Dejar todo para el día D
Un reproche que comúnmente suele hacerse a los comunistas es que dejamos todo para el día D; es decir, que a gran parte de los problemas sociales respondemos con la necesidad de la toma del poder político por parte de la clase trabajadora. Considero que se trata de un reproche infantil que simplifica la estrategia comunista y que parte de una noción de la política errónea. Más aún, el debate suscitado los últimos días en torno a unas sanciones económicas impuestas por el Ayuntamiento de Iruñea (y otros muchos casos más en los que acabamos debatiendo sobre cuál es el margen de la política municipal) me hacen pensar que quien ha acabado justificando su estrategia política con esta retórica es la propia socialdemocracia nacionalista: todo debe esperar al día en el que lleguemos al Gobierno Vasco. Todas las contradicciones, concesiones y pérdidas que asumamos en el camino están justificadas por el virtual horizonte de posibilidades que se abrirá cuando finalmente se acceda a esa posición dentro de la administración del poder burgués.
No siempre ha sido así. Esta visión se ha ido instalando los últimos años dentro de la Izquierda Abertzale y con muchas tensiones trata de equilibrarse con otra visión que aún persiste en amplias capas de esta comunidad política: la del municipalismo transformador. No hace tanto que Herri Batasuna planteaba sus candidaturas en municipios desde la óptica de llevar al límite las posibilidades de la institución local. Esta visión municipalista, compartida también en un primer momento por partidos como las CUP en Cataluña, contenía dos intenciones que hoy se han perdido por completo: por un lado, la idea de exprimir al máximo las posibilidades de las instituciones locales en favor de la clase trabajadora para poder así señalar sus límites y hacer pedagogía política con ellos y por otro lado, utilizar los recursos de las administraciones para fomentar y proteger la organización política y social extraparlamentaria. De estas dos intenciones se traduce un objetivo político claro; el de radicalizar a la población fuera y contra los límites de esas mismas instituciones. Aquí hay muchos matices, muchas distancias entre lo que se pensó y lo que realmente fue, pero sé de muchos militantes honrados que se dedicaron por completo a esta visión.
Sin embargo, las cosas cambiaron rápidamente cuando el acceso a mayores cuotas de poder se convirtió en una posibilidad real. En mi opinión, y a falta de un análisis más pormenorizado, la estocada final al municipalismo transformador –en términos prácticos, no discursivos ya que todavía se emplea la fórmula– se dio tras la experiencia de Bildu a la cabeza de la Diputación Foral de Gipuzkoa entre 2011 y 2015. El PNV ejerció una presión impresionante ante el proyecto de Bildu para el “atez ateko” (el sistema de recogida de residuos “puerta a puerta”) y consiguió recuperar la Diputación en 2015. La Izquierda Abertzale tomó nota rápidamente: hay que dejarse de proyectos idealistas que pueden desestabilizar y limitarse a gestionar bien la administración. Teniendo en cuenta el desgaste que supone para el PNV la gestión del Gobierno Vasco en tiempos de crisis, la mera gestión será suficiente para seguir aumentando votos. Así, aunque sigan haciendo conferencias municipalistas, lo cierto es que para quienes estudiamos con detenimiento las políticas que llevan a cabo –recordemos que es la fuerza política que más ayuntamientos gobierna– no se distinguen mucho de las del PNV. Quitando algunas iniciativas de chapa y pintura que, casualidades de la vida, siempre son en localidades con una población muy reducida y de rentas medias y altas, en los municipios de importancia no hay cambio ninguno. Muchos vendrán diciendo que se trata de limitaciones técnicas, que no lo hacen porque legalmente no pueden; a lo que yo respondo que se trata de una decisión política, de un cambio de estrategia desde una noción socialdemócrata algo más radical hacia una socialdemocracia liberal cada vez más centrista y posibilista.
Para los que ansían un cambio social a través de la Izquierda Abertzale aun queda un resquicio de esperanza autocomplaciente: el día D, el día en el que lleguemos al Gobierno Vasco. En primer lugar, dudo de que para cuando ese escenario se dé quede en la dirección de la Izquierda Abertzale alguien que no defienda fervientemente un proyecto por y para las clases medias. En segundo lugar, del mismo modo que en los ayuntamientos se enfrentan limitaciones, en el Gobierno Vasco serán aún mayores. Entonces será el Estado español, la Unión Europea o la OTAN los que efectivamente limiten el margen de maniobra. Presuponiendo una voluntad transformadora a la dirección de EH Bildu, no sólo en términos nacionales sino sociales, ante esa tesitura tendrán dos opciones: tragar o tensionar. Tragar es lo que la inmensa mayoría de partidos socialdemócratas que en las últimas décadas se han encontrado en esa posición han hecho, y nada nos asegura que esta vez será diferente. Cuando hay tantas poltronas en juego siempre acaban por aplicar lo que desde arriba se diga, manteniendo más o menos el decoro. Tensionar es algo que se da en muy pocas ocasiones y casi siempre cuando se conjugan los intereses de la burguesía nacional con los de la socialdemocracia de las clases medias. En este caso, nada nos asegura que esa tensión conduzca a un escenario beneficioso para el proletariado vasco: primero, porque ya en su estrategia actual es un sujeto subordinado y segundo, porque décadas de gestión de “contradicciones” en el seno de la Izquierda Abertzale habrán corrompido por completo el sentido común de su base social, cada vez más a la derecha y más antiproletario. Si ya hoy nos dicen, para justificar los desahucios bajo su administración, que una familia se lo merecía o que estaba abusando de un recurso público ¿qué nos indica que cuando lleguen al Gobierno Vasco tengan la más mínima intención de luchar por la suspensión incondicional de todos los desahucios?
En resumen, para cuando lleguen al día D habrán destruido las condiciones políticas necesarias para generar cambios significativos. La táctica que efectivamente tienen anula la estrategia que discursivamente dicen tener. Los comunistas, sin embargo, no esperamos al día D. No necesitamos ver el enésimo asalto a las instituciones para saber qué tipo de fuerza social tenemos que empezar a articular desde ya: una fuerza principalmente militante, no dependiente de la dinámica institucional, con una fuerte conciencia socialista… Esto sí que tiene la potencialidad de determinar los campos políticos de los partidos parlamentarios en el corto plazo, y de construir una plataforma política estratégicamente centralizada en el largo plazo para hacer frente a los agentes que realmente determinan la vida del proletariado.