Cuando los mineros marcharon en el Orgullo
Crónica de la alianza imprevista entre el colectivo LGTBI de Londres y los mineros galeses en su histórica resistencia contra el gobierno de Margaret Thatcher.
En 1984, Margaret Thatcher no ocultaba sus prioridades. Llevaba cinco años desmantelando sistemáticamente el llamado Estado del bienestar, aplastando los sindicatos y entregando los bienes públicos al capital privado. Pero había una batalla que consideraba decisiva, casi personal, "romper el espinazo" del movimiento minero. En sus memorias lo dejaría escrito con claridad: los mineros eran «el enemigo interior», comparable en su peligrosidad a la Argentina de las Malvinas. El Sindicato Nacional de Mineros (NUM) era uno de los agentes más importantes del sindicalismo británico. Con más de 180.000 afiliados, una historia de victorias que incluía haber derribado al gobierno conservador de Heath en 1974.
La ofensiva se preparó con minuciosidad militar. El gobierno nombró al ejecutivo americano Ian MacGregor al frente del National Coal Board con la orden explícita de cerrar las minas no rentables. El plan, conocido más tarde como el «Informe Ridley» (filtrado en 1978 y confirmado en 1984), preveía el cierre de al menos 20 pozos y la eliminación de 20.000 puestos de trabajo en la primera fase. Detrás de ese horizonte, se intuían otros 70 pozos y 70.000 empleos más. Comunidades enteras, especialmente en Gales del Sur, Yorkshire, Nottinghamshire y Escocia, serían sacrificadas en el altar de la «modernización» neoliberal.
El 6 de marzo de 1984, al anunciarse el cierre de la mina de Cortonwood (Yorkshire), la chispa prendió. El NUM declaró la huelga general del sector. Thatcher movilizó una fuerza policial sin precedentes: más de 8.000 agentes desplegados en una sola jornada. Se levantaron retenes en las carreteras para impedir el desplazamiento de los piquetes, algo de una legalidad más que dudosa. Se recortaron las prestaciones de desempleo a las familias en huelga —en plena confrontación, sin ingresos, con hijos que alimentar. Los servicios de inteligencia infiltraron el sindicato y pincharon teléfonos. Los medios de comunicación, con la BBC a la cabeza en uno de sus episodios más oscuros, colaboraron activamente en la criminalización de los huelguistas.
El punto de mayor brutalidad llegó el 18 de junio de 1984, en Orgreave (South Yorkshire): miles de mineros en piquete fueron cargados por policía montada y agentes con escudos y porras. Las imágenes, manipuladas por la BBC, que emitió el orden de los hechos invertido para culpar a los trabajadores, dieron la vuelta al mundo. Hubo 93 detenidos ese día. En total, a lo largo de la huelga se registraron más de 11.291 arrestos. Algunos mineros enfrentaron cargos de «conspiración sediciosa», herencia de las leyes medievales resucitadas contra el movimiento obrero.
Las comunidades mineras resistieron durante meses con una economía de guerra: cocinas colectivas, redes de apoyo mutuo, donaciones de sindicatos europeos y soviéticos. Las mujeres de los mineros, organizadas en grupos como Women Against Pit Closures, jugaron un papel fundamental y completamente invisibilizado por la historia oficial: gestionaron la solidaridad, sostuvieron las familias, salieron a la calle. En los valles de Gales del Sur, el tejido comunitario se activó con una cohesión que recordaba a las tradiciones de mutualismo obrero del siglo XIX.

Dos luchas, un solo enemigo
A 500 kilómetros de los piquetes galeses, en las calles de Londres, otro sector de la sociedad británica vivía su propia guerra de baja intensidad contra el mismo Estado.
La comunidad LGTB afrontaba en 1984 una ofensiva represiva de múltiples frentes. La epidemia del SIDA, que en el Reino Unido afectó de manera acentuada a las personas homosexuales, especialmente en las grandes ciudades, era respondida por el gobierno con una indiferencia absoluta. Thatcher no pronunció públicamente la palabra «sida» hasta 1987. Mientras tanto, la prensa sensacionalista (el Sun, el Daily Mail, el Daily Mirror) construía el relato del «cáncer gay», alimentando un odio social que se traducía en violencia cotidiana, discriminación laboral y un marco legal que criminalizaba la vida de millones de personas. La Sección 28, que prohibiría en 1988 la «promoción» de la homosexualidad en los colegios públicos, era ya el horizonte ideológico hacia el que marchaba el gobierno.
La policía metropolitana de Londres, la misma que golpeaba a los mineros en Orgreave, practicaba redadas sistemáticas en bares 'de ambiente', utilizando como cobertura legal la arcaica figura del «comportamiento indecente».
