Una semana después del Primero de Mayo del 2026, cabe añadir algunas valoraciones al balance general de la jornada. Una semana después, podemos constatar que la mayoría de medios han obviado con un muro de silencio el hecho de que miles de jóvenes desenterraron de la irrelevancia las banderas rojas del socialismo en manifestaciones simultáneas en València, Palma, Compostela, Barcelona, Iruñea y Madrid. Es curioso: los mismos que nos dan la turra con la mutación reaccionaria de todos los jóvenes día sí y día también, deciden mirar hacia otro lado cuando se demuestra que una de las mayores tendencias políticas organizadas entre la juventud es revolucionaria.

Acostumbrados a que el Primero de Mayo se hubiera vuelto con los años un lamentable día festivo o poco más que un desfile de los sindicatos integrados en el Estado, nos cuesta recordar convocatorias parecidas a las que vivimos la semana pasada y la memoria se nos va lejos, como pronto a los agitados años de la gran crisis de austeridad y sus disturbios salvajes. Ciertamente eran otros tiempos, difícilmente comparables. Hoy día, nuestro Primero de Mayo, el de una sola fuerza política extraparlamentaria con escasos años de trayectoria y bajo posiciones netamente comunistas, ha demostrado poco menos poder de convocatoria que CCOO y UGT, y hasta en algunos casos ha superado sus números. El contraste habla por sí solo.

Sin duda, algo está cambiando. En el Movimiento Socialista hemos puesto sobre la mesa el alcance de nuestras capacidades organizativas, la fuerza de nuestras ideas y la disposición militante de la juventud trabajadora que se agrupa en nuestro movimiento. El mensaje que han enviado las movilizaciones del Primero de Mayo a todo el que esté dispuesto a escuchar ha sido claro: ante la guerra imperialista, el empobrecimiento y el fascismo no todo está perdido, aún quedan batallas por librar. Parece que las consignas revolucionarias vuelven a politizar a nuevas generaciones a un nivel que ya es de masas. Y eso son buenas noticias, como mínimo para cualquiera que comparta la necesidad de recomponer la clase trabajadora como sujeto de lucha a la altura de nuestros tiempos. Una verdad que va calando, por encima de las siglas amortizadas de muchos y del desánimo y la desmotivación de otros.

En cualquier caso, hay que observar la situación de manera objetiva, porque hay también otra lectura: el Primero de Mayo de este año llega en medio de un momento histórico para el que desde luego nuestra clase no está preparada. No podemos decir que exista aún el rearme real y a todos los niveles de nuestra clase para responder a escala de las múltiples guerras que nos han declarado las oligarquías. Son tiempos aciagos y desde esa perspectiva debemos templar el entusiasmo y la autocomplacencia, dimensionando lo que nuestras pequeñas organizaciones y sus movilizaciones son y lo que no son, lo que pueden y lo que no.

En coherencia con ello, para hacer una lectura justa y útil de lo que ha sido nuestro Primero de Mayo, hay que desarrollar las siguientes reflexiones:

En primer lugar, no debemos olvidar que las movilizaciones en cuestión culminan el trabajo militante y la intervención política intensiva desarrollada durante todo un curso y que este aún no ha terminado. Un curso en el que se está consiguiendo ya de manera clara algo más que expandir y consolidar espacio político militante: está dándose la efectiva recomposición de las fuerzas dispersas del anterior ciclo de luchas, generando un nuevo centro político para los diversos sectores de la clase trabajadora organizada, desde coordenadas de independencia de clase. La fuerza real que explica el poder de convocatoria demostrado está en las razones y las acciones con las que nuestro tejido militante se está bruñendo día a día, va atrayendo a sus filas nuevas hornadas de jóvenes y trabaja codo a codo con quienes comparten la lectura del momento aunque quizás no compartan nuestra línea ideológica. Es decir, está en marcha la táctica concreta que podría permitir que las posiciones revolucionarias pasen durante los próximos años de minoría irrelevante a minoría determinante.

