46 años de la muerte del mariscal Tito
El funeral del líder que comandó el movimiento partisano yugoslavo y forjó un país multicultural con altísimos índices de desarrollo humano congregó el mayor encuentro diplomático de la historia.
El 4 de mayo de 1980, a las 15:05 horas, falleció en el Centro Médico Universitario de Liubliana el mariscal Josip Broz Tito, presidente de la República Federativa Socialista de Yugoslavia (RFSY), a pocos días de cumplir 88 años. La agencia oficial Tanjug comunicó el deceso tras una larga convalecencia derivada de complicaciones por gangrena y diabetes. Su muerte supuso el fin de la trayectoria del veterano comunista forjado en la lucha partisana que lideró el ejército popular revolucionario de 800.000 combatientes que liberó Yugoslavia de la ocupación nazi-fascista fundamentalmente con sus propias fuerzas, aunque también recibió apoyo de la Unión Soviética.
El funeral de Estado se celebró el 8 de mayo en la Casa de las Flores de Belgrado. El evento contó con la asistencia de miles de obreros yugoslavos que hacían cola para despedir al mariscal, y se convirtió también en el mayor encuentro diplomático de la historia. Según registros de Naciones Unidas, asistieron representantes de 128 de los 154 Estados miembros de la ONU, incluyendo 31 presidentes, 4 reyes y 22 primeros ministros. La presencia simultánea de líderes como Leonid Brezhnev (URSS), Margaret Thatcher (Reino Unido) e Indira Gandhi (India) mostró el prestigio internacional de un líder que fundó el Movimiento de Países No Alineados (NAM) en la Guerra Fría, abriendo el país parcialmente tanto a Occidente como al bloque socialista.
El legado de Tito se basó en la autogestión obrera, otro intento de construcción del socialismo iniciado en 1950, donde los trabajadores administraban directamente las empresas, en un sistema mixto con control estatal y apertura parcial a la economía de mercado. Este modelo impulsó un crecimiento industrial y una mejora de los niveles de vida sin precedentes en la historia de la región, aunque también mostró sus puntos débiles. Tras el fallecimiento del padre fundador de la Yugoslavia moderna, el proyecto comenzó a sufrir las presiones de la deuda externa del Fondo Monetario Internacional (FMI). Esto, junto a la ofensiva neoliberal de los años 80, erosionó la soberanía económica yugoslava y alimentó el ascenso de nacionalismos burgueses financiados y armados por las potencias imperialistas, que acabaron por desmembrar el país en una guerra fratricida.
La historiografía socialista rechaza la narrativa liberal y conservadora que atribuye la posterior desintegración traumática del país a un supuesto "fracaso inherente del comunismo". La violencia de los años 90 fue en realidad el resultado directo de la destrucción de las conquistas sociales y la privatización salvaje que siguió a la desaparición del liderazgo revolucionario y las injerencias extranjeras. Hoy, el recuerdo de la "Hermandad y Unidad" partisana persiste en la memoria colectiva de muchos ciudadanos que crecieron en Yugoslavia como un gran logro. No olvidan que el país que gobernó Tito demostró que el socialismo es capaz de derrotar militarmente al fascismo, organizar la producción bajo control obrero, elevar los índices de bienestar a niveles récord y construir la paz entre diferentes pueblos y religiones.