El 10 de marzo de 1906, a las 06:30 de la mañana, más de 1.800 mineros descendían a los pozos de la compañía minera de Courrières, en el Pas-de-Calais (Francia), cuando la pólvora de carbón suspendida en las galerías se inflamó provocando una explosión que arrasó 110 kilómetros de túneles a 3.300 kilómetros por hora. La detonación, que lanzó caballos y escombros a varios metros de altura y se sintió a decenas de kilómetros, fue el resultado directo de la decisión patronal de ignorar las advertencias del delegado de seguridad, que había solicitado suspender el descenso mientras se controlaba un incendio en una veta. Contre Attaque recuerda cómo la rentabilidad primó sobre la vida: 1.099 trabajadores, entre ellos cientos de adolescentes —el trabajo infantil era masivo en las minas—, perdieron la vida en la que sigue siendo la mayor catástrofe minera de la historia europea.

La dirección de la mina demostró una inhumanidad absoluta. Tras apenas 72 horas de rescates, suspendieron las operaciones, dando por muertos a los atrapados, mientras 16 socorristas fallecían en los intentos de salvamento. Los entierros de cientos de cadáveres calcinados e irreconocibles se celebraron bajo la nieve, arrojados a fosas comunes mientras 15.000 personas abarrotaban las calles y abucheaban al director de la compañía al grito de "¡asesinos!". Veinte días después, el 30 de marzo, 13 supervivientes emergieron solos de las profundidades tras vagar tres semanas en la más absoluta oscuridad, sin agua ni alimentos. Otro minero logró salir al vigesimocuarto día. La compañía había enterrado vivos a quienes pudo haber rescatado.

Respuesta minera

La masacre desencadenó una huelga masiva de decenas de miles de mineros que exigían justicia y medidas de seguridad, respondida con la represión del gobierno francés, que desplegó 30.000 soldados en las cuencas mineras y practicó cientos de detenciones. En paralelo, se desplegó una oleada de solidaridad internacionalista: obreros alemanes cruzaron la frontera con máscaras de oxígeno para ayudar en los rescates, desafiando la propaganda nacionalista de la época. Las colectas sindicales lograron recaudar fondos para las familias, mientras los patrones, para apaciguar la cólera proletaria, concedieron el descanso semanal mientras importaban mano de obra inmigrante, considerada más dócil y vulnerable a ojos de los patronos, en una maniobra para tratar de dividir a la clase trabajadora.

El 8 de marzo de 2026, 120 años después de la tragedia, los Red Tigers, grupo de supporters del Racing Club de Lens, desplegaron un tifo monumental en el estadio Bollaert-Delelis durante el partido contra el Metz. Miles de brazos sostuvieron una gigantesca pancarta con la imagen los mineros, una mina, una explosión, banderas rojas y el lema: Courrières, marzo de 1906: no olvidar jamás a los sacrificados de la cuenca minera. Un minuto de silencio acompañó el homenaje a los 1.099 mártires del capitalismo, cuya memoria sigue viva en los territorios donde la cultura obrera forjó generaciones de lucha. La palabra "rescapé", proveniente del picardo, entró en el lenguaje popular de la zona precisamente tras aquel fatídico suceso que regó con sangre minera las galerías de Courrières, cuando los supervivientes emergieron de las entrañas de una tierra que la patronal y su sed de beneficios había convertido en tumba.