Porque a la guerra, al fascismo y al exterminio se opone la mayoría. O al menos eso dicen. La cuestión fundamental es si se tiene o no un plan para oponerse a tales fenómenos que sea efectivo y convincente en lo inmediato, que sea al mismo tiempo proporcional a las fuerzas con las que se cuenta y que sea también coherente con principios y estrategia, en nuestro caso, la de alimentar la independencia política de la clase trabajadora a largo término. Nuestra manifestación del Primero de Mayo ha sido una proyección de las fuerzas acumuladas a partir de la ejecución de ese plan, que se desgrana en tres tareas inmediatas ante la coyuntura, tareas que están en pleno desarrollo.

La primera de ellas ha sido activar nuestras fuerzas con precisión quirúrgica para evitar que cuaje la movilización reaccionaria en las calles. Y hasta el momento, hemos demostrado capacidad de ganar a los cuadros fascistas sus intentos de tomar la iniciativa y dar una batalla por la moral y conseguir tracción de masas. De momento, no han pasado. Y es que no está en nuestras manos evitar que ganen las elecciones PP y Vox, ni es nuestra tarea sostener a Sánchez o a la izquierda en bancarrota. Pero sí que tenemos la capacidad de generar contrapesos defensivos a la aún escasa capacidad de choque y de movilización de las fuerzas fascistas, que se sostienen básicamente por el crecimiento electoral entre votantes no fascistas y no dispuestos a movilizarse o en la sobrerrepresentación de sus ideas a través de la viralidad mediática y los favores de los tecnoligarcas de los datos y el algoritmo. Es una tarea crucial porque si la reacción toma carácter de masas, pondría seriamente en riesgo las posibilidades de normal actividad de la mayoría del tejido social y asociativo y organizaciones políticas. Pero también, porque cortarles el paso nos permite recuperar la confianza en nuestras propias fuerzas y convencer cada vez a más sectores de la necesidad de armar un muro defensivo unitario que agrupe a los sectores más activos de la clase y que sea capaz de disputar también el aumento del autoritarismo estatal, gobierne quien gobierne.

Luego está la tarea de vehicular la indignación ante la guerra y el sionismo en términos antiimperialistas para que exista una posición de lucha frontal contra nuestro propio bloque imperialista. Una posición que puede ser minoritaria, pero que ante la agudización de la crisis histórica del atlantismo y el acercamiento al punto de no retorno de la guerra mundial, puede tomar a su favor todas las contradicciones que se están abriendo entre las propias élites europeas y las diferentes facciones de la burguesía. La magnitud del poder de fuego militar yanqui y la disposición a incendiar el mundo y exterminar a quien se les oponga de sus socios sionistas pueden ser desalentadoras, pero no son absolutas y de hecho son sintomáticas del declive hegemónico occidental. Los consensos coloniales que rigen nuestras sociedades de centro imperialista aún son capaces de retener bajo soborno a capas importantes de la población occidental, como ha demostrado la ejecución televisada del genocidio en Gaza y su normalización, pero tienen sus brechas. Si alguna cosa hemos visto durante los últimos meses es que los gobernantes de las viejas democracias occidentales estriban esquizofrénicamente entre el intento de aplicar selectivamente pequeños estados de excepción e ilegalización de los sectores en lucha contra el genocidio imperialista, a la vez que aún son vulnerables a la presión del castigo electoral, doblegándose ante una opinión pública desfavorable cuando se hace evidente su apoyo a las operaciones descaradamente criminales del imperialismo yanqui o del sionismo o hasta perdiendo importantes batallas, como es el caso de Meloni en Italia y su referéndum sobre el poder judicial. La posición de Sánchez y del Estado español ha sido justamente la más acentuada en ese sentido, y en consecuencia, adentra al líder del PSOE en una dinámica en la que el beneficio electoral que saca ahora de su confrontación coreografiada con Trump, puede arrastrarlo después a asumir riesgos y acciones contrarios a sus propios intereses y supervivencia política, tesitura que los revolucionarios tendremos que saber aprovechar con acierto. Las brechas abiertas pueden llegar a saltar por los aires si desaparece la base material del soborno imperialista a nuestras clases medias y parte del proletariado, barrida por la recesión mundial que el estrangulamiento de Ormuz amenaza de desencadenar. Para que esas posibilidades se traduzcan en un nuevo internacionalismo de masas no podemos limitarnos a la propaganda y al debate entre pequeños grupos, sino que hay que expandir socialmente el apoyo a los pueblos trabajadores agredidos por el imperialismo y a su derecho a la resistencia con una lectura correcta de la situación en cada nuevo episodio de injerencias, saqueos o agresiones que acometan los halcones yanquis.

