El presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, abandonó Pekín tras una visita de Estado de tres días donde exhibió sintonía con el presidente chino, Xi Jinping, pero sin alcanzar acuerdos vinculantes detallados en las materias de mayor tensión bilateral. Acompañado por una delegación de directores ejecutivos de grandes corporaciones como Elon Musk, Tim Cook y Jensen Huang, entre otros, el mandatario estadounidense supeditó la agenda política a los intereses comerciales de las multinacionales de su país, mientras la guerra de Estados Unidos e Israel sostienen contra Irán sigue como capítulo pendiente. Pese al despliegue ceremonial y de propaganda institucional, agencias como Reuters y CNBC señalaron que la cumbre concluyó con resultados concretos muy limitados y sin que se hiciera público ningún paquete de acuerdos significativos.

En el plano económico, Donald Trump aseguró ante los medios de comunicación haber cerrado “acuerdos comerciales fantásticos, excelentes para ambos países”. Según declaró el presidente estadounidense en una entrevista concedida a Fox News, el Gobierno chino aceptó comprar 200 aviones comerciales al fabricante aeronáutico Boeing, una operación que podría ampliarse a 750 unidades si se cumplen los objetivos fijados por el sector. El anuncio, que la Casa Blanca completó con promesas de incrementos en las compras de soja y petróleo para intentar desviar el abastecimiento del mercado asiático hacia proveedores norteamericanos, no fue confirmado formalmente en los comunicados oficiales del Ejecutivo de China. Frente a la euforia discursiva de Trump, el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de China, Wang Wenbin, se limitó a informar de la creación de un comité de comercio y otro de inversión para continuar discutiendo el acceso a mercados agrícolas, mientras que el propio Trump reconoció a bordo del avión presidencial Air Force One que ambos líderes “no discutieron sobre aranceles”, manteniendo intacta la vigencia de las restricciones aduaneras aprobadas el año pasado.

El desarrollo de la guerra de agresión de EEUU e Israel contra Irán y el consiguiente el bloqueo del Estrecho de Ormuz ocuparon parte de las conversaciones bilaterales, aunque no se tradujeron en avances concretos para una mediación internacional. Donald Trump manifestó ante los periodistas que ambas potencias comparten el deseo de que la vía marítima sea reabierta y de evitar que Irán acceda a armamento nuclear, afirmando: “Sentimos lo mismo. Queremos que termine. No queremos que tengan arma nuclear. Queremos los estrechos abiertos”. No obstante, el presidente estadounidense intentó rebajar las expectativas de una intervención diplomática de Pekín al asegurar que “no estaba pidiendo ningún favor” sobre Irán. El ministro de Asuntos Exteriores de China, Wang Yi, ratificó la posición estratégica de su Gobierno al declarar que “China anima a EEUU e Irán a seguir resolviendo sus diferencias y disputas, incluido el tema nuclear, a través de negociaciones, y aboga por la pronta reapertura del Estrecho de Ormuz sobre la base de mantener un alto el fuego”.

La tensión territorial en torno a Taiwán, evidenció las contradicciones entre las dos grandes potencias, después de que Xi Jinping advirtiera directamente a la delegación estadounidense de que este asunto constituye “el tema más importante” del marco bilateral y que una mala gestión del mismo podría empujar a ambas naciones a “choques e incluso conflictos”. Trump optó por guardar silencio público durante los actos institucionales en Pekín, pero admitió posteriormente ante la prensa haber escuchado los argumentos chinos en contra de la independencia de la isla sin realizar comentarios ni asumir “ningún compromiso en un sentido u otro”. Al ser interrogado sobre si autorizará el millonario paquete de venta de armamento a Taipéi aprobado por el Congreso estadounidense, el presidente norteamericano afirmó que tomará una decisión “más adelante”, añadiendo: “Creo que lo último que necesitamos ahora mismo es una guerra que está a 9.500 millas de distancia”.