Canarias no es un paraíso
Jorge Marichal, presidente de Ashotel, sintetizó con precisión los distintos elementos que conforman la narrativa impulsada por la burguesía canaria. El empresario se sintió interpelado directamente por las protestas del movimiento Canarias tiene un Límite y reaccionó con la elegancia propia de quien sabe que tiene el poder de su lado: declaró estar «muy de acuerdo» con las reivindicaciones de los manifestantes —la vivienda, los espacios naturales, los residuos— para a continuación afirmar que «se han equivocado al estigmatizar y utilizar como chivo expiatorio al sector turístico», que según él no es el problema sino la solución. El turismo, decía, mueve el 35,5% del PIB, genera el 40% del empleo y aporta 3.400 millones en impuestos. Las protestas, por tanto, no son una respuesta lógica a un modelo de acumulación que expulsa a los trabajadores de sus propias ciudades, sino un error de enfoque, una confusión lamentable de pobres que no entienden de economía. Y los miles de manifestantes que tomaron el sur turistificado de Tenerife y Gran Canaria no eran trabajadores ejerciendo su derecho a hacer política, sino cuatro machangos que «amedrentaban, asustaban y acorralaban» a turistas inocentes. Marichal, que piensa que los jóvenes canarios son burros que no saben, combinó el discurso del miedo -de qué vamos a vivir si dejan de venir turistas-, con la criminalización de la protesta y la parte quizás más sibilina de este discurso: tenemos que estar agradecidos por lo que tenemos. El palo y la zanahoria.
Esto tiene una explicación. La dominación de clase se sustenta sobre dos ejes principales, la fuerza y el consentimiento, o dicho de otra manera: la represión y el consenso. Gramsci rescataba de Maquiavelo la alegoría del centauro para representar esta naturaleza bifronte del poder, mitad humano (consentimiento) y mitad bestia (fuerza). Estas dos dimensiones no son instancias separadas ni que se alternen mecánicamente una después de la otra, sino que la proporción en la que se aplica una u otra varía según las circunstancias y las formaciones sociales, pero ambas están siempre presentes. En Canarias lo sabemos bien. Conocemos las multas por organizar manifestaciones en solidaridad con Palestina, los porrazos por acercarse demasiado a un recinto turístico, la persecución a sindicalistas en hoteles del sur. Y también conocemos su otra cara, el relato de Canarias como un paraíso donde cualquier forma de organización política pasa por la integración institucional, y en el que los jóvenes que emigran lo hacen porque quieren.
Canarias no es un paraíso. Un cuarto de la población vive en riesgo de exclusión social, el salario medio lleva años siendo de los más bajos del Estado y el 44% de la juventud canaria no llega a fin de mes con lo que gana. El precio de la vivienda nueva subió un 13,3% en 2024, rompiendo los techos de la burbuja de 2007, mientras que el alquiler medio para un joven supera los mil euros frente a un salario que no llega a los novecientos. Con una tasa de paro juvenil que supera el 28% —la más alta del Estado entre las comunidades autónomas— los jóvenes canarios siguen forzados a la emigración o a malvivir encadenados a contratos de temporada que no dan para independizarse: solo uno de cada diez jóvenes puede emanciparse, el mínimo histórico desde 2006. El paraíso, como todo, depende de la clase social a la que pertenezcas, y este archipiélago sólo lo es para los empresarios y políticos profesionales que viven de la miseria de la mayoría trabajadora.
Frente a todo esto, los estallidos sociales de los últimos años —el 20-A, el 20-O— demostraron que la rabia existe y es capaz de llenar las calles de todas las islas. Lo que demostraron también es que sin organización propia e independiente esa rabia termina siendo gestionada por quienes administran el problema que la genera, mediante innumerables comisiones parlamentarias, proyectos municipalistas y programas electorales bien decorados. Cada oleada se retiró sin dejar estructura, sin consolidar cuadros, derivando casi siempre hacia la misma salida: pedir a las instituciones que resuelvan los problemas que esas mismas instituciones ayudan a reproducir. La socialdemocracia, que nunca desaprovecha una crisis para reposicionarse, ya está calentando motores. Algunos sectores conservan hoy la esperanza de reeditar un nuevo gobierno progresista en Canarias, levantando una vez más la bandera del soberanismo nacional-popular. La izquierda institucional que promete gestionar mejor el turismo, regular los pisos turísticos o diversificar la economía sin romper con el sistema que reproduce la miseria y arrasa ecosistemas a su paso no es una alternativa: es la válvula de escape que permite al sistema respirar. Mientras esa sea la única oferta sobre la mesa, el ciclo de movilización, cooptación y derrota se repetirá indefinidamente.
La dependencia política de la burguesía y sus partidos, a izquierda y derecha, se encuentra detrás de la destrucción casi total del tejido organizativo de nuestra clase en Canarias. Las numerosas siglas detrás del movimiento Canarias tiene un Límite son restos de un ciclo ya cerrado, y aunque esas movilizaciones fracasaron en su objetivo sí dejaron una semilla que empieza a germinar. Una generación de jóvenes trabajadores busca organizarse, y busca hacerlo en claves diferentes a las que nos han llevado a este malpaís político.
La presentación de los Encuentros por el Socialismo sirvió para plantear algunas de estas primeras reflexiones, trabajadas junto a compañeras de otros territorios del Movimiento Socialista. Qué formas de organización han permitido avanzar en el camino de la independencia política de clase sin acabar absorbidas por las mismas instituciones contra las que se organizaban. Y cómo esas lecciones, extraídas de contextos aparentemente distintos pero con contradicciones reconocibles, pueden ser útiles para quien intenta construir un movimiento socialista en un archipiélago donde el desánimo político es generalizado. Porque hay algo que esa experiencia ha dejado claro, y que el panorama canario confirma: la juventud trabajadora es el eslabón más débil de la cadena que ata a la clase trabajadora a sus propios verdugos. Construir una organización juvenil socialista que haga del programa comunista algo deseable y realizable es el primer cimiento de cualquier alternativa real, de la construcción de un partido comunista de masas. Sin ese cimiento, cada nuevo ciclo de movilización en las islas terminará exactamente igual que los anteriores.