Donald Trump llegó este miércoles a Pekín para iniciar una visita de Estado de tres días, la primera de un mandatario de EEUU en casi nueve años, donde se reunirá con el presidente Xi Jinping. Según ha declarado el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino, Guo Jiakun, ambos líderes mantendrán un "intercambio profundo de puntos de vista sobre asuntos importantes", en medio un escenario condicionado por la guerra contra Irán y la disputa por la soberanía de Taiwán.

Trump fue recibido en el aeropuerto de Pekín sin alfombra roja y por el vicepresidente chino, Han Zheng, no por el presidente Xi. El mandatario estadounidense encabeza una delegación compuesta por varios directivos como Elon Musk (Tesla), Tim Cook (Apple) y Jensen Huang (Nvidia). Según The New York Times, Huang subió al Air Force One en una escala de última hora en Alaska. Este protagonismo del capital tecnológico se completa con la presencia de dos pesos pesados de la oligarquía financiera: Larry Fink (BlackRock) y Stephen Schwarzman (Blackstone).

La composición de la comitiva estadounidense evidencia la prioridad de los intereses corporativos en esta cumbre. La presencia de última hora de Huang, por ejemplo, subraya la centralidad de los semiconductores y la inteligencia artificial en la agenda bilateral. He Weiwen, investigador del Centro para China y la Globalización, ha señalado a Global Times que la inclusión de firmas financieras y de alta tecnología envía una "señal clara" sobre las áreas donde ambos capitales buscan asegurar su rentabilidad y cuotas de mercado frente a las restricciones previas.

Mientras el avión presidencial aterrizaba, las tensiones territoriales y militares marcaban el límite de la diplomacia institucional. El Gobierno chino instó este mismo miércoles a Estados Unidos a "detener" el envío de armamento a Taiwán y afirmó estar preparado para "aplastar" cualquier intento de independencia de la isla, según informa la agencia EFE. Esta advertencia coincide con el análisis de Wu Xinbo, decano de la Universidad de Fudan, quien ha recordado que la cuestión de Taiwán es "el núcleo de los intereses" de China y la base política sobre la que se asientan las relaciones con Washington.

La visita se produce también bajo la sombra de la guerra contra Irán, iniciada por acciones conjuntas de EEUU e Israel, forzando que se pospusiera este encuentro desde abril. Trump y su administración presionan al Gobierno chino para que desde su rol de principal socio comercial de Irán presione al país persa y reabra el Estrecho de Ormuz, actualmente restringido por la agresión. Mientras funcionarios como Marco Rubio y Scott Bessent exigen que Pekín presione a Teherán, analistas de instituciones como el Council on Foreign Relations (CFR) recuerdan que la guerra y su fracaso ha debilitado la posición negociadora de Trump, otorgando a China una ventaja estratégica al actuar como mediador informal en una crisis que dispara la inflación global y amenaza con cortar el suministro energético de zonas enteras.

En el plano comercial más inmediato, la visita de la delegación estadounidense busca cerrar acuerdos palpables, como para la compra masiva de productos agrícolas como la soja y la carne, aviones Boeing, el compromiso de compra de productos agrícolas y energía por parte de China. Paralelamente a la llegada de Trump, el viceprimer ministro chino, He Lifeng, y el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, iniciaron consultas en Seúl para "expandir la cooperación práctica". Estas negociaciones ocurren en un contexto de fragmentación global donde, según Da Wei, director del Centro de Estrategia Internacional de la Universidad de Tsinghua, ambos países actúan como "potencias en un mundo multipolar" que intentan gestionar su competencia sin interrumpir los flujos de acumulación de sus respectivas grandes empresas.

La agenda diplomática de los próximos dos días incluye reuniones bilaterales en las que se discutirá la creación de un "Board of Trade" para supervisar acuerdos y el suministro de tierras raras, esenciales para la industria tecnológica. Además, la cumbre cuenta con un punto de presión extra para la parte estadounidense: en noviembre se celebrarán elecciones de medio término en EEUU y Trump necesita obtener beneficios económicos visibles para los sectores empresariales que le acompañan en este viaje, mientras la economía del país norteamericano empieza a resentirse.