El Gobierno de los Estados Unidos de América ha intensificado el acoso militar contra la República de Cuba con un incremento sustancial de vuelos militares de vigilancia y espionaje en las últimas semanas, según han confirmado funcionarios de inteligencia a The New York Times. El despliegue incluye aviones de patrulla marítima P-8 de la Armada, aeronaves de escucha electrónica RC-135 Rivet Joint de la Fuerza Aérea y drones de gran altitud MQ-4, que operan de forma visible cerca de las costas de La Habana y Santiago de Cuba. Esta campaña de guerra psicológica, que suma al menos 25 incursiones detectadas desde febrero, coincide con un bloqueo de suministros de petróleo impuesto por Washington que ha profundizado la crisis energética en la Isla y con declaraciones del presidente Donald Trump, quien afirmó recientemente en Florida que los Estados Unidos "tomarían el control casi de inmediato" y que el Gobierno cubano era "el siguiente".

Pese a estas amenazas, el Gobierno de Cuba autorizó este jueves la visita a La Habana de una delegación estadounidense encabezada por el director de la CIA, John Ratcliffe. Según informa el diario oficial Granma, el encuentro con autoridades del Ministerio del Interior se produjo a solicitud de Washington con el objetivo de mantener un "diálogo político" en un escenario de extrema complejidad bilateral. Durante la reunión, la representación cubana demostró "categóricamente" que la Isla no supone una amenaza para la seguridad de los Estados Unidos y denunció la falta de razones legítimas para mantener al país en la lista de "Estados patrocinadores del terrorismo", reiterando que "Cuba no alberga, financia ni permite actividades de organizaciones extremistas en su territorio".

El despliegue militar del Comando Sur de los Estados Unidos, que ha declinado hacer comentarios oficiales sobre los motivos de sus maniobras, es interpretado por expertos en inteligencia como una estrategia de "ruido de sables" destinada a generar ansiedad en las autoridades cubanas, especialmente después de los ataques contra Venezuela el pasado 3 de enero. José Adán Gutiérrez, excomandante de la Armada estadounidense, señaló a los medios que el hecho de que estos vuelos no se realicen de forma encubierta indica que existe un interés deliberado en "enviar un mensaje de amenaza". Por su parte, el viceministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Carlos Fernández de Cossío, denunció a través de sus canales oficiales que este esfuerzo por "normalizar la amenaza de agresión militar" es una "estrategia de comunicación fríamente calculada" y advirtió que quienes participan en ella serían "cómplices de un eventual baño de sangre".

La actual ofensiva de la administración Trump contra Cuba sigue el patrón utilizado previamente en Venezuela, donde el incremento de la vigilancia aérea precedió a operaciones de secuestro de dirigentes políticos. Brian Latell, antiguo analista de la CIA, destacó la "excepcionalidad" del despliegue actual, afirmando que "no recuerda una frecuencia de reconocimiento similar"; "ni siquiera durante la Guerra Fría". Estas misiones, además de recopilar datos para actualizar planes de contingencia ante una posible invasión, buscan identificar posibles lugares de desembarco y monitorizar las comunicaciones de las autoridades cubanas en un momento de asfixia económica inducida desde el exterior.

Mientras tanto, en el encuentro diplomático en La Habana, las autoridades cubanas subrayaron que en su territorio no existen bases militares ni de inteligencia de potencias extranjeras que actúen contra los intereses de los Estados Unidos. A pesar de la hostilidad manifiesta de la Casa Blanca, ambas delegaciones expresaron un interés formal en desarrollar "la cooperación" en materia de aplicación de la ley para la "seguridad regional". Sin embargo, la persistencia de los vuelos espía y las amenazas directas de Trump invadir Cuba mantienen la tensión en niveles críticos.