Altos cargos del Departamento de Defensa de los Estados Unidos han iniciado conversaciones con los principales ejecutivos de la industria manufacturera, entre ellos Mary Barra de General Motors y Jim Farley de Ford Motor, con el objetivo de subordinar la capacidad industrial civil a las necesidades del complejo militar-industrial. Según fuentes conocedoras de los encuentros consultadas por el Wall Street Journal, el Pentágono busca que estas corporaciones utilicen su personal y sus plantas para escalar de forma masiva la producción de municiones, misiles y tecnología contra drones. Estas maniobras pretenden paliar el drenaje de suministros militares provocado por el papel de EEUU en los conflictos abiertos en Ucrania e Irán, en un movimiento que el Secretario de Defensa, Pete Hegseth, ha definido como la puesta del país en "pie de guerra".

La estrategia de la Administración Trump busca que los fabricantes de vehículos y maquinaria pesada, como Oshkosh o GE Aerospace, actúen como refuerzo de las empresas militares tradicionales, que actualmente se muestran incapaces de satisfacer la demanda armamento requerida por la dinámica imperialista. En las reuniones preliminares, los funcionarios de Defensa han instado a las empresas a "identificar barreras en los procesos de licitación" y contratos para acelerar la transferencia de recursos públicos al sector privado. Logan Jones, directivo de Oshkosh —empresa que genera la mayor parte de sus 10.500 millones de dólares en el ámbito no militar—, ha confirmado que la compañía ya busca activamente adaptar sus capacidades a los requerimientos del Pentágono tras la llamada de Hegseth a "impulsar la producción".

Este giro hacia una economía de guerra se produce en un momento de máxima preocupación institucional por la capacidad de reposición de armamento tras la transferencia masiva de recursos a los aliados de la OTAN. Para financiar esta expansión de la base industrial bélica, el Pentágono ha solicitado un presupuesto de 1,5 billones de dólares, la cifra más alta de la historia moderna del país, destinada específicamente a la inversión en fabricación de drones y munición. El plan evoca el precedente de la Segunda Guerra Mundial, cuando las plantas de Detroit detuvieron la producción de vehículos civiles para fabricar motores de aviación y bombarderos, consolidando el papel de la industria manufacturera como soporte material de la hegemonía militar estadounidense.

Actualmente, el grueso de la producción bélica está concentrado en un número limitado de contratistas, pero en Washington aspiran a que gigantes industriales como GM amplíen sus subsidiarias militares. General Motors ya produce vehículos ligeros de infantería basados en modelos comerciales y es la principal candidata para desarrollar el nuevo vehículo de transporte de tropas que sustituirá al Humvee, funcionando como base de mando móvil. Según un oficial del Pentágono, el objetivo es "aprovechar todas las soluciones comerciales" para garantizar que sus fuerzas mantengan una "ventaja decisiva", lo que en la práctica supone la integración definitiva de la estructura productiva civil en los intereses estratégicos del Estado y su maquinaria bélica.