesias. Yo me acuerdo que, en Belén, la gente acudía como al banco de alimentos. Mi madre siempre dice que también se acuerda de la solidaridad que hubo por parte de los amigos, de la kuadrilla de mi padre. De que en esos meses nos llegaban unos carros de compra, de alimentación, para poder seguir adelante. Era un gran apoyo para los huelguistas, para que las familias pudiesen seguir subsistiendo.

"En esos meses nos llegaban unos carros de compra, de alimentación, para poder seguir adelante"

N. M.: Recuerdo cuánto lucharon las mujeres. En nuestra fábrica había casi 700 mujeres. En el comité, de 22 personas, creo que siete u ocho eran mujeres. En el mismo puesto de trabajo, las mujeres cobraban un 25% menos. Se quería igualar, pero algunos hombres cuestionaban que las mujeres tuvieran que ganar el mismo salario que los hombres. Había debate. Así estaban los convenios, eso era lo legal. Resulta sorprendente cómo se veía aquello como algo normal. Pero se veía como normal.

A. L.: Las mujeres de Areitio fueron de las primeras en salir a la huelga. Fueron muy valientes, y os podéis imaginar que el pensamiento era muy machista. Los hombres de aquella fábrica no salieron a la huelga; solo un hombre salió con ellas, mi tío abuelo, que era anarquista. Esas mujeres estaban en la comisión representativa. También se organizaron las mujeres de los obreros que estaban en huelga. Hay que entender que no se cobraba, no había dinero, la gente lo pasaba mal. Hablaban de cómo conseguir comida y cómo ahorrar; ellas se ocupaban de las cajas de resistencia, hacían escraches a los esquiroles, iban a las puertas de las fábricas… Crearon una asamblea y esa asamblea tenía representación en la comisión representativa.

¿Podríais explicarnos con más detalle qué estructura tenían aquellas asambleas, qué se reivindicaba y quién acudía a ellas?

N. M.: Había un comité de representación y se elaboró una tabla reivindicativa. Había muchísimas reivindicaciones, ¡40 o 50 puntos, imagínate! Era muy amplia. Se trataba de que todos pidiéramos lo mismo. En lugar de que cada fábrica fuera por su cuenta, unificamos las reivindicaciones y acudíamos al patrón de cada fábrica para exigir el cumplimiento de aquellas demandas que habíamos acordado entre todos.

"Se elaboró una tabla reivindicativa. [...] Se trataba de que todos pidiéramos lo mismo. En lugar de que cada fábrica fuera por su cuenta, unificamos las reivindicaciones y acudíamos al patrón de cada fábrica"

M. S. B.: Lo que se reivindicaba era una mezcla de reivindicaciones laborales y sociopolíticas. Las reivindicaciones eran subir los salarios, la jornada de descanso, mejoras de convenio o incluso hacer convenios donde no hubiera. Contra los despidos, a favor de la libertad sindical, a favor del derecho a la reunión. Porque no podían hacerse reuniones. También reivindicábamos el fin de la represión policial.

A. L.: Las asambleas en las fábricas se prohibieron y las llevaron a las iglesias. Podía ir todo el mundo, y yo empecé a ir. Llegó un momento en que casi tenías que ir, porque no solamente era una asamblea donde te hablaban de la fábrica; se convirtieron en verdaderas escuelas políticas. La gente preguntaba cosas, la gente empezaba a entender muchas cosas, se perdía el miedo a preguntar. Había estudiantes, amas de casa, personas mayores. Y los obreros, claro, estaban ahí. Pero aquello ya era algo más amplio y se convirtió en muchas cosas. Muchas preguntas ya no eran solamente sobre la fábrica, el convenio y sus demandas laborales, que eran importantes; sino que ya era una cosa más profunda, más de cambio. Casi se estaba diciendo que el sistema tenía que cambiar. Yo me ilusioné mucho. Daba clases y propuse a mis alumnos acudir a la asamblea, y fuimos. Era un espacio de aprendizaje para todos.

"Llegó un momento en que casi tenías que ir, porque no solamente era una asamblea que te hablaban de la fábrica; se convirtieron en verdaderas escuelas políticas"

De aquellas asambleas, ¿cómo se llegó al día 3 de marzo? ¿Y en qué ambiente llegasteis a la asamblea de aquella tarde en la iglesia de San Francisco?

A. L.: La asamblea del 2 de marzo fue memorable. No puedes imaginar cómo salió la gente, dispuesta a hacer huelga, dispuesta a luchar. Hablaron Naves, Etxabe, Olabarria, Val del Olmo... La gente estaba convencida de que algo iba a cambiar.

