La participación del trabajo en la renta nacional de Estados Unidos ha caído a su nivel más bajo de toda la era posterior a la Segunda Guerra Mundial, según un análisis publicado este mes por la Reserva Federal de Nueva York en su blog Liberty Street Economics. El indicador, que mide la fracción de la producción económica que se paga a los trabajadores en forma de salarios, ha descendido 1,6 puntos porcentuales por debajo de su nivel previo a la pandemia, situándose en mínimos históricos. Los economistas Richard Audoly, Miles Guerin, Srinidhi Narayanan y Rachel Schuh, autores del informe, constatan que, tras un largo periodo de “estabilidad” en torno al 63% durante gran parte del siglo XX, la participación laboral inició un declive sostenido justo después del final de la Guerra Fría, con caídas especialmente pronunciadas durante la crisis financiera global y, más recientemente, en el periodo posterior a la pandemia.

El análisis de la Reserva Federal sitúa esta caída comparándola con recesiones anteriores. Los autores sostienen que la trayectoria post-COVID sigue patrones "cíclicos" similares a los observados en recesiones previas a 2000: la participación laboral aumenta durante la recesión, desciende en la recuperación y, en episodios anteriores, se recuperaba más tarde. Sin embargo, el informe admite que, a diferencia de los ciclos previos al año 2000, en las crisis de la burbuja tecnológica y la crisis financiera global, la participación del trabajo “no se recuperó de forma significativa”. Pese a ello, la Fed concluye que el descenso actual es “típico” y que “no hay evidencia de que vaya a evolucionar de forma diferente a episodios pasados”, una conclusión que normaliza la transferencia sistemática de renta desde el trabajo hacia el capital.

El estudio desglosa las causas de la caída y descarta que se deba a un cambio en la composición sectorial de la economía —es decir, que la producción se haya desplazado hacia sectores con menor intensidad laboral—. Los economistas de la Fed aplican un análisis de “shift-share” (cambios dentro de las industrias frente a cambios entre industrias) y concluyen que la caída de la participación salarial “fue impulsada enteramente por cambios dentro de las industrias y no por cambios en la composición sectorial”. Esto significa que, en todos los sectores, las empresas han reducido la proporción de sus ingresos destinada a los trabajadores. No se trata de que la economía se haya automatizado más o haya cambiado de sector; se trata de que, en cada sector, el capital ha incrementado su capacidad de apropiarse de una parte mayor del valor generado por la clase trabajadora, a costa de atacar los salarios.

El informe de la Reserva Federal, al tratar esta caída como un fenómeno “técnico y cíclico”, omite cualquier mención a las causas estructurales que han erosionado el poder de negociación de la clase obrera: la debilidad sindical, las deslocalizaciones, el aumento del trabajo precario y la deuda como mecanismo de disciplinamiento, la inflación de activos que beneficia al capital financiero y la caída real de los salarios pese al aumento de la productividad. De hecho, la productividad por hora trabajada ha crecido de forma constante en las últimas décadas, pero ese incremento no se ha traducido en mejores salarios: se lo ha embolsado el capital en forma de beneficios empresariales y retribución a los accionistas. Que la Reserva Federal considere “normal” que los trabajadores reciban la porción más pequeña de la historia de la riqueza que generan es un diagnóstico tan revelador como sus propias conclusiones: para el banco central estadounidense, la pauperización relativa —y cada vez más absoluta— de la clase trabajadora no es un problema, sino un dato más del ciclo económico.