No era por Ceuta. Apuntes para una táctica antifascista
El pasado miércoles todo el bloque de la derecha salió a la calle en concentraciones convocadas a lo largo de todo el territorio del Estado, supuestamente, en defensa de Ceuta. El resultado fue el esperable; una apología explícita del fascismo.
El pasado miércoles todo el bloque de la derecha salió a la calle en concentraciones convocadas a lo largo de todo el territorio del Estado, supuestamente, en defensa de Ceuta. El resultado fue el esperable; una apología explícita del fascismo: vivas a Cristo Rey, saludos nazis, gritos por la cristianización de España, peticiones de expulsión para los migrantes… Y es que, Ceuta solo era una excusa para seguir dando forma a una ofensiva reaccionaria que viene tiempo desplegándose. Esto nos obliga a plantearnos dos cuestiones de suma importancia: las causas de ese fortalecimiento y las tareas que tenemos por delante los comunistas para desarrollar una táctica antifascista efectiva.
Detrás de las pancartas se juntaron, en perfecta armonía, portavoces parlamentarios con los típicos matones nazis. Otro ejemplo que deja en evidencia que, en el caso del Estado español, presentar a una derecha moderada-liberal como agente contrapuesto a la extrema derecha y el fascismo no tiene sentido. No solo porque el PP es, como partido, la continuación del aparato político franquista. Sobre todo, porque toda la derecha comparte la misma estrategia de crecimiento: la construcción de un enemigo externo que amenaza la nación, la invasión musulmana que pone en riesgo los cimientos de la España cristiana y el estado de bienestar. Cuando bloquea la acogida de las personas refugiadas de Ceuta en otras comunidades autónomas, el PP crea el caldo de cultivo para que los matones fascistas quemen los asentamientos en las playas. Cuando queman los asentamientos en las playas, los fascistas crean un clima mediático que favorece la imagen de desgobierno y hartazgo que quiere proyectar el PP. Luego, hay una disputa en la propia derecha por capitalizar los frutos de esa estrategia, pero esto no altera que actúan como un conjunto.
Además, a grandes rasgos, podemos decir que toda la derecha comparte programa político. No tienen ninguna solución real para los problemas que señalan, pero los instrumentalizan para fortalecer la posición de la clase dominante: recortar derechos políticos, liberalizar mercados… Por supuesto cuentan con el inestimable apoyo de aparatos de estado como jueces y policías, medios de comunicación de toda índole, etc. Un conglomerado alineado internacionalmente con Washington, Tel Aviv y, pese a las apariencias de estos últimos días, Rabat.
Hoy por hoy, no existe una fuerza capaz de frenar este auge reaccionario. El reformismo institucional, encabezado por el gobierno del PSOE, se ha demostrado inútil contra la expansión de ideas reaccionarias. Por un lado, porque está atado a la misma agenda política oligárquica a la que está atada la derecha: fomentar las políticas de rearme, externalizar las fronteras, subordinación a Bruselas en materia económica… Aunque adopte un barniz progresista, en lo concreto la socialdemocracia no representa una alternativa real. Esto no hace más que alimentar la desafección por la política que acaba capitalizando la reacción. Y aunque parezca paradójico, la izquierda institucional, en el fondo, depende del miedo que genera la posibilidad del fascismo en el gobierno para continuar movilizando a un electorado completamente desilusionado. Por eso, no tiene interés en combatirlo hasta erradicarlo por completo.
Tampoco la izquierda menos vinculada a las instituciones está siendo capaz de contener el auge fascista. Los discursos puramente humanitarios son importantes en la medida en que contrarrestan la deshumanización del diferente que lleva a cabo el fascismo, pero no llegan a responder del todo a las grandes cuestiones de época. Tampoco la izquierda anclada en el relativismo posmoderno tiene una propuesta antifascista que funcione. Por lo menos, creo que ha cometido tres errores de calado. El primero creo que ha sido dar prioridad política absoluta a las reivindicaciones legítimas de sectores muy minoritarios en la sociedad, dejando de lado las reivindicaciones que afectan a la mayoría de la clase trabajadora. Segundo error, es priorizar lo simbólico, dejando de lado las mejoras efectivas en las condiciones de vida a costa de los intereses económicos de la clase dominante. El tercer error me parece la táctica de la transgresión que ha abanderado las luchas de las identidades, es decir, la táctica de cuestionar lo socialmente aceptado sin otro objetivo que el cuestionamiento mismo. Todo esto ha permitido crear una idea de la revolución infantil, y muchas veces individualista, alejada de los intereses de la mayoría y compatible con el poder de las élites. Y claro, ya están los fascistas para aprovecharse de esto.
Nuestro papel como comunistas y revolucionarios debe ser el de abordar el problema en su magnitud y complejidad. Nos toca organizar una respuesta integral: por un lado, frenar y combatir el auge del fascismo; por otro, canalizar el descontento popular no contra el más débil, sino contra un modelo social que perpetúa la miseria. Eso exige tiempo y paciencia, no dejarse cegar por las imágenes de fuerza que el fascismo intenta proyectar, y trabajar en sentar las bases para hacerle frente. Van algunas reflexiones al respecto.
Combatir el fascismo en las calles es necesario. Que sean lugares seguros para la militancia política y la clase trabajadora en su conjunto. Para ello, debe primar el criterio de la efectividad. Me parece clave no reproducir los estereotipos que el propio fascismo quiere proyectar sobre el antifascismo. Quieren presentarnos como algo ajeno a la mayoría social, mientras ellos se erigen en el sentido común de esa misma sociedad. Cada actuación en clave antifascista debe minar ese relato. Nuestra perspectiva debe ser la de dinamizar movilizaciones antifascistas superiores tanto cuantitativa como cualitativamente, eligiendo cuidadosamente el momento y aglutinando fuerzas que lo hagan posible.
Para ello, es prioritario prepararse para dar la batalla cultural. Hay que responder, desde una perspectiva revolucionaria, a las grandes cuestiones sobre las que crece el fascismo: la migración, la cuestión de género, las políticas climáticas… Siempre poniendo en el centro el interés universal, el interés internacional de la clase trabajadora; pero evitando respuestas demasiado abstractas. Y es que, en contra de lo que suele repetirse, considero que al fascismo no solo hay que combatirlo, también hay que discutirlo y desmontar todos y cada uno de sus argumentos. Además de desmontar los argumentos del fascismo, debemos intentar marcar agenda política con los temas que realmente afectan a la clase trabajadora, como, por ejemplo, la vivienda o el empobrecimiento generalizado. Solo así podremos arrebatarles la bandera de lo popular a los fascistas y devolverlos al lugar que les corresponde: el de perros guardianes y servidores de la oligarquía.