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Temblores en la Casa de Saud

La resistencia antisionista en Oriente Medio constituye el principal obstáculo que EEUU e Israel han encontrado en su ofensiva global, y también la única fuerza que ha logrado bloquear su avance de manera significativa.

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La serie de victorias que el movimiento anticolonial de Yemen, conocido como “Ansarallah” (o, más habitualmente, “los hutíes”) logró durante la semana pasada en su lucha contra el yugo saudí constituyen una de las grandes gestas anticoloniales de nuestro siglo, a la vez que un nuevo episodio en la guerra que sigue extendiéndose por todo Oriente Medio.

La suma de la ofensiva yemení y los ataques de las milicias chíies en Irak han puesto contra las cuerdas a la Casa de Saud, asediada por varios frentes, e infligido un duro golpe al imperialismo en la región. Así, mientras las fuerzas de Yemen tomaban la estratégica isla de Perim y la ciudad portuaria de Mocha, ganando de facto el control sobre el estrecho de Bab-el-Mandeb, sus aliados iraquíes bombardeaban el principal oleoducto saudí, forzando el cierre de la arteria más importante de su industria petrolífera. Ambos hechos, sumados al continuado cierre de Ormuz, minan los cimientos de la petromonarquía saudí a la vez que presionan al alza los ya disparados precios del combustible, empujando al mundo al borde de una crisis económica a gran escala que tiene un único responsable: el imperialismo genocida que tiene sus sedes principales en Washington, Tel Aviv y Riad. Y todo ello está sucediendo ante el silencio de unos medios oligárquicos para quienes hace meses que la guerra en Oriente Medio es poco más que una subtrama menor. Así, las poblaciones occidentales recuerdan hoy al Coyote de los dibujos, corriendo ciegamente sobre un abismo que no es menos real por más que nos resistamos a mirar hacia abajo.

Ante una Arabia Saudita acorralada, unos EEUU incapaces de reabrir Ormuz y el precio del barril de Brent a 107 dólares (eran 66 dólares en enero de este año, antes del inicio de la nueva ofensiva imperialista en la región) todo indica que los imperialistas se preparan para nuevos ataques y que los medios pronto volverán a poner el tema en el debate público. Lo que está en juego es prácticamente todo: de hecho, que Trump parezca afrontar una derrota en las próximas elecciones de mitad de mandato y sus planes para amañarlas hayan avanzado con lentitud se debe mucho más a la resistencia antisionista en Oriente Medio que a nada que hayan hecho los vergonzosos Demócratas. Es más: a día de hoy, esta resistencia constituye el principal obstáculo que EEUU e Israel han encontrado en su ofensiva global, y también la única fuerza que ha logrado bloquear su avance de manera significativa.

Así, el fracaso del imperialismo en Oriente Medio está abriendo la puerta a cambios cuyo peso podría ser histórico —como prueba la crisis actual de Arabia Saudí, en quien conviene centrarse brevemente. Más que un país real, Arabia Saudí es algo así como una planta petrolífera venida a más. Su Estado es patrimonio personal de los mayores dueños del petróleo, la Casa de Saud (Arabia Saudí es, de hecho, junto al microscópico Liechtenstein, el único Estado del mundo que lleva el nombre de su Casa Real), principal aliado del imperialismo occidental en el mundo árabe desde hace largas décadas. La riqueza petrolífera ha permitido que esta casta dirigente absolutista, gobernante de un inmenso desierto, se dote de unas fuerzas armadas modernas, compre la aquiescencia de una pequeña capa de súbditos altamente subvencionados y pueda subordinar a unas masas proletarias migrantes (buena parte de ellas provenientes del mismo Yemen) que subsisten en condiciones de semiesclavitud. La ideología oficial del país, resultado del pacto entre la Casa de Saud y una casta de clérigos integristas que representaban los intereses de las élites locales, es una variante singularmente reaccionaria del Islam suní conocida como “wahabismo” —el cual constituye la matriz ideológica tanto de Al Quaeda como del ISIS. A partir de los años 70 la Casa de Saud utilizó sus enormes ingresos petrolíferos y la legitimidad simbólica que le ofrece su control sobre la Meca y Medina para intentar convertir el wahabismo en la ideología hegemónica de la región tras la crisis del panarabismo secular, agrietado por la derrota en la guerra de Yom Kippur. Washington y Tel Aviv vieron con alegría estos acontecimientos, pues el wahabismo, obsesionado con la caza de herejes dentro del mundo islámico (ateos, chíies, suníes moderados, etc.) constituye una garantía para la discordia interna y un obstáculo objetivo a la unidad de las masas árabes contra el imperialismo depredador.

Aquí reside el papel real del Estado saudí, no solo en el plano ideológico sino también en el económico, político y militar: garantizar en lo posible la hegemonía del imperialismo occidental, apoyando a otras autocracias aliadas y sometiendo y dividiendo a sus pueblos para mayor gloria de una élite autocrática y corrupta, del imperio americano y la colonia sionista.

Así, no es exagerado decir que la destrucción de la autocracia saudí es una condición necesaria para que el orden político global pueda moverse en una dirección emancipatoria durante este siglo. La caída de la Casa de Saud eliminaría buena parte del suelo que cubre los pies de otros aliados del imperialismo occidental como las clases dirigentes de Egipto, Líbano y Jordania, sumiría a las pequeñas autocracias del Golfo en una crisis sin probable retorno, hundiría la influencia del wahabismo, socavaría el sistema del petrodólar, pilar de la hegemonía norteamericana a nivel mundial, y aliviaría decisivamente el cepo que hoy atenaza a las masas oprimidas de la región, generando un terreno fértil para el retorno de las ideas del socialismo y el panarabismo secular y antiimperialista. Un escenario semejante podría suponer el principio del fin del sionismo y el dominio occidental sobre la región, y a la vez un avance para la lucha de clases contra las fuerzas burguesas de cualquier signo en todo Oriente Medio.

Mientras que el pacifismo imperialista occidental, capaz incluso de disfrazarse de “internacionalismo”, querría invitar a las masas yemeníes a firmar la paz con Arabia Saudí y acomodarse ante el yugo colonial, la tradición bolchevique nos recuerda que, en sus guerras contra el imperialismo, los países oprimidos pueden jugar un papel progresista aunque estén dirigidos por fuerzas burguesas, religiosas, etc. La victoria de estas fuerzas no bloquea la lucha de clases, sino que permite que se exprese y desarrolle en su plenitud. Sería importante, en este sentido, que las fuerzas comunistas de Occidente tomaran conciencia de estos hechos, asumieran que el sionismo y la paz son incompatibles, y abandonaran un discurso que los ubica en inquietante proximidad con el gobierno español.

En su condena del avance de Ansarrallah y su apoyo a Arabia Saudí, combinados con un difuso llamado a la “paz” entre víctimas y verdugos, el gobierno español, por su parte, ha vuelto a demostrar lo evidente: España es un miembro integral del bloque imperialista occidental, y el “pacifismo” sanchista poco más que un imperialismo de falso rostro humano. Es necesario, en ese sentido, desarrollar una política derrotista a escala de nuestro bloque, y prepararse para dirigir contra los auténticos culpables, nuestros Estados y su clase dominante, el descontento, la desesperación y la rabia que traería consigno una crisis que podría ser inminente.