Fue en ese contexto donde, el 30 de junio de 1984, durante la marcha del Orgullo de Londres, dos militantes comunistas que vieron la necesidad de organizar a los trabajadores en ambos frentes. Mark Ashton tenía 23 años cuando fundó Lesbians and Gays Support the Miners. Era irlandés, de Portrush (condado de Antrim), y había llegado a Londres a principios de los ochenta. Era secretario general de la Liga de la Juventud Comunista (Young Communist League), organización juvenil del Partido Comunista de Gran Bretaña.
Para Ashton, la alianza entre la comunidad gay y los mineros no era una ocurrencia táctica ni un gesto de solidaridad sentimental. Era el desarrollo lógico de un análisis de clase: el capitalismo no solo explotaba al trabajador en la fábrica o en la mina, sino que construía una serie de discriminaciones y opresiones complementarias que dividían a la clase trabajadora y la hacían incapaz de reconocerse a sí misma como sujeto colectivo. Atacar una de esas divisiones era atacar al sistema en su conjunto.
Ashton comprendió, que no se trataba de que los gais donaran dinero a los mineros en un gesto caritativo, eso habría reproducido exactamente la lógica de la beneficencia burguesa. Se trataba de construir una alianza de iguales, donde ambas partes se reconocieran mutuamente como parte de la misma lucha. Su cofundador, Mike Jackson, recordaría décadas después: «Mark decía que necesitábamos ir a los mineros no como si fuéramos sus mecenas, sino como si fuéramos sus camaradas».
El mecanismo era tan simple como eficaz: los activistas de LGSM recorrían los bares gais de Londres, el Bell, el King's Arms, el Brief Encounter, agitando cubos de recaudación. Enfrentaron el rechazo inicial: algunos locales no querían verse asociados con la política, algunos clientes miraban con desconfianza a aquellos jóvenes que mezclaban la reivindicación gay con la causa obrera. Pero la respuesta fue, en su conjunto, extraordinaria.
LGSM eligió «hermanarse» con una comunidad concreta, la del valle de Dulais, en la cuenca minera de Gales del Sur. El primer contacto directo lo protagonizó Dai Donovan, minero del valle de Dulais, que viajó a Londres para hablar en el Electric Ballroom. Su discurso se convirtió en uno de los momentos fundacionales de la alianza: «Venís a ayudarnos sin habernos preguntado si somos como vosotros, sin saber si compartimos vuestras ideas, porque os importa que la injusticia existe. Eso, para nosotros, lo es todo».
El 10 de diciembre de 1984, el concierto benéfico Pits and Perverts, el nombre robado a un titular del Daily Mirror que pretendía humillar, llenó el Electric Ballroom de Camden con más de 1.500 personas. Bronski Beat, el grupo de pop electrónico cuyo cantante Jimmy Somerville era abiertamente homosexual, encabezó el cartel. Se recaudaron 5.650 libras en una sola noche. En total, el grupo LGSM de Londres reunió unas 22.000 libras a lo largo de la huelga, equivalentes a más de 70.000 libras actuales, convirtiéndose en el mayor donante externo a la comunidad minera del valle de Dulais. En contraste, ningún organismo político, ninguna institución, ningún partido aportó tanto a aquella comunidad como un grupo de activistas homosexuales organizados desde las esquinas de los bares de Soho.
Para febrero de 1985 funcionaban once grupos LGSM en todo el país: en Manchester, en Edinburgh, en Birmingham, en Brighton. La estructura se había multiplicado, contagiada por el ejemplo de los de Londres.
Solidaridad de clase, sin excepciones
Ya en el congreso del Partido Laborista de octubre de 1984, el NUM había enviado un mensaje de apoyo a la campaña por los derechos de gais y lesbianas. La frase con que lo rubricaron resumía la filosofía de la alianza: «Nuestra lucha es la vuestra».
Era un giro histórico. El NUM era el sindicato más poderoso y más tradicional de Gran Bretaña, y sus bases, en los valles galeses y los pueblos mineros del norte de Inglaterra, eran comunidades donde la masculinidad obrera tenía códigos propios y donde la homosexualidad era, en el mejor de los casos, un tema sobre el que no se hablaba. El hecho de que el sindicato no solo tolerara la alianza, sino que la proclamara públicamente, fue resultado directo de meses de trabajo político concreto, de relaciones construidas con paciencia, de la presencia física de los activistas de LGSM en las asambleas y en los hogares de los mineros.
En junio de 1985, tres meses después de que la huelga terminara en derrota, agotados los recursos, divididos en parte por el sindicato de Nottinghamshire que no se había unido al paro, los mineros del valle de Dulais cumplieron su promesa. Con su banda de música, sus banderas y sus familias, encabezaron la marcha del Orgullo de Londres junto a LGSM.
Pero la consecuencia más duradera fue política y estructural. El NUM utilizó su voto en bloque, el instrumento formal del poder sindical dentro del Partido Laborista, para forzar que el partido incorporara por primera vez el compromiso con la igualdad de lesbianas y gais en su programa. Lo hizo en el congreso laborista de 1985 y en el congreso de los sindicatos (TUC) del mismo año.