La reunión de ministros de Finanzas y gobernadores de los bancos centrales del G7, inaugurada este lunes en París, ha puesto de manifiesto la dificultad de las mayores economías occidentales del mundo para trazar una estrategia común frente a los fallos estructurales del sistema financiero global. El encuentro arranca bajo la presión de una agresiva venta masiva en los mercados de bonos mundiales, un movimiento que evidencia la desconfianza de los inversores ante los riesgos inflacionarios cronificados por la guerra contra Irán y el encarecimiento de la energía.

Pese al impacto visible en las bolsas de Tokio y Nueva York, los portavoces oficiales han optado por discursos paliativos. El ministro de Finanzas francés y anfitrión de las jornadas, Roland Lescure, calificó el desplome de la renta fija como una simple "corrección", intentando descartar un colapso inminente. Sin embargo, sus propias declaraciones posteriores confirmaron la gravedad de la situación al admitir que las políticas de "laxitud fiscal" han llegado a su fin: "Ya no estamos en un periodo donde la deuda pública no sea un tema de discusión", reconoció Lescure a los medios.

El fin del modelo actual y la brecha con Washington

El desarrollo de las conversaciones preliminares ha dejado al descubierto que las tensiones de los mercados son estructurales. El propio Elíseo ha calificado el patrón de crecimiento de los últimos diez años como "claramente insostenible".

Asimismo, la narrativa de la delegación estadounidense contrasta con los datos de la geopolítica actual. Mientras el secretario del Tesoro de EE. UU., Scott Bessent, tildó de "muy exitosa" la reciente cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping en Pekín, los analistas coinciden en que dicho encuentro apenas produjo avances concretos, sirviendo únicamente como fachada cordial para tapar la hostilidad latente en torno a Taiwán y los aranceles.

El otro gran foco de fricción en París es la dependencia de Occidente respecto a los minerales críticos y las tierras raras controladas por China, una vulnerabilidad que, según los participantes, "amenaza la transición energética, la industria militar y el sector del vehículo eléctrico".

La propuesta francesa de crear una "caja de herramientas", que incluye un intervencionismo estatal mediante el establecimiento de precios mínimos para productores, compras conjuntas y barreras arancelarias, es vista por el resto como una reacción reactiva y tardía. Aunque el objetivo declarado por Lescure sea "evitar que ningún país vuelva a ostentar un monopolio", las potencias del G7 encaran este debate desde una posición de clara desventaja estratégica, forzadas a legislar a contracorriente ante un control de la cadena de suministro que Pekín ha consolidado durante décadas.