N. M.: El 3 de marzo no fue algo repentino; llevábamos ya tres meses en lucha. Aquel día era la tercera huelga general. En nuestra fábrica, el convenio ya lo teníamos firmado para entonces. A las 07:30 hicimos una asamblea y decidimos salir. En aquella época éramos 1.300 trabajadores en Esmaltaciones. Por la mañana fuimos a la asamblea del Pilar, y allí se fijó la cita para la tarde: a las 17:00 en la iglesia de San Francisco. Creo que en San Francisco había asamblea todos los miércoles. Por la mañana, uno que estuvo conmigo recibió un disparo en la pierna, en la gasolinera de la calle Chile. Y a una mujer le llegó un disparo hasta dentro de su casa, en la Avenida. En los días de huelga anteriores también hubo represión. A Ocio, al que mataron aquel día, unas semanas antes ya le habían dado una paliza tremenda en Olagibel, donde estaban los juzgados.

"A Ocio, al que mataron aquel día, unas semanas antes ya le habían dado una paliza tremenda en Olagibel"

La represión venía de antes, desde luego. Retornemos ahora a aquel momento tan señalado de la asamblea en la iglesia de San Francisco. Dicen que había unas 4.000 personas dentro de la iglesia y otras tantas fuera. ¿Dónde estabais vosotros cuando empezaron los disparos? ¿Cómo lo vivisteis?

N. M.: Cuando empezaron a echar gas dentro de la iglesia, yo salí por este rincón [señala el lugar]. Allí había una tapia y salté la tapia. No sé quién vino gritando: "No les dejan salir, les están hostiando y no les dejan salir". Entonces vinimos aquí a tirarles piedras. Y al principio retrocedieron, pero luego... Yo sentí como un calambrazo aquí, en el codo. Mi tía vivía al lado, y fui a su casa. Tenía sangre. Vio que era un disparo y llamó a la ambulancia. Todo estaba todo lleno de barricadas: fuego, maderas, farolas, de todo. La gente empezó a quitar las barricadas para que pudiéramos pasar. En total, aquel día debió de haber más de cien heridos; es muy poco, teniendo en cuenta que se hicieron alrededor de mil disparos. Muchos heridos no fueron al hospital, porque si ibas al hospital te metían en una lista negra. Había miedo.

"En total, aquel día debió de haber más de cien heridos; es muy poco, teniendo en cuenta que se hicieron alrededor de mil disparos"

M. S. B.: Yo no estaba dentro, porque estábamos tirando panfletos. Pero recuerdo que lo vivimos con mucha angustia, de saber que teníamos a todos ahí. Yo me acuerdo que mi padre pudo salir por una ventana y tuvo que saltar una tapia y lo persiguieron, pero unos vecinos de los portales de enfrente de Reyes de Navarra los invitaron a subir a refugiarse. La gente fue al cementerio, estaba todo el mundo desesperado. Fue muy duro. Yo había ido con una amiga y me angustió mucho no encontrarla, no sabía dónde estaba. Subí a casa, porque estaban ahí mis hermanos pequeños.

A. L.: Mi pareja estuvo por la mañana y me dijo: "Yo creo que es mejor que no vayas, hay un ambiente muy raro, igual hay que correr". Pero una cosa era lo que me decía y otra lo que yo hacía. Dejé a mi hija pequeña en casa de mi madre y salí. De camino a la iglesia de San Francisco me encontré con un amigo, y me dijo que, viendo cómo estaban las cosas, no fuera. Luego un vecino me dijo que había habido muertos. Yo estaba muy preocupada; mi compañero no llamaba, a mi hermana no la encontraba por ninguna parte.

Aquí había una gasolinera; el dueño era del Partido Socialista, pero muy revolucionario. La gente dice que no se lanzaron cócteles molotov; yo no los vi tirar, pero sí vi que los estaban llenando de gasolina. Este hombre me dijo: "He decidido que me iré, y que hagan lo que quieran" [con la gasolinera]. Había barricadas; se veían coches pasando hacia urgencias con un pañuelo blanco.

A las 23:00 salí a la calle, porque mi pareja todavía no había aparecido. Mi madre estuvo en el bombardeo de Otxandio, y decía que aquella noche se respiraba el mismo ambiente de angustia y de incertidumbre. No era decepción, creo que era indignación. Y un odio que te decía que "esto no puede acabar aquí, hay que seguir adelante, no pueden aplastarnos así". Los que mataron eran muy jóvenes, estaban allí porque estaban luchando y los mataron.

Vista la represión que se ejercía en aquella época, y que aún así estabais luchando, ¿no sentíais miedo? 

A. L.: No. Siempre he tenido amigos que tuvieron que refugiarse. No tenía miedo, era rabia. El miedo que existe hoy en día yo no lo he sentido nunca. La fuerza era mucho mayor. Ver todo lo que quisieron destruir para derrotarnos, todo lo que hicieron... Ellos eran más poderosos; tenían armas, tenían la legislación, tenían los juzgados y la policía.

¿Cómo fueron los días posteriores al 3 de Marzo? ¿Podéis contarnos cómo fue aquel día del funeral?

M. S. B.: El día siguiente, el 4 de marzo, siguió con reuniones, paros, movilizaciones, protestas en la calle. Y ya el 5 de marzo fue el funeral. Yo creo que toda la ciudad acudió. Se decía que más de 100.000, pero yo creo que fuimos aún más. Y hubo manifestaciones de solidaridad y denuncia también en muchas ciudades del Estado español. Hay que recordar que hubo dos muertos también en esas movilizaciones, en Basauri y en Tarragona.

"[El funeral] Fue muy emotivo y muy revolucionario. Se habló de unidad, de valentía, de solidaridad, de la unidad de la lucha de la clase trabajadora"

A. L.: El funeral fue pura emoción. Yo no pude entrar en la catedral. Teníamos los coches de la Policía Nacional al lado. Había tensión, porque no sabíamos si cargarían o no. El discurso de Naves fue impresionante. Tenía una enorme capacidad de liderazgo. Hizo un discurso muy político, habló de la lucha obrera. También tomó la palabra un sacerdote; un sector de la Iglesia ayudó mucho en todo el proceso: las asambleas se hacían en las iglesias y participaron en las cajas de resistencia. Fue muy emotivo y muy revolucionario. Se habló de unidad, de valentía, de solidaridad, de la unidad de la lucha de la clase trabajadora. Se dijo en voz alta que aquellos muertos eran nuestros muertos, que eran de la clase obrera. Después, los compañeros llevaron a los fallecidos a hombros. Mucha gente hacía con las manos la "V" de victoria; otros tenían el puño en alto. Son cosas que puedes ver en otros lugares, pero nosotros lo vivimos aquí.

¿Diríais que las muertes del 3 de Marzo fueron un accidente? ¿Qué fue lo que quisieron destruir aquel día?

A. L.: Lo de aquel día no fue un accidente. Ellos tenían pactada una transición, aceptando al rey y otras muchas cosas. Y una ruptura no era conveniente. En Bizkaia, aquí y en muchos otros lugares había luchas en aquel momento. Lo que ocurrió en Gasteiz, con toda la clase obrera de una ciudad entera en huelga, reclamando cambios, organizada de esa manera, con las asambleas como eje de la lucha… Eso fue lo que se cortó. Utilizaron la fuerza para cortar eso. No fue casualidad.

"Ellos tenían pactada una transición [...]. Y una ruptura no era conveniente. [...] Lo que ocurrió en Gasteiz, con toda la clase obrera de una ciudad entera en huelga, reclamando cambios, organizada de esa manera [...]... Eso fue lo que se cortó. Utilizaron la fuerza para cortar eso"

¿Qué ocurrió después con aquella lucha y aquella organización obrera? ¿Cómo lo veis con la perspectiva actual?

M. S. B.: El 3 de Marzo creó una semilla, fue un antes y un después, la gente ya no se paró. La clase obrera tenía conciencia, pero aquel día se logró mucha más. Se empezó ya con la reivindicación de la legalidad de los sindicatos, las negociaciones, los comités de empresa para la negociación...

A. L.: Dicen que no sirvió, pero las demandas laborales que presentaron las comisiones representativas en las huelgas se cumplieron todas. Los empresarios tuvieron que cumplir con las demandas. Algunas subidas se hicieron en dos o tres años, pero se cumplieron. Ahí se ganó.

El espíritu de la huelga como instrumento de reivindicación de la clase trabajadora permaneció mucho tiempo. Y aquel espíritu de reivindicación y de unidad perduró después. De las mujeres salió la Asamblea de las Mujeres de Álava; eso salió del 3 de Marzo, y después siguieron trabajando.

"Dicen que no sirvió, pero las demandas laborales que presentaron las comisiones representativas en las huelgas se cumplieron todas. Los empresarios tuvieron que cumplir con las demandas"

N. M.: Pero fuimos derrotados. Aquella amnistía fue una gran trampa; fue una amnistía para ellos. En lo que respecta al 3 de Marzo, nosotros queríamos seguir con la huelga. Pero los sindicatos decían que ya estaba el 1 de Mayo como día de los trabajadores. Ya para 1992 todo estaba muerto. Las asambleas ya eran solo para informar y poco más, y las decisiones no sabes dónde se toman. Asambleas, ninguna. La verdadera pregunta es qué vamos a hacer hoy en día.