Las primeras 36 horas de guerra en Irán consumieron 3.000 misiles de EE.UU. e Israel
El consumo de misiles y bombas al inicio de la agresión contra Teherán evidencia una cadena de suministro de minerales críticos controlada por China que hace casi imposible reponer los arsenales al ritmo que exige el combate.
Las primeras 36 horas de la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica de Irán consumieron más de 3.000 proyectiles de precisión y misiles interceptores, según un detallado análisis del Payne Institute de la Escuela de Minas de Colorado publicado por Foreign Policy. La cifra incluye 210 bombas guiadas JDAM, 120 misiles de crucero Tomahawk, 70 misiles JASSM de largo alcance y un centenar de cohetes de artillería, además de 180 misiles de defensa aérea SM-2/3/6 disparados desde buques Aegis y 90 interceptores Patriot. El Estado de Israel, por su parte, lanzó 280 bombas guiadas Spice y 70 misiles supersónicos Rampage, mientras que sus defensas gastaron 70 interceptores de la Cúpula de Hierro. Los socios del Golfo, por su parte, emplearon 280 misiles Patriot y THAAD. El análisis emplea un rastreador de fuentes abiertas, ofreciendo una imagen precisa del ritmo de gasto militar en la agresión iniciada el pasado 28 de febrero.
Pero más allá de las cifras, lo que revela el estudio es una vulnerabilidad estratégica de primer orden: la cadena de suministro de minerales críticos necesarios para fabricar estos arsenales está en manos de la República Popular China y otros países con los que Occidente mantiene relaciones tensas. Los investigadores tradujeron cada misil gastado en kilogramos de materiales específicos. El resultado es escalofriante: 11.406 kilos de tungsteno, utilizado en penetradores y lastres, del que China controla el 80% del suministro; 937 kilos de cobalto para aleaciones de turbinas, dependiente en un 70% de la República Democrática del Congo; 5 kilos de galio para chips de radiofrecuencia y GPS, del que China produce hasta el 98% mundial; y 8 kilos de germanio para óptica de buscadores de calor, con China aportando el 60% y aplicando restricciones a la exportación. El amonio perclorato, oxidante para cohetes sólidos, proviene de una única fuente en Utah.
La pérdida piezas de alta tecnología agrava el problema. La destrucción de dos radares avanzados —un AN/FPS-132 en Qatar y un AN/TPS-59 en Bahréin— requerirá entre cinco y ocho años para ser reemplazada, con un coste de más de 1.100 millones de dólares. Para fabricar ambos sistemas se necesitan 77 kilos de galio, otro material del que China controla el 98% de la producción mundial. Los autores del estudio advierten que la planificación militar occidental sigue anclada en conceptos obsoletos: "La disuasión se discute en términos de postura y plataformas, pero los adversarios están observando un conjunto diferente de indicadores. Quieren saber a qué velocidad se vacían los arsenales y si pueden reabastecerse logísticamente a tiempo".
El problema no es solo para el conflicto actual. Un informe del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de 2023 concluyó, basándose en simulaciones de guerra, que las fuerzas estadounidenses se quedarían sin municiones clave en una semana si tuvieran que defender Taiwán de una invasión china. La guerra de Ucrania ya había mostrado que el gasto bélico se mide en capacidad de producción industrial, no en número de lanzadores. Pero la guerra contra Irán añade una capa adicional de complejidad: los minerales necesarios para fabricar misiles no se consiguen en el supermercado de la esquina, y sus cadenas de suministro no se activan con un decreto.
Mientras Donald Trump y Pete Hegseth alardean en las ruedas de prensa, los ingenieros saben que para fabricar un misil hacen falta años y toneladas de materiales que no están en casa. La guerra, una vez más, demuestra que la verdadera batalla empieza en las minas y en las fábricas, mucho antes de que el primer proyectil surque el cielo.