Y la tercera tarea es la necesaria disputa por escindir de la tutela del reformismo las luchas económicas en curso. El momento social y económico de pinza entre salarios bajos y altísimos precios de la vivienda aprieta las tuercas a la mayoría, conviviendo con dos realidades: la existencia de sectores crecientes de la clase trabajadora que ya han vivido las promesas fracasadas de la política de izquierdas del anterior ciclo y la acentuación gradual de la conflictividad por parte del mundo sindical para tratar de recoger ese malestar. Las grandes manifestaciones por la subida de precios de la vivienda, las grandes huelgas educativas son solo algunos de los fenómenos indicativos de la tendencia, y son también un factor claro de contrapeso al protagonismo de los partidos de extrema derecha, que ante ellos quedan fuera de foco o retratados como perros de la patronal y el rentismo. Así mismo, el desarrollo de estas luchas repercute en el aumento de la capacidad de bloqueo logístico y fáctico de la clase trabajadora sobre los engranajes logísticos y económicos de la guerra imperialista. Ante todo eso, las burocracias sindicales y el Estado ya actúan para apuntalar la hegemonía reformista de las luchas, su control y tutela para apagar incendios y vehicular hacia la reforma y la izquierda electoral de nuevo esas energías. En consecuencia, la fuerza militante del MS ya ha tomado posiciones en barrios empobrecidos y centros de trabajo, insertados en el tejido sindical preexistente o construyéndolo donde no existía y predispuestos a aportar en la radicalización y profundización de los conflictos en cada sector. A su vez, el sindicalismo honestamente combativo, con independencia de las siglas donde se agrupe, puede reaccionar de dos maneras: identificar como una amenaza el modelo comunista para las luchas sindicales y perder el tiempo haciéndole el trabajo sucio al Estado y a las burocracias de ejercer de policías del movimiento obrero para purgarlo de revolucionarios. O identificar el potencial positivo y renovador de la entrada en la escena sindical de una nueva generación de militantes políticos bien conectados con la juventud trabajadora.

Recapitulando, y para acabar, hay que observar también todo lo que brilla en potencia, en un plano estratégico, en la demostración de fuerzas de las manifestaciones de la semana pasada. O dicho de otra forma, todo lo que nos recuerda el largo camino que nos queda por recorrer. Todo lo que hay que hacer si algún día somos dicha minoría determinante y nos disponemos a intentar hacer de nuevo hegemónico el comunismo entre la mayoría de la clase trabajadora. En ese sentido, las movilizaciones del MS en todo el Estado han llamado la atención de manera ya significativa hacia la sociedad. Esos jóvenes con banderas rojas y sin hipotecas con la vieja izquierda desnortada empiezan a aparecer como una fuerza realmente existente para sectores de la población más allá de lo estrictamente militante y hacia esos sectores se envía el mensaje de que existe una posibilidad alternativa a tener que escoger entre el trumpismo o el mal menor sanchista. Pero para llegar a ello, a plantear una alternativa política concreta, necesitamos desarrollar el objetivo estratégico de elaboración de programa revolucionario. Para expandir el tejido militante y unificar a los distintos sectores revolucionarios las tesis estratégicas y de coyuntura hacen las veces de programa. Pero para hacer vivir nuestras ideas en la sociedad y hegemonizar la mayoría de la clase, necesitamos traducir nuestros esquemas estratégicos y línea política a una actualización del programa histórico comunista ante las principales problemáticas sociales de relevancia en nuestras distintas realidades, comprensible para la mayoría. Al mismo tiempo, está la cuestión de la escala internacional, de la necesidad de construir nuestro Partido con un alcance internacional. Si bien este ha sido un punto irrenunciable de nuestro planteamiento estratégico desde un principio, la capacidad de coordinación demostrada por las movilizaciones de este año han redoblado el alcance de nuestro mensaje y ha captado la atención de organizaciones revolucionarias y observadores más allá de nuestras estrictas fronteras estatales. El hecho de extender nuestro ejemplo a las principales capitales europeas empieza a ser algo más que una hipótesis estratégica en abstracto. Sepamos responsabilizarnos de ello.