La sociedad de Bosnia y Herzegovina (BiH), tanto en la actualidad como a nivel histórico, ofrece una imagen inquietante para las narrativas que defienden una supuesta "incompatibilidad del islam" con la cultura europea. Según los datos del último censo oficial del país balcánico, los musulmanes (principalmente del grupo étnico bosníaco) representan el 51% de la población, conviviendo con un 31% de cristianos ortodoxos y un 15% de católicos. Sin embargo, muy lejos de constituir un bloque monolítico o teocrático, BiH es un Estado laico por ley donde la identidad religiosa se entrelaza con la pertenencia étnica sin generar un sistema donde la religión rige la vida pública.

La realidad de la comunidad musulmana bosníaca, asentada en el país desde el siglo XV, dista mucho de los estereotipos de "fundamentalismo" que quieren presentar las narrativas reaccionarias. Las encuestas de Pew Research revelan un carácter profundamente secular de esta comunidad islámica: solo el 31% de los musulmanes en el país asisten a servicios religiosos semanalmente, una cifra notablemente inferior al 54% registrado entre la población católica local. Asimismo, el apoyo a la implantación de la sharía (la ley islámica) se sitúa apenas en el 15%, uno de los niveles más bajos del mundo islámico, lo que evidencia un fuerte arraigo del secularismo musulmán bosnio. Los datos de la Universidad Simon Fraser también destacan que el 59% de los musulmanes bosníacos consideran que el islam y el cristianismo tienen "mucho en común", lo que vuelve a demostrar el arraigo de la familiaridad intercultural e interreligiosa en el país, que sobrevive a pesar de la cruenta guerra de los años 90 y las estructuras políticas segregacionistas impuestas tras los acuerdos de Dayton.

Antes de la guerra de los años 90 —en gran medida azuzada desde el exterior con propaganda nacionalista, shock económico y envíos de armamento— destaca una larga tradición de interacción entre diferentes nacionalidades y grupos religiosos en el país. Esto hacía que Bosnia fuera tan querida por el mariscal Josip Broz Tito, líder del país entre 1945 y 1980. Los comunistas yugoslavos veían a Bosnia como un ejemplo vivo de que la convivencia y la fraternidad entre diferentes pueblos era posible. Incluso el medio anticomunista Radio Free Europe reconoce que en la República Federativa Socialista de Yugoslavia los matrimonios mixtos llegaron a representar el 34% de las uniones en Sarajevo antes de la guerra. Por todo esto, varios historiadores señalan que la división que alimentó la guerra en los años 90 respondía a decisiones políticas generadas en el momento, no a una supuesta "enemistad civilizatoria ancestral".

En la actualidad, aún con sus problemas internos, el país mantiene una tasa de homicidios de 1,2 por cada 100.000 habitantes, una cifra comparable o incluso inferior a la de muchos Estados de Europa occidental, y carece de un patrón sistémico de violencia sectaria, según los indicadores oficiales de delincuencia de 2023. El dinamismo y la riqueza de la sociedad bosnia en la actualidad se refleja también en la diáspora: la guerra empujó al exilio a cientos de miles de bosníacos, que se asentaron en Alemania, Austria o Suecia. Estas comunidades, que han desarrollando su vida en el extranjero —a menudo con parejas y descendientes de diferentes lugares—, no son un grupo menor: las remesas de estos trabajadores suponen hoy hasta el 10% del Producto Interior Bruto de BiH, como señalan los informes de Intereconomics.

Vistos estos datos históricos y actuales de la sociedad bosnia, queda en entredicho la retórica reaccionaria sobre la "guerra de civilizaciones" y la "islamización" que los sectores reaccionarios pretenden inocular en la sociedad para engendrar odio. Las comunidades musulmanas de ayer y hoy han formado y siguen formando parte de Europa, con profundos lazos culturales, sociales y económicos. Bosnia es un ejemplo de ello, y también un recordatorio de lo que puede suceder cuando se pretende negar y destruir estos vínculos.