Los lunes en Sol. Sobre chispas y acampadas
Miles de personas han dicho no a la apatía y la sensación de impotencia para convertir el centro burgués de Madrid, con sus turistas desconcertados, sus policías nacionales y sus tiendas de Apple, en el corazón de una lucha por la vivienda que comienza a apuntar más allá.
Existen, sabemos, pequeñas chispas que pueden hacer prender la pradera. En este caso, la chispa fue el desahucio de Mari Carmen, una anciana enferma de 87 años que se ha convertido en el símbolo de un conflicto que enfrenta las necesidades de la población trabajadora con un modelo capitalista de vivienda en el que unos pocos pueden chupar la sangre de muchos.
La acampada de Sol no ha dejado de crecer desde el sábado y alcanza ya el estatus de hito. En lo inmediato, nos ha dejado algunas imágenes memorables. Qué importante es ver a la policía retirándose de un desahucio ante el empuje de masas: la fuerza de la mayoría contra el poder de unas leyes diseñadas para proteger a la minoría que vive del trabajo ajeno. Cómo corre Vito Quiles, qué tío, y con qué gentileza le escoltan las fuerzas del Estado. Cómo le tiembla la dentadura postiza a Dani Esteve en esos videos alucinados, cómo contrasta el miedo y la mezquindad de los fascistas, esos perros del capital, con la energía que vimos el miércoles mientras ondeaban las banderas rojas (las que acabaran ondeando en su día, como los fascistas deberían recordar, sobre el Reichtag).
La importancia de la acampada reside en su existencia misma, y también en los efectos políticos que ya comienza poco a poco a desplegar. Miles de personas han dicho no a la apatía y la sensación de impotencia para convertir el centro burgués de Madrid, con sus turistas desconcertados, sus policías nacionales y sus tiendas de Apple, en el corazón de una lucha por la vivienda que comienza a apuntar más allá. En su perseverancia, la acampada recuerda a muchos la importancia de la lucha y el sacrificio, envía esperanzas a quien se ahogaba en el desánimo y politiza al dubitativo y el recién llegado. Si el desahucio de Mari Carmen fue la chispa, lo que estamos viendo en Sol podría ser el comienzo de un largo incendio. Se están liberando energías que parecían dormidas y con ellas van abriéndose nuevos escenarios para la organización y la lucha de clases.
La acampada tiene, por supuesto, todas las limitaciones y defectos que cabe esperar dados los niveles actuales de organización y conciencia. Quienes pretenden pasar de la nada a la revolución bolchevique en un solo salto son o bien ingenuos o bien —en la mayoría de los casos— un completo fraude. No estamos en el punto de llegada, sino dando los primeros pasos, mientras cargamos con el lastre de décadas de baja organización obrera y clausura del horizonte revolucionario. Pero incluso en en el aquí y ahora su misma continuidad ofrece importantes lecciones. No renunciar a ninguna mejora, pero señalar con énfasis su completa insuficiencia. No dejarse desmovilizar por las promesas del poder, ni dejar de señalar sus vergüenzas; no limitar la propia lucha a la agenda de los partidos capitalistas de diverso color y sus negociaciones. Saber que la lucha es el único camino, y que no hay ningún salvador externo que vaya a arreglarte la papeleta: te toca hacerlo a ti.
Pero debemos ir más allá. Incluso tirando solamente del problema de la vivienda, podemos ver que el problema de la vivienda es también el problema del salario: nos cuesta pagar no solo porque los precios sean altos, sino porque los salarios son una basura. Por ello, la lucha contra los rentistas debe ser también la lucha contra empresarios y banqueros. Pero es también el combate contra el fascismo, el poder terrorista de los propietarios, y sus expresiones en la forma de grupos de Desokupación, y la lucha contra el autoritarismo de unos Estados fundados sobre la defensa de la propiedad de unos pocos. Sin ir más lejos, el movimiento de vivienda ha sido el principal perjudicado de esa Ley Mordaza que el PSOE y sus aliados no han derogado en ocho años.
Con la inflación al 4,9% —podría ser un 7 para finales de año— la energía liberada en Sol debería poder abrir un gran periodo de lucha por las condiciones de vida de la clase trabajadora, pero también contra el imperialismo que dispara los precios mientras masacra a pueblos oprimidos, y contra el orden político que blinda todo lo anterior.
Y en un sentido más general, ya que abundan las analogías con el 15-M podríamos esbozar algunas de las cosas que hemos podido aprender de ese ciclo de luchas. La primera es la importancia de la organización, y más específicamente de la organización de clase. Sin ella —un movimiento de clase lo más cohesionado, amplio y masivo posible, capaz de dar solidez y orientación al resto de sectores populares— y su capacidad para el trabajo permanente y la concentración de fuerzas, las olas de protesta tienden a ser no solo efímeras, sino también más bien impotentes. La ola de protestas de la pasada década fue sin duda masiva, y sin embargo no nos deja ninguna conquista de un calado comparable a lo que fue en el pasado la jornada de 8 horas o el sufragio universal.
La segunda es la necesidad de dar un horizonte a las luchas, un objetivo final en el que, por largo que sea el camino, pudiéramos ver satisfechas sus aspiraciones. Y ese objetivo no puede que ser otro que el socialismo, la construcción de una sociedad sin clases donde la producción responda a necesidades sociales. Sin un objetivo final —aquel que dio su fuerza interna a las luchas del pasado siglo— y una conciencia clara de qué debe ser superado, las luchas se abren fácilmente a la cooptación, el desánimo y el desconcierto, como sucedería a cualquier viajero de buenas intenciones que en el fondo no sabe bien hacia dónde va. Pues saber a dónde vas no solo es clarificar qué quieres construir, sino qué debes destruir para que eso sea posible: los órdenes estatales al servicio de una minoría, la organización capitalista de la producción. Que el camino sea extenso y difícil no cambia nada de lo anterior: recorrerlo implica ir conquistando mejoras parciales sin dejarse cegar por ellas, saber lidiar con los momentos de repliegue y las derrotas pasajeras, aprender a combinar la claridad con la paciencia revolucionaria. En otras palabras: tener un horizonte claro no es solo un requisito para alcanzarlo, sino también la mejor vía para orientar la lucha en el aquí y ahora,arrancar concesiones que sean algo más que migajas —toda concesión real en la historia del capitalismo ha venido del miedo a la revolución— y no dejarse engañar por embaucadores de medio pelo.
La tercera es la necesidad de una alternativa política revolucionaria. No el enésimo partido reformista que aspira a gestionar el capitalismo —al estilo de los Syriza, Podemos o Corbyn— sino un Partido comunista de masas que aspire a superarlo. Avanzar en su construcción es una condición necesaria para progresar en los dos puntos anteriores, impulsando la recomposición defensiva de la clase trabajadora y dotando a su movimiento de un horizonte común, una estrategia y un programa. A nivel histórico, el desarrollo de los grandes partidos proletarios fue la palanca que permitió generar un movimiento obrero fuerte, unificado y orientado hacia el socialismo: de ahí que avanzar en su construcción resulte ineludible.
Debemos ser claros: el problema de la vivienda tiene solución. Expropiación de los especuladores, prohibición del uso rentista y especulativo de la vivienda, planificación de la producción y distribución de viviendas en base a necesidades sociales. Las herramientas para poder imponerlo son viejas, y a la vez tan contemporáneas: organización de clase, Partido Comunista de masas, Estado